Bienvenidos a la realidad

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De acuerdo al INDEC, en el informe de septiembre del 2020, el 40,9% de la población vive bajo la línea de pobreza. El mayor problema de ese número, además de lo obvio, es que no hace ruido, que no espanta a absolutamente nadie, a lo sumo se sirve en la mesa de las pulseadas para ver qué electorado es más “culpable” o “empático” frente a la existencia de ese dato. Nadie gana la pulseada, por supuesto.

La gracia está solo en el regodeo narcisista, el que se camufla de griterío moral y se ilusiona con que esa intensidad es compromiso y esos intercambios son un debate vital para la democracia, en ese ping-pong, reducida al mantenimiento de las instituciones en sintonía con lo que se nos enseña como civilización. Esto nos da la pauta de por qué sobre ciertas cosas no se habla o se habla tan erradamente.

El peso propio de lo que implica la información que expone el INDEC va en contra de la narrativa banal y efímera de la época. Desesperados por ser parte de una conversación pública, que de pública tiene poco y nada, convivimos con las mismas voces hablando de dos o tres temas sectoriales por todos lados, sin tomar guiño alguno de la realidad profunda y conformándose con acariciar/molestar a los microclimas de siempre.

Este manejo con destino de olvido que viven los grandes informes del INDEC, como otros tantos fundamentales, se repite con el número mensual que nos cuenta que una familia necesita para cubrir una canasta básica total casi 58 mil pesos. Un número que está bastante por encima de doblar los salarios mínimos y que, para más, es superficial. Porque ese dineral, aunque incorpora algunos bienes y servicios por fuera de lo alimentario, no termina de contemplar ni tipos de vivienda, escolaridad, accesos, entre otros tantos elementos que hacen a la vida misma, incluyendo el costo de cualquier imprevisto inevitable que es estar vivo.

Tiene que aparecer en escena una niña de 7 años alejada de su madre y construirse la espectacularización correspondiente —que va de morbosa y cosificadora hasta desvirtuada y punitivista sin escala— para que, de repente, todos descubran una información que está ahí, la que rápidamente volverán a olvidar, dilatar o aligerar. Pero, mientras tanto, tomemos algunas notas. Porque al fin la conversación pública descubre que la pobreza no es lo que Sebastián Ortega les mostró en sus programas, aunque en un pestañar la simplificará como un problema de localidad. Claro, darle un punto geográfico hace más fácil todo y habilita más show, un nuevo capítulo en el versus entre Nación y la Ciudad. Porque para la conversación pública todo empieza y termina en Buenos Aires.

No solo es vicio pensar lo estructural de manera aislada y caracterizada, también es inoperancia, ignorancia y sí, privilegio. Pero, sobre todo, es la construcción de hormiga de una crisis social latente. Porque esa perspectiva, ese ánimo, terminará conformándose con respuestas que no tendrán impacto alguno, que ni siquiera resolverán apenas la lectura localista o reducida.

Se abrirá una comisión, se hará un conversatorio, se sacarán algunas fotos simbólicas, se usarán los nombres de las personas afectadas para alguna ley, etcétera: la nada misma de la espectacularización, una nada repleta de efectos colaterales.

Este pulso de época es peor que no hacer nada o que hacer directamente un mal, porque es un pedalear en el aire constante que favorece al descreimiento de las políticas públicas, al mito de un Estado que derrocha no solo dinero, sino palabra. Un derroche sin resultados porque efectivamente no se está cuidando ni transformando la vida de una gran mayoría que, aun siendo invisibilizada, se nos volverá realidad aparecida por peso propio, porque la inminencia no se puede tapar permanentemente.

La pobreza afectaba al 35,5% de la población a fines del 2019, informó el INDEC. Foto NA: PABLO LASANSKY

De esa crisis social latente devienen las crisis políticas concretas. Porque el derroche de palabra que pierde toda noción de propósito genera otro doble problema: se manchan las banderas y se desgasta la relación pública a través de las pantallas. Y es en esa falta de un lenguaje político direccionado donde los números, más que hablar, gritan.

Los porcentajes del INDEC no pueden ser más que una exigencia. El 40,9% es solo una invitación obligada a pararse ahí y revertir no solo la ausencia estatal, sino todo lo necesario. Porque la pobreza tiene mucho de objetivo cumplido y hay que empezar a decirlo para ponerlo en tensión.

El abecé del neoliberalismo, a esta altura, está ahí a la vista de todos: se trata de precarizar la vida hasta la deshumanización total, y esta afectación, aunque se da en diferentes escalas, nos recuerda no solo que para el neoliberalismo sobra gente, sino que no hay violencia económica sin violencia política, social y cultural.

Mientras no se hable con precisión no se podrán articular si quiera las demandas correctas ni la presión necesaria para que no les salga gratis a los que lucran con la pobreza. Un lucro que a veces es por demás conformista y, con o sin inocencia, posibilitador de disputas que abren paso a otras formas de poder, porque esa idea estereotipada y aislada de pobreza suele motorizar causas que solo importan y mejoran la vida de la clase media.

Una clase media que poco y nada mira lo estructural, ese punto en el que, justamente, se sostiene el objetivo pobreza. Al ser sistemática, su porcentaje es apenas una medida inicial, no definitiva, que exige, a priori, dos grandes pasos. Primero, una integración con otros números (empleo, situación habitacional, canasta, escolarización, sanidad, accesibilidad, urbanización, etcétera); segundo, no perder de vista que esos números no son concluyentes, solo avisan hasta donde el Estado está viendo el territorio de acuerdo con las fórmulas con las que se alcanzan esas cifras.

La pobreza no empieza ni termina en una villa, ahora llamadas “barrios populares” para saciar el apetito gentrificador galopante que aplasta al mundo, porque el neoliberalismo ya no necesita ocultar su pulsión: no hay lugar para todos en las ciudades ni en cada rincón que pueda ser utilizado estratégica y comercialmente. Una vez que el suelo tiene un valor real y otro potencial, el suelo deja toda neutralidad para ser pura ideología.

El neoliberalismo crece y se hace salvaje a medida que guiona ese valor y su uso, es decir, la urbanización. Es la concreción de ese guion en el plano territorial lo que convierte al Estado en un gestor directo del mercado. Entonces, la conversación de los porcentajes que hacen a la pobreza y a la precarización de la vida humana es eufemizada, porque decir que la gente viviendo en la calle es más fácil de sacar del medio es demasiado brutal para una época que cree en revoluciones performáticas. Pero, también, porque hay un detalle fundamentalmente incómodo: la gentrificación la impulsa el mercado-estado, pero la concreta el arco cosmopolita de clases medias.

Es imprescindible hablar de gentrificación para hablar de pobreza, porque ser pobre no es solo una inaccesibilidad a la alimentación sostenida, también contempla la imposibilidad de acceder a condiciones culturales, sanitarias y educativas sostenidas que surgen de ese uso-valor del suelo y una urbanización tomada por la estética.

No alcanza que el hospital y la escuela sean públicos, porque lo público está marcado por el alcance del propio sistema estatal. Pero, incluso dejando de lado los que no son parte del sistema burocrático, hay una gran mayoría poblacional que, incluso estando bajo el manto del Estado, no tiene acceso al uso público porque no entran en la medida ideal de la figura ciudadana.

Por esto mismo, de todos los elementos que se pueden seguir agregando para corporizar y quitarle el peso abstracto a la pobreza, hay uno en particular que es fundamental: el 40,9% de pobreza está hecho de violencias institucionales, las que, más temprano que tarde, encontraremos plegadas a los porcentajes de represión estatal. Sabemos, también, que la represión estatal está totalmente cifrada en la variable raza-clase.

Suena absurdo pedirle al mismo estado protección sin que revea a fondo su propio racismo. Un rever que no puede omitir la participación de organizaciones sociales y actores referentes en los barrios, en las villas, en las zonas que el propio estado formalizó esa marginalidad, sobre todo a la hora de hablar de seguridad y fuerzas. Y lo que queda claro cada día es la urgencia de pensar en una seguridad que falta, principalmente, entre los sectores más vulnerados, un pensamiento que exige un esfuerzo extraordinario y una abolición de fórmulas que solo responden al deseo de la ciudad para pocos.

Por Bárbara Pistoia