Blanca Cantero, pyme y ortodoxa para la toma de Guernica

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“No estoy todo el día pensando en la toma porque este partido es diverso”, dice pero después mira el cielo y ruega que deje de llover. Sí, está todo el día pensando en la toma. Desde que asumió la intendencia de Presidente Perón en diciembre, Blanca Cantero siente que enfrenta las diez plagas de Egipto. A la pandemia y la profundización de la crisis económica se sumó en julio la ocupación de un predio de 100 hectáreas en el que se instalaron más de dos mil familias; el desalojo inminente de la toma más grande de la provincia de Buenos Aires tensiona al entramado de los espacios políticos y organizaciones que integran el Frente de Todos. La lluvia empeora la foto y dificulta la negociación que encaró Andrés “Cuervo” Larroque mientras el terreno se inunda y drena mal, hasta puede hacer colapsar a otros barrios.

Blanca ruega pero no se lamenta. Repite su mantra: con trabajo, se sale. Casada con Carlos Acuña, hoy uno de los líderes de la CGT y Secretario General del sindicato de trabajadores de Estaciones de Servicio, empezó a militar en una unidad básica a los veinte. Cuando él asumió su primer cargo como concejal, se quedó en la casa para ocuparse de los tres hijos; lo hizo sin muchas preguntas porque la familia es lo primero. Se hacía tiempo para atender una tienda de ropa, a Blanca le gustaba administrar su propia plata. Por eso, ni bien los chicos empezaron la Primaria, abrió una heladería artesanal, Marcela, y convirtió el local de cuatro mesas con sombrilla en un distribuidor mayorista conocido en la zona. Cuando entraron en la Secundaria, decidió que era hora de volver a la básica.

En 2001 asumió como concejal y durante 16 años vio pasar la política grande desde esa silla. Escuela Chiche Duhalde, empezó como “la mujer de” pero apostó a la lógica pyme: recorría los barrios, atendía el menudeo que la intendencia no resolvía y revisaba los presupuestos con la puntillosidad que usaba para los balances de sus Helados Marcela. Votaba pero pedía. En 2008 fundó la Agrupación 17 de octubre que de ortodoxo tenía el nombre porque Blanca aplicó otra vez la lógica del comerciante y las multiplicó y diversificó. En cada local puso cursos de manicuría, pintura, idiomas, carpintería y apoyo escolar. Movimiento en el territorio y pocas palabras. “Nunca trabajé con planes sociales, organizaciones ni cooperativas”, aclara alineada a la vieja escuela. ¿El eco? Sus sospechas sobre el entramado complejo que sostiene la organización de la toma (en la que piensa todo el día).

Tuvo que probar tres veces para llegar a la intendencia. En 2011, fue en la boleta con Eduardo Duhalde. En 2015, y ya dentro del armado del Frente Renovador, hizo campaña con un sombrero para tapar los efectos de la quimioterapia con la que enfrentaba el cáncer de mama. Perdió por 1% ante Aníbal Regueiro pero se curó y cree que fue porque -esta vez- no se quedó en casa. En 2017, llegó a la Legislatura bonaerense como parte del bloque massista y a los dos años, quiso probar por tercera vez. Cuando ganó las PASO, el histórico barón del Conurbano que abría la retirada después de doce años en la intendencia decidió llamar a Acuña para felicitarlo. “Meh, qué me importa”, soltó ella y ganó la elección con el 62,68% de los votos. Como símbolo de la doble revancha, la intendenta lleva el pelo largo, atado con una colita baja; sin la magia del brushing de peluquería, pero de un largo militante.

Habla varias veces por día con Larroque y Massa y se reúne con los intendentes de la Tercera Sección. El Presidente le escribe. Busca una salida negociada ante un desalojo con desenlace incierto que sumó todos los condimentos del caso testigo.