23/07/2019
1 Martes 26 de Marzo de 2019 Resistiendo con Style

Odiar a las palomas

Las palomas de los bares de los barrios con árboles están preparadas para resistir. Son más ásperas que las palomas de Plaza de Mayo, que son gallinas a punto de quedarse sin nafta, yendo para adelante con los golpes secos de un motor a punto de acabarse.

Desayunaba con Gordo Anchoa en el Le Blé a la vuelta del ACA, en Belgrano. La sombra te hace pensar que estás lejos. Las palomas insistían en joder, yo había dormido poco, le di un puntinazo a una paloma que molestaba. Fue apenas una patada sin fuerza, frustrante para mí pero ofensiva para las palomas, que empezaron a rondar desde distintos lados a mi hijo, picando en el piso con fuerza migas que no había, demasiado cerca de sus zapatillas.

Sentado en una silla de bar mi karate no sirve. Volví a intentar acomodar a una y apenas le di en un ala, me dio asco la textura esponjosa. Volvieron más palomas a molestar, vi con claridad que estaban confabuladas.

En el techo del bar una paloma, con aspecto de ser más vieja, de ser la autoridad, miraba sin moverse. Me paré, la miré y le dije fuerte, en el castellano intimidatorio de los humanos, que si seguían jodiendo pisaba a una de verdad. La paloma jefa, blanca con manchas marrones como el caballo pinto de Perón voló treinta metros hasta la mitad de la calle, el resto de las palomas volaron atrás de ella y no volvieron. Me quedó el miedo de saber que están organizadas, la incertidumbre de cuánto les dura la memoria de los humanos que no las quieren.

Después empecé a mirarlas volar. Las palomas tienen el idioma de seguir a un líder. Viven en la calma del orden de que haya alguien que sabe más. Las palomas son intrusas en una ciudad que no se anima a enfrentarlas, a sacarse el problema que pesa miles de kilos sobre los techos y lo autos que ensucian.

Las palomas no se van más. Ahora que despertamos a la conciencia de que los frigoríficos son centros de tortura nadie se le va a atrever a los veganos y decretar que son una plaga a sacar en un esfuerzo combinado de halcones chicos y pampeanos, con máquinas de sonido ultrasónico que las empujen a la frontera verde del campo donde seguro no se les hace tan fácil vivir de la basura que se le cae a las personas.

Los ochenta fueron años malos para las cotorras fosforescentes que gritaban en Pinamar a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde. Arrasaban con los granos de los campos cruzando la ruta, entonces las decretaron plaga. Le pagaban a los chicos con gomera algo así como diez pesos por cotorra cazada. Una vez vi una bolsa de arpillera llena de verde. Todavía me dura la impresión cuando me acuerdo. Pero las palomas son grises y se burlan de nosotros. Interfieren el aire y el piso de una ciudad espléndida de árboles y edificios en la que vivimos acostumbrados a estar entre alimañas.

En esta ciudad que ama a los perros que viajan en subte y mean en la puerta de las casas todo el mundo detesta a las palomas, salvo veinte extraños que les regalas galletitas. La democracia legislativa que atiende en un palacio un poco feo por donde el centro empieza a volverse San Telmo y la democracia de gobierno que se mudó a un edificio con mucha luz en un barrio a trasmano podría buscar la máquina vaporizadora de cloroformo, ver la manera algodonada y quirúrgica de darnos un pueblo soleado sin animales malos que son los dueños y planean

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