Alberto y Larreta, o los desafíos (y problemas) de ser empoderado

La escenificación del giro peronista, en un juego de presencias y ausencias. Cómo impactan la ofensiva de Macri en Larreta y el silencio de Cristina en Alberto.
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La jornada “positiva” del sábado fue el cierre de una buena semana para el peronismo, que empezó con la festejada reaparición de Mauricio Macri. Si buena parte de la política se lee en gestos, la actitud de Macri dijo mucho más de lo que verbalizó en sus entrevistas. Cada vez que el ex presidente “rompe el silencio” incomoda a Larreta, que lo quiere callado. Algo inverso suele suceder con Cristina Kirchner, cuya ausencia en lugar de tranquilidad termina generando preocupación en la interna del Frente de Todos. Sin embargo, pese a las especulaciones, puede que los silencios de la vicepresidenta hoy beneficien más a Alberto que cualquier muestra de apoyo.

Era un Día de la Lealtad en el que todo podía fallar. Desde la plataforma oficial de los “75 octubres”, que arrancó con una denuncia de “ataques masivos”, a la caravana de Moyano que podía terminar con desbandes. Alberto fue el único orador de un acto que contó con la presencia de un amplio abanico de gobernadores -se conectó hasta el cordobés Juan Schiaretti– y logró concentrar todas las muestras de apoyo en su figura. El discurso de impronta peronista clásica tuvo aceptación en la interna y la marcha resonó en todo el país. Si bien es difícil que este acto funcione como el “relanzamiento” del Gobierno con el que fantasean en Olivos, funcionó como una escenificación eficaz del principio de un giro al peronismo.

La ausencia de Cristina el sábado era previsible, aunque jugó al misterio hasta el final, fiel a su marca registrada. Más allá de los motivos que la llevaron a no asistir, en la coalición preocupaba que el faltazo pudiera ser leído como una quita de apoyo. Hoy dicen que al final sirvió para darle “centralidad” a Alberto. Es probable que la presencia de Cristina hubiera opacado al Presidente en lugar de reforzarlo, aunque el problema es más profundo que la decisión de mostrarse o no en un acto público. Alberto acarrea una complejidad de origen desde el momento en que Cristina decidió “empoderarlo” como candidato. Hay algo implícito en la lógica de empoderar: el poder lo da quien está por encima, quien tiene autoridad para hacerlo. En su primer año, el ambicioso objetivo de Alberto era consolidar poder propio. Sin embargo, si el “empoderamiento” debe revalidarse en cada evento de peso, termina siendo una muestra de debilidad. El foco no debería estar en descifrar la opinión de Cristina sino en dejar de buscar su aprobación ante cada mínima muestra de poder propio.

Una de las salidas de Alberto hacia adelante puede implicar hacer pie en el PJ. A pesar de que no hubo un ofrecimiento formal, el sábado asumió en los hechos como el conductor del partido, con el aval del sindicalismo, el massismo y los gobernadores peronistas. Todos sectores esquivos a Cristina. Durante las últimas semanas se repitió que la asunción de Alberto en PJ sería simbólica, casi una costumbre entre presidentes peronistas de Menem a la fecha. Pero Cristina nunca presidió el PJ: un poco porque no le interesaba y otro poco porque no lo necesitó. La ex presidenta se refugió más en el progresismo que en la estructura del partido, aunque afianzó su poder haciendo uso de la simbología peronista. Alberto sabe que, para consolidarse, él no podrá prescindir de la fuerza de los gobernadores, el sindicalismo y la CGT. Pero tampoco puede prescindir de Cristina. Y esa atractiva heterogeneidad que ofrecía el Frente de Todos es hoy su mayor problema. ¿Qué actitud de Cristina le serviría al Presidente? Quizás una vice activa, a la que pueda coparticipar de sus decisiones para no cargar con el costo de las que salen mal. Pero esas coparticipaciones suelen salir caras en la interna. Entonces, ante una Cristina avasallante o silenciosa, acaso a Alberto le sea más funcional la segunda.

Así como Cristina fue, en los hechos, quien ungió a Alberto y construyó el paraguas del Frente de Todos, Macri busca mostrarse como el líder capaz de empoderar a Larreta. Por eso en sus últimas intervenciones lo metió en la misma bolsa que a María Eugenia Vidal o Alfredo Cornejo. Lo felicitó, como buen empresario que le da una palmadita en el hombro a su empleado del mes. Fue un gesto de poder que mira más allá de sus ambiciones electorales a corto plazo. Macri retoma el protagonismo mientras alista “Primer tiempo”, un libro con el que contará detalles de su gestión. Provoca ya desde el título, que da cuenta de algo incompleto, con el que intentará instalar que los segundos mandatos suelen ser mejores que los primeros. Larreta le devolvió el gesto y evitó nombrarlo en su exposición ante los CEOs de IDEA. Si bien el jefe de gobierno porteño acumula poder, la puja no hace más que ratificar que no existe un jefe indiscutido en la oposición. Larreta sabe que necesita “ampliarse” sin correrse al centro para ganar: necesita a Macri adentro, aunque lo prefiera en silencio.

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Hay un desafío que comparten Alberto y Larreta, cada uno en la interna de su espacio político. Es indiscutible el peso y la centralidad de Cristina en el Frente de Todos, pero si el presidente realmente quiere conducir -persuadir- su gran objetivo debe ser poder gobernar sin el temor latente, en cada una de sus acciones, a cómo reaccionará la vice. Un reto similar, en menor medida, le cabe a Larreta con Macri: debe salirse del lugar de “empoderado” del ex Presidente para poder crear algo propio. La complejidad de ambos es construir un liderazgo sin que exista la posibilidad de matar a los padres. Deben abrazarlos, contenerlos, incluirlos.