19/04/2019
Jueves 17 de Enero de 2019 Desde la trinchera

Bolsonaro y el dolor de cabeza para Marcos Peña

La victoria de Jair Bolsonaro en Brasil fue una masazo en la cabeza para el gobierno argentino. El dolor fue aún más fuerte en la línea de izquierda del Gobierno, quienes se hicieron del poder absoluto y del oído de Cat hace mas de dos años.

A través del reviente total de las arcas públicas se imponen "Estado presente" y "combate a la desigualdad" como pancartas con los que empapelan la gestión los Sica, la UCR, Gestión CABA, las Carrió y tantos otros focos hoy ya un poco anárquicos y sobre todo autónomos de Cat, al que ven como un manuable, un permisivo, un simbólico. Todos ellos liderados por el presidente en las sombras, Marquitos Peña.

Esta izquierda cambiemita se llevó puesta a la sustancia “PRO” meritócrata y privatista ideada en el 2015, reventando a reales agentes de cambio como los Aranguren, Iguacel, Caputo o Sturzenegger.

Hoy van en manada por Pato Bullrich, que es la que queda y la que no responde a sus paradigmas. Pato tiene 40 años de militancia y quilombos varios. Cuando lo sopapeaba a Moyano en vivo en la tele siendo ministra de un gobierno que caía en picada, Marquitos andaba en bicicleta por Asia saludando “namaste” y probando diversas drogas orientales (relatado por él, con orgullo).

Marquitos a los 20 salía de la babia de clase paqueta a recorrer el mundo para “aprender” y “abrir la cabeza”. Bullrich, que es de la misma clase (incluso con parentescos), a sus 20 se quedaba en Buenos Aires para agarrar el fusil contra una dictadura.

Es probable que a algunos les parezca bien y a otros mal, pero yo a esa edad lo único que agarraba era un Speed con vodka en algún boliche en la semana. Yo no puedo juzgar a nadie por lo que se hace a los 20 y vos, que me leés, seguramente tampoco. Pero Pato no le tenia miedo al fusil. Hoy, 40 años después, tampoco.

La avalancha de operaciones y declaraciones contra Patricia Bullrich es un fuego amigo que obedece solo a una cosa: la "situación Bolsonaro". Ambos se guiían por parámetros que rompen el esquema de verticalidad marcial frepasista impuesta por Marquitos para ganar elecciones sin importar el país. Esa disrupción abre la famosa ventana sobre qué es la política ¿Ganar elecciones o transformar un país? En el 2015 se planteaba la primera opción, pero derivó en la segunda.

"Bolso" no solo es disruptivo en Brasil, también lo es en Argentina. En Brasil se lo votó con una intención prioritaria: "Darle bala al chorro". Pero esa disrupción en Argentina se siente con mucha más profundidad y es más compleja en cuanto al tipo de gestión cambiemita.

Bolsonaro representa ideológicamente la reacción que se votó en Argentina durante octubre de 2015, pero no se quiso llevar a cabo a partir de diciembre de 2015. Es el karma que aparece cuando te pasaste de vivo. La mentira de patas cortas. El mensaje de WhatsApp que quedó en el teléfono que por alguna razón no se bloqueó. O más noventoso, el forro que quedó abajo del asiento de adelante que tu hijo levanta preguntando si es un globo, durante un road trip por el sur con toda la familia, sobre el Ford Escort o el Peugeot 505.

Bolsonaro es un WhatsApp en offside (dejo ahí el ejemplo del forro porque es medio asqueroso) al actual modelo de continuación del régimen anterior en base a, primero, endeudamiento privado más emisión descontrolada y, segundo, endeudamiento institucional (FMI) para que nada cambie demasiado y seguir ganando elecciones.

Cambiemos se estaba pasando de vivo. El cuento de la caverna de que nada se puede hacer porque "explota el país" se da la cara contra una pared, ante la figura de un tipo vecino que realmente cree en la necesidad de un cambio y tiene ese tema de ex militar de dar la vida con tal de que su país mejore. Guste o no ideológicamente, el concepto de "patria" es una droguita interesante para hacer lo mejor que se puede cuando se gobierna y hace que se despegue un poco esa necesidad de afanar, típica del arribista o del que busca la política para pagar las expensas porque la cancha privada ya no le da para mas.

Pato y Bolsonaro son la misma tela, la guía de lo que hay que hacer en un país hundido sin tanta etiqueta o acatamiento marcial a la correctividad política que destruye a la Argentina.

Hace unos días, salió en la radio la directora de la Dirección de Comida Saludable de CABA -o alguna aberración similar- que estaba promoviendo fiestas infantiles en lugares municipales donde la novedad era darle a los chicos agua y verduras en lugar de una coca, papas fritas y panchos

 Bolsonaro no es fascista, es normal, lo anormal es el mundo desquiciado y destructivo al cual nos están llevando estos monstruos.

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