20/01/2019
Martes 11 de Diciembre de 2018 Desfile de poder

Las primeras damas en el G20, mucho más que elementos de decoración

El tan ansiado G20 pasó como una ráfaga por Buenos Aires, dejando inacabables listas de memes, lágrimas presidenciales, promesas vacías de inversiones e ilusiones de palmaditas en la espalda. Las mujeres del encuentro, primeras damas y mandatarias, tuvieron un rol protagónico encuadrado en los debates feministas que se vienen dando en nuestro país.

Con enfoques diferentes, el periodismo marcó una agenda y las redes sociales otra. Para el primero, el guardarropa de Juliana Awada fue una cuestión de Estado, mientras que en redes se criticó duramente el rol decorativo de las esposas de presidentes, no solamente porque el foco primario estuvo puesto en la ropa sino porque sus actividades protocolares fueron de acompañamiento y de “tareas femeninas”, como pintar sillas. 

Mientras los hombres mantenían reuniones de trabajo, las esposas visitaron el MALBA, degustaron comida local en Villa Ocampo y asistieron a la gala de Colón. A excepción de Sophie Grégoire Trudeau, que pidió especialmente un encuentro junto a referentes feministas de nuestro país, la agenda del resto estuvo apegada a los divertimentos que tuvieron a Awada como anfitriona y organizadora. 

El tema crucial de estos encuentros es la ropa. Para el periodismo es tema de agenda y en las redes sociales es un punto de indignación. ¿Qué dice la ropa que genera tantos antagonismos?

Con conclusiones polarizadas, para ambos universos comunica lo mismo: que las primeras damas son elementos decorativos, que no toman grandes decisiones, que su rol se limita a ser exhibidas. Sin embargo, aunque algunos lo discutan, tienen un gran poder. Para el diseño nacional las primeras damas funcionan como vidrieras hacia el mundo. Pueden dar a conocer a una marca ignota y posicionarla en el mercado. Algo que no necesita hacer Angela Merkel ni Theresa May, mujeres que se limitan a lucir ropa utilitaria para su función. La camisa blanca que ilumina la sonrisa de Awada mientras “estudia” horas antes del recibimiento oficial, es un bálsamo de amistad, una ofrenda de paz. 

La cobertura periodística de cada evento internacional, sin embargo, suele minimizar el trabajo de acompañamiento que incluye una agenda aparentemente irrelevante. Los titulares carecen de originalidad y cualquiera podría repetir la fórmula de memoria: “el estilo chic”, “la elegancia natural”, “la sofisticación casual”, etc. de Juliana Awada.

¿Qué significa ser chic, elegante, sofisticada? Una ecuación que tranquiliza: responde al estereotipo. Hay mujeres presidentas y hay mujeres que acompañan, y aunque para muchos la balanza aún está desequilibrada, hay muchas, muchísimas mujeres que desean acompañar.

En el tironeo entre el periodismo cosificante y las redes indignadas hay una zona gris que articula ambos discursos: ni son muñecas de torta ni son víctimas. Son mujeres que ejercen un rol de Estado y, aunque la construcción mediática las muestra como “locas por las compras”, ignorando que tienen especialistas que se ocupan de esos detalles, probablemente tomen muchas más decisiones de las que quisiéramos imaginar. ¿No fue Brigitte Macron un elemento clave en la campaña presidencial? 

Como reza la fórmula twittera, “no tengo pruebas pero tampoco tengo dudas” de que muchas personas los votan porque “ella es divina”, porque él “tiene ojos celestes”, porque son tranquilos, relajados, poco conflictivos. Porque construyeron esa imagen gracias a cierto sector del periodismo que habla de la sofisticación del guardarropa, de lo elegante que es ella, con el pelo batido, los dientes blanqueados y las cejas pintadas. Porque cuando vienen las visitas la imagen es todo, la ropa sucia y el resto de la mugre se pueden esconder por un rato debajo del sofá. 
 

Compartir en
["\/","seccion","nota","encuesta","opinion","autor","tag","buscar"]