Demasiado poco y demasiado tarde, el doble riesgo que los Fernández buscan evitar

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Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner están a punto de poner en marcha un experimento inédito. Contra lo que afirmaba Mauricio Macri y los inquilinos de la Casa Rosada que ahora están armando las valijas, el presidente electo y su gran electora quebraron la polarización, sumaron juntos más adhesiones de los que la todavía senadora podía reunir por su cuenta y rompieron la ecuación desfavorable que había llevado al cristinismo a perder las elecciones de 2013, 2015 y 2017. Para su golpe imprevisto, Cristina no eligió a un delegado de los muchos que tenía a disposición. Optó por un socio sin popularidad pero con criterio y relaciones propias, que exceden el marco de la feligresía que la acompañó hasta el 10 de diciembre de 2015. Dueña de un caudal de votos inigualable, la ex presidenta confirmó en las últimas horas lo que era una obviedad: su tarea principal no será tocar la campanita.

Sólo los Fernández saben cómo acordaron repartir las acciones de la sociedad que conducirá el proceso que empieza en apenas 10 días y en qué medida ese compromiso se mantiene firme o resulta alterado, de manera prematura, por una de las partes. No respetar los términos de un acuerdo exitoso sería suicida y, sobre todo, no tendría razón de ser, después de cuatro años a la intemperie, con las consecuencias por todos conocidas. Que CFK vete a los que le hicieron daño y se reserve la prioridad para gobernar al oficialismo en el Congreso puede resultar lógico. A la inversa, Fernández parece estar concentrado en resolver la encrucijada de la economía, un territorio en el que Cristina no terminó bien y en el que Macri hizo todo mal.

La negociación de la deuda es la prioridad número 1 del gobierno que viene y lo que, antes que cualquier otra cosa, va a definir la suerte del ensayo que se inicia. El albertismo dice que hay cosas que no se pueden anticipar porque se pierden grados de libertad para negociar y no sirve dar falsas señales. Pero el presidente electo empieza a dibujar un sendero cada vez más nítido. Avisa que no quiere la plata del Fondo para pagar deuda, pretende evitar que el organismo le imponga una política de ajuste y parece haberse alejado de manera definitiva de la propuesta de Martín Redrado, que planteaba acordar un nuevo programa de facilidades extendidas con el organismo que ahora preside Kristalina Georgieva y avanzar en las reformas previsional y laboral.

El presidente electo avisa que no quiere la plata del Fondo para pagar deuda, pretende evitar que el organismo le imponga una política de ajuste y parece haberse alejado de manera definitiva de la propuesta de Martín Redrado.

Las ideas que enunció Fernández en el último mes coinciden con los planteos de Martín Guzmán, el discípulo argentino de Joseph Stiglitz que es experto en reestructuración de deuda y propone dejar de pagar capital e intereses por un plazo mínimo de dos años. En fina sintonía con Matías Kulfas, el profesor de la Universidad de Columbia afirma que las reestructuraciones fallan cuando no se tiene claro a dónde se quiere ir o cuando los supuestos son demasiado optimistas, como sucedía con el canto de sirenas de la salida uruguaya que Fernández parece haber abandonado. En su presentación ante las Naciones Unidas, hace 10 días, sostuvo que retomar el camino de austeridad y ajuste que impuso Macri terminaría en un callejón sin salida y desembocaría, más temprano que tarde, en un default con una crisis mayor.

La negociación con los bonistas y con el Fondo se hará, según afirman en el albertismo, con sumo cuidado, sin pelearse con nadie y sin tomar ninguna decisión extrema. Sin embargo, el test es de lo más complejo y el tiempo no sobra. Todo indica que el reperfilamiento, la palabra que inventó Hernán Lacunza para no hablar de default selectivo, tendrá un nuevo capítulo bastante más sofisticado. Cerca de Fernández, hablan de un “reperfilamiento elaborado” para ofrecer a los acreedores con el objetivo de despejar de manera sustentable el horizonte de la economía argentina y recuperar el ciclo de crecimiento, después de una década de vuelo rasante y recesión plena como la que dominó tres de los cuatro años de Macri en la Rosada.

Cerca de Fernández, hablan de un “reperfilamiento elaborado” para ofrecer a los acreedores con el objetivo de despejar de manera sustentable el horizonte de la economía argentina y recuperar el ciclo de crecimiento.

Hay una fecha límite y, a la transición interminable, le seguirá un ritmo vertiginoso de decisiones. En el nuevo oficialismo anticipan que el presidente electo no va a dilatar demasiado las negociaciones y no va a seguir pagando intereses por demasiados meses. Con una pesadísima herencia, Fernández necesita financiar un déficit mayor para compensar a la legión de heridos de la era Cambiemos. La decisión, según parece, es no depender del Fondo para gobernar y tratar de aprovechar la debilidad de un organismo que apostó todo a Macri y terminó mal. Los negociadores de Fernández lo saben: en el FMI vuelan los pases de facturas internos y hay, al mismo tiempo, voluntad de tener más injerencia en Argentina, su principal deudor. Por eso, sólo se aceptarían nuevos desembolsos si vinieran sin condicionamientos y fueran para obras de infraestructura que incrementen la producción de bienes transables, una forma de generar los dólares que faltan.

La pulseada con los bonistas tampoco será sencilla. La tarea del próximo gobierno argentino consiste en evitar un doble riesgo que está planteado en el libro “Too little, too late”. Magnitud y tiempo. El trabajo sostiene que las reestructuraciones de deuda soberana que tienen una salida “liviana”, sin conflicto con los acreedores, terminan generando un alivio insuficiente y la crisis sobreviene poco tiempo después, con peores consecuencias. Pero que los experimentos también fracasan cuando la negociación demora mucho, el diferendo se resuelve demasiado tarde y, en el medio, aparecen nuevos problemas. Editado en 2016 por la Universidad de Columbia y todavía sin traducción al castellano, fue escrito por Guzmán, Stiglitz y el codirector del Banco de la República de Colombia, José Antonio Ocampo. Si los Fernández tienen sus ideas a mano, pueden intentar una solución de fondo, en el corto plazo.