Arturito y el abuelo

El gobierno de Arturo Frondizi hasta la asunción de José María Guido.
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Para 1958 asumía la presidencia Arturo Frondizi, tipo polémico, con Gómez de vice. Para destacar, no quería dedicarse a la política y llegó a presidente. Solo sucede en este país.

Traía un prontuario interesante. Abogado con diploma de honor, pasó días en el calabozo durante la dictadura de Aramburu, ejerció el periodismo –al final todos somos periodistas, aunque no lo sepamos–, pronunció un interesante discurso en el entierro de don Hipólito, defendió presos políticos, fue el primer secretario de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y diputado nacional. En 1951 fue compañero de fórmula de Balbín cuando Perón ganó la reelección.

También escribió un libro que andaría muy bien en las librerías, “Petróleo y Política”, que confrontaba con los contratos que Perón estaba firmando con la californiana Standard and Oil. Y ya veremos una oda al teorema de Baglini.

Como ya vimos, para el ‘57 el radicalismo se dividió, la convención lo eligió candidato, mandó a Frigerio a acordar con Perón, le ganó a Balbín y a ponerse a las cosas.

Frondizi y Frigerio

De entrada, amnistió a los presos peronistas. Sindicalmente, donde se hacían elecciones ganaban los candidatos del peronismo, mientras que el sindicalismo se agrupaba en las 62 Organizaciones –peronchos–, los 32 Gremios Democráticos – radicales y socialistas – y los comunistas del MUCS. Por su parte, la CGT seguía intervenida.

Por las dudas, y para estar a resguardo de cualquier quilombo de los revoltosos de siempre, en junio del ‘58 se gestionó un decreto para declarar el estado de conmoción interna y así poder detener, allanar, reprimir y hacer lo que se le cantara. Sobre todo, porque su política a los estudiantes y a unos cuantos sindicatos, no les iba a caer de maravillas. Y mejor prevenir.

Al vice lo perdió de entrada, cuando renunció por su apoyo a la reforma de la educación superior que habilitaba a dar títulos y subsidiaba a las instituciones privadas, casi todas pertenecientes a la Iglesia católica, una de las patas de la mesa que pagaba el alquiler de Balcarce 50.

Su política, un enlatado de la CEPAL, fue el desarrollismo. Y el encargado vernáculo de cranearlo era su lugarteniente Rogelio Frigerio, padre de Octavio y abuelo de Rogelio, el que tuvimos hasta hace poquito. Y fue el abuelo el que le dio una vuelta de tuerca al folleto y, en vez de poner al Estado como motor económico, le traspasó ese rol a las empresas multinacionales. Pero, al menos, había una idea, que acá no es moco de pavo.

También Frondizi cayó en eso de que sólo los idiotas no cambian, entonces borró con el codo el libro que le había pagado las cuentas y empezó a firmar contratos con petroleras extranjeras para emparchar el déficit energético que teníamos. Imagínense, se cortaba la luz. Una locura. La cosa era que las empresas podían venir, traer sus petates y ahorrarse los tributos, que de eso se encargaba YPF, que también compraría la producción. Nos autoabastecíamos aunque la balanza comercial quedara culo al norte.

Automotrices, petroleras, petroquímicas, metalúrgicas vinieron a hacerse la América a este páramo generoso y gentil. La inflación se fue al carajo, el gobierno dio un aumento de la mitad del índice inflacionario y se achicó el gasto público. Al año siguiente manejábamos el PBI de Australia y Japón. Lo que antes se gastaba en importar ahora se invertía en compra de equipos para modernizar nuestra capacidad instalada.

La industria automotriz creció tanto que hasta se inauguró una propia, la Siam Di Tella, capaz de hacer autos, heladeras, lavarropas o lo que fuera que existiera en esa época. Como una cosa lleva a la otra, se hicieron kilómetros de pavimento para usar todos los autitos que teníamos ahora. En Santa Cruz nos apareció carbón, y entonces se fundó Yacimientos Carboníferos Fiscales para explotarlo.

Frondizi y Kennedy

Durante este gobierno se sancionó la ley que estableció el 82% móvil para los jubilados, o la ley de los unicornios y otros cuentos fantásticos de nuestra nación.

Siempre es importante cómo nos ven afuera. Esa obsesión. Bueno, Frondizi arrancó bárbaro. Acuerdos económicos con la Unión Soviética, como ahora, que les compramos vacunas y acordamos bases satelitales. Hizo buenas migas con Fidel Castro y con el Che Guevara, sacándole canas verdes a los milicos que se la anotaron en la libretita. También con el tal Eisenhower a quien visitó, siendo el primer presidente argentino en visitar a la madre patria, cortesía que el yanqui le devolvió en Bariloche. Le dieron un montón de Honoris Causa en cuanta universidad del mundo trajinó y se entrevistó con el Papa, Juan XXIII, que era italiano, como eran antes los Papas.

Una bonita anécdota de la época fue la que protagonizó, seguramente contra su voluntad, Adolf Eichmann, un nazi hijo de puta que se había escapado y se vino de rositas a esta tierra de libertad e impunidad. Cuestión que no pudo escapar del largo brazo del Mosad, una estructura que se había organizado muy rápido y con méritos. Los agentes se cayeron por acá, lo agarraron en la calle, lo llevaron a Ezeiza, lo hicieron pasar por borracho y se lo llevaron. Quizás los del Mosad fueran eficientes, pero este país ayuda bastante. Allá lo juzgaron, lo condenaron y lo ejecutaron. Eso sí, pidió larga vida a la Argentina –a Alemania y a Austria también– y ahí estamos, a los tumbos, cumpliéndole.

Frondizi y Fidel

Sí, protestamos ante la ONU porque, por noble que fuera la causa, se nos habían pasado por el arco del triunfo la soberanía. La ONU nos dijo que sí, pero que comiéramos un caramelito. Y don Arturo, ofendido, cortó por unos días relaciones con Israel.

También se firmó el Tratado Antártico, triunfando la visión argentina de vedar actividades militares. Ciencia y paz hoy dominan el continente blanco.

Pero a Frondizi los militares le rompían los huevos. Un día lo corrieron a Frigerio y le empernaron a Álvaro Alsogaray, el papá de María Julia. Y de un ministro de Economía que dice “hay que pasar el invierno”, sin hablar de un virus, no se puede esperar nada bueno. Y restringió las importaciones, frenó el proceso de industrialización y promovió las exportaciones. Los salarios se fueron al tacho. Y, claro, para las elecciones legislativas del ’60 el voto en blanco –mayoritariamente peronista– le ganó al oficialismo y a todos los demás. Imaginen las alarmas, los nervios, el estupor, la zozobra. El cagazo.

En la tapa de la revista TIME

A esta altura de la soireé, el acuerdo con el peronismo estaba hecho trizas y los gremios empezaron con los paros, las tomas y todo el manual de estilo, mientras el gobierno reaccionó con represión, detenciones y todo el manual de estilo.

Alsogaray se fue, pero ya estaba todo prendido fuego. Para las elecciones del ‘62 el peronismo –con partidos neoperonistas– ganó las legislativas en 9 de 17 distritos y 6 gobernaciones. Incluso la de Buenos Aires. Tal las costumbres de la época, y bajo aviso militar de que eso debía corregirse, don Arturito mandó a intervenir el distrito díscolo.

Tarde, ya estaban todos con los huevos al plato, así que le avisaron por teléfono que lo iba a visitar el jefe de la Casa Militar. No renunció como le pidieron y fue todo un dislate de proporciones bíblicas. El tire y afloje fue tal que, con todos hartos, la solución salomónica la dio la Corte Suprema tomándole juramento a José María Guido, presidente provisional del Senado. Calculen el pasmo de los militares que a la mañana siguiente fueron a asumir cargos que ya no tenían. Y así, este radical disidente, se sentó en el sillón del sombrío Rivadavia para finiquitar el mandato y acabar la obra, a todo culo.