El final es en donde partir

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El discurso de Máximo Kirchner en el cierre de la media sanción de la ley del aporte solidario y extraordinario (llamado de las grandes fortunas) nos retrotrajo a algunas de las cuitas que organizaron las tensiones del kirchnerismo y el macrismo, identidades que muchos hemos llamado hijas del 2001. La Historia nos dice que el kirchnerismo en el poder es peor rival del macrismo y que no hay peor macrismo que el que gobierna. Cronológicamente podemos decir que el kirchnerismo “inventó” al macrismo básicamente porque subestimó la posibilidad sociológica de que un político con esas cualidades pudiera llegar a presidente (“hagan un partido y ganen las elecciones”). Pero cómo imaginar que en un país de clase media, donde brotan más rápido los derechos que los brotes, donde a todos nos gusta la plata, donde siempre se empuja el carro –como ahora– por una conquista social más. Pero pasó: Macri fue presidente.

Olvidémonos de Macri (que parece que es de lo que se trata esta semana), apuntalemos a este capítulo en su versión mil del conflicto “interior versus porteños” para no volver sobre esos errores del pasado que nadie quiera que cometa ahora el oficialismo. O al menos uno: creer que el carácter histórico de una grieta, en su “justicia”, sí o sí organiza el presente. La grieta, lo dijimos, funciona sólo para el macrismo y además borra la historia porque no se trata de negar el peso real de las diferencias sino de la construcción de un presente sin densidad, panelizado y obturador de cualquier transformación. Una suerte de revival de unitarios y federales que desborda de sentido popular la política de este desierto. Sin ir más lejos ése fue uno de los errores conceptuales del conflicto de la 125. Creer que con decir “oligarquía” o “terratenientes” se organizaba la realidad. Cuando tal vez, esas palabras, estaban en el punto más alto de su vacío: nombraban un desconocimiento (“¿de qué hablamos cuando hablamos de campo?”). Pero en política, claro, se tiende a creer demasiado en el poder de las palabras. Nombro… luego existe.

Capitalinos

En estos días la política terminó de consumar en boca del oficialismo, un poco por las buenas del presidente (“mi amigo Horacio”) y otro poco por las malas de Máximo, que se eligió a Horacio Rodríguez Larreta como rival a vencer. El oficialismo parece haber resuelto de facto la interna de la oposición. Macri ya fue. Pero superada esa traba llega la pregunta: ¿quién es Larreta? Por lo pronto, ¿qué lugar ocupa?

En principio parece que será el tercer jefe de gobierno porteño que intente ser presidente, con el antecedente de que dos ya lo lograron; y a la vez fueron de las presidencias más flojas de la democracia. Repitamos lo que sabemos todos: tres presidentes bonaerenses, tres porteños, uno riojano y uno santacruceño nos gobernaron desde 1983. Dos de los tres porteños, De la Rúa y Macri, fueron antes jefes de Gobierno. El tercer presidente porteño es Alberto Fernández, quien no fue jefe de Gobierno y cuya evaluación se podrá hacer en 2023. Estas cuentas, estas listas, ¿qué nos dicen los orígenes de los presidentes y sus trayectorias? Algo dirán a quienes sepan decir algo con eso. Intentemos un repaso a vuelo de pájaro.

Un presidente para mi país

Raúl Alfonsín fue un presidente de origen bonaerense aunque su larga trayectoria como político nacional amasó un perfil mestizo: la cruza de esa originaria cultura radical de comité (la facilidad de hablar arriba de una tarima en cualquier pueblo) sumada al roce intelectual y cosmopolita de un hombre culto vestido por la modernidad. Fue relativamente de izquierda en los 70, socialdemócrata en los 80. Un viaje de Chascomús al mundo.

Carlos Menem y Néstor Kirchner provienen cada uno de interiores, que los porteños nombraríamos así, “profundos”. El primero, de La Rioja, una provincia del noroeste argentino de exiguo peso demográfico y económico. Y el segundo, de Santa Cruz, una provincia rica en recursos y de escasa población. Dos fronteras: Menem creó una época, Kirchner creó una época. Fueron los dos presidentes más distintos y más “creativos”. Habría que pensar si el hecho de venir de una provincia muy pequeña, y donde se es dominante, los hizo más creativos por el susto del contraste entre pago chico y el país. O si el hecho de no tener vínculos con el centro de poder, les dejó más espacio para crear un nuevo régimen de decisión. Son preguntas.

Cristina comparte la cultura política de Néstor, aunque la combina con un mayor perfil metropolitano: forjó su carrera en el Congreso de los años 90 como peronista orgánica y a la vez disidente. Fijó domicilio en el edificio de la calle Juncal, donde, según ella misma contó, eran los únicos que leían Página 12. Pero se trata de una bonaerense por origen y por el desenlace político que ubica su núcleo electoral más duro en la Tercera Sección Electoral bonaerense. Y por su sociología… es otra historia del Gran Buenos Aires: la hija de un padre colectivero que llega a la universidad. Otra historia de ascenso social.

Alberto Fernández, a su modo, es el más porteño de todos. Porque De la Rúa había nacido, crecido y estudiado en Córdoba (donde empezó su primera militancia católica y luego radical). Macri creció en el seno de “la clase” y alternaba una vida entre Barrio Parque y Zona Norte. Una Ciudad de Buenos Aires adentro de otra, una forma bastante porteña de ser de clase alta como es vivir aislado. Ya sabemos: su perfil político se desarrolla en otro territorio, que es el fútbol y en el club más popular del país. Mestizos, un cachito, somos todos.

Máximo Kirchner en ese último discurso nombró la “bendición” porteña que coloca presidentes y la “maldición” bonaerense que no: ningún presidente (aún) que haya sido gobernador de la provincia de Buenos Aires llegó a la presidencia a través de las urnas. Duhalde llegó por vías institucionales legítimas, ya que tuvo la destreza de mantener fuerte el peronismo bonaerense contra los vientos y mareas del desastre social que impulsó su “propio” gobierno (Menem). Duhalde en las elecciones de octubre de 2001 obtiene el 37% de votos en su provincia y atesora en ese triunfo (en el contexto del voto bronca y el estallido inminente) una porción decisiva de poder. Poder es poder.

Los caudillos

Pero, ¿por qué esta impresión de “supremacía porteña”? Y, en tal caso, ¿qué pasa con los gobernadores, por qué proyectan menos? Los más fuertes políticamente lo son al precio de que alambraron sus límites. El cordobesismo de De la Sota y Schiaretti, el “modelo” puntano de los hermanos Rodríguez Saa, la Formosa de Gildo Insfrán, ofrecen ejemplos de identidades fuertes y particularísimas. La pregunta que sobrevuela como lugar común es si existe una ventaja en haber sido jefe de gobierno y una desventaja en haber sido gobernador bonaerense para la llegada al podio. La primera capa de la cuestión es gruesa: ser jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires da visibilidad y, gobernando un fisco muy próspero, posibilidad de lucimiento sin (pareciera) demasiado. Un ex jefe de gobierno es un representante natural de esa aspiración del electorado no peronista de todas las provincias. No hay ex jefes de gobierno peronistas que hayan llegado a presidente porque gobernar Buenos Aires es expresar los deseos imaginarios de ese electorado.

Sobre la maldición bonaerense es común la creencia de que no hay gobernadores presidentes por cierto destino fatal sudamericano. Y sobre eso sobrevolarían dos razones: la primera, que el fisco bonaerense empieza todos los años con menos dinero que el que necesita para pagar los sueldos, es una administración crónicamente deficitaria, diríamos, “diseñada para defraudar”; la segunda, que la gobernación de Buenos Aires parece un tanto invisible, queda tapada por agendas mediáticas metropolitanas y a esto se suma que el gobernador se elige en la misma fecha que el presidente y no hay forma de que la elección provincial prevalezca en el interés de los votantes sobre la nacional. Incluso, como indica Horacio Cao en este artículo escrito en la era sciolista de la provincia: “La situación de bancarrota estructural bonaerense revela el modo en que la Nación y las demás provincias controlan a un distrito que, por su propio peso, puede poner en riesgo la gobernabilidad”. De hecho en el arranque de su gobernación, Kiciloff se planteó un ambicioso plan fiscal que pudiera desequilibrar esta histórica “relación de fuerzas”. Que la pandemia no tape el bosque.

Menem y Kirchner, las dos cabezas de la imaginación política del siglo XX (“fin del Estado”) y del XXI (“vuelta del Estado”), son los últimos mohicanos de la época dorada de los gobernadores. Desde Néstor ningún otro gobernador de provincia pudo proyectarse a escala nacional. La desaparición del colegio electoral impone en la elección presidencial el peso del área metropolitana, entonces: si no sos popular en la ciudad o en el “conurbano” estás listo. Macri versus Scioli simboliza bien ese fenómeno, Pro versus Frente de Todos también. Por su parte la política en las provincias se separó mucho de la política nacional; el cordobesismo es sólo el más notorio de esos fenómenos –tal como fue explicado, por ejemplo, por el periodista Dante Leguizamón y la antropóloga Julieta Quirós–; hay partidos provinciales gobernando en Neuquén, Río Negro, Misiones, Santiago del Estero o Salta. Esta separación es un modo de proteger el poder local de las influencias nacionales pero también una forma de renunciar a la influencia nacional.

Ahora bien, entrando en el terreno de la “maldición bonaerense”, ¿quiénes gobernaron la provincia de Buenos Aires en las últimas décadas? El último gran bonaerense puro fue Eduardo Duhalde. Aunque era más un peronista del “conurbano” que del interior, no sólo por procedencia sino también por su cultura política. Ruckauf es un bonaerense zigzagueante que también probó su suerte electoral en la Ciudad de Buenos Aires, donde vivió muchísimos, y donde aún vive. Pero empecemos por el período de reconstrucción tras la crisis. Felipe Solá (para muchos, el mejor gobernador que tuvo la provincia) es la clase de porteño con raíces familiares profundas en el interior agrario de la Provincia. Daniel Scioli nació en Buenos Aires, creció en el Gran Buenos Aires, egresó del Colegio Carlos Pellegrini y su cabeza de playa quiso ser el barrio del Abasto, en el que nació Gardel. María Eugenia Vidal es una chica de Flores, egresada de colegio marianista, funcionaria porteña en el área social desde la que solidificó un perfil social accesible al electorado bonaerense. Y Axel Kiciloff ya lo sabemos: egresó del Colegio Nacional de Buenos Aires y de la carrera de Económicas de la UBA, en la que fue un destacado militante universitario y un ministro de Economía poco odiado (que no es poco). Primera conclusión: los bonaerenses votan porteños.

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¿Y qué pasa con los intendentes del Gran Buenos Aires? ¿Llegan a gobernadores? En principio aparecen como parte del sistema de decisiones. Siempre se está hablando de lo que piensan, de lo que dicen, de sus relaciones con el gobernador, de si lo puentean y se relacionan con la Nación, y así. Se arman ligas, grupos, coordinan, disputan, confraternizan. De esa mecánica “intendentista”, que describió Agustín Cesio, se proyectó Sergio Massa. Previo paso por ANSES, fue en la intendencia de Tigre donde Massa puso su nombre en el radar de todos. Incluso con una política de seguridad basada en las “camaritas” que produjo hectolitros de tinta garantista contra el panóptico y hoy casi no hay municipio argentino que no las tenga. En definitiva Massa es un aprendiz de las picardías políticas y los gustos anti políticos de los vecinos asustados. Sabe hablar en nombre de los que no les gusta la política pero se le nota en el brillo de los ojos que es a él al que le gusta demasiado.

Sarmiento en Argirópolis señala: “Los Estados del Plata están llamados, por los vínculos con que la naturaleza los ha estrechado entre sí, a formar una sola nación.” Ensayos para la nación argentina. Palabras y palabritas. Tierra y cultura. Se va terminando el 2020 y cruzamos los dedos: ojo lo que deseamos para el 21. La política tiene en su lomo el dato de una pobreza abismal que convierte en sexo de los ángeles cualquier debate si nos ponemos duros. Si el año que viene las PASO pasan a mejor vida lo harán no sólo en nombre de su gasto y su fracaso, sino también de su logro: nos dejan una política de partidos y coaliciones más ordenadas. El fin de aquel derecho que el 2001 había decretado: el derecho a cada político de armar su cuchitril. Pero estos “intensos debates” reflejan también, con su arborescencia, un límite de este tiempo: qué difícil mirar a los ojos el presente real. Cómo escapar de nuestro Vietnam.