18/09/2019
Jueves 20 de Septiembre de 2018 Desfile de poder

La ropa en la cárcel: cuerpos que nunca dejan de hablar

Nacido en 1923, yo era de los que nunca van a desayunar en pijama, sino duchados y recién afeitados. El cuerpo es un invento de vuestra generación, Lison. A menos por lo que se refiere al uso que de él se hace y al espectáculo que de él se ofrece. 

Diario de un cuerpo, Daniel Pennac.
 

A principios de mes se emitió el último capítulo de la segunda temporada de El Marginal, una serie escrita por Adrián Caetano y dirigida por Luis Ortega para la Televisión Pública, que relata la historia de un ex policía (Juan Minujín) que entra como convicto infiltrado en la cárcel de San Onofre para desarticular una banda delictiva que opera desde adentro, compuesta por internos y funcionarios penitenciarios.

Se han escrito varios artículos reflexionando sobre la estigmatización que ejerce la serie sobre los delincuentes, sobre la romantización de la pobreza y el aguante, sobre la corrupción y “el problema de la droga”, entre otros temas que despliega El marginal. 
En ese recorrido, un tema que resulta interesante decodificar es cómo opera la indumentaria en un espacio en donde la voz está clausurada y la comunicación no verbal tiene un peso mucho más relevante que en otros espacios de circulación social. En donde la disposición corporal es constantemente “a la defensiva” y se articulan prácticas del afuera y del adentro para reafirmar la identidad perdida y reconstruir una nueva en una dinámica de constante lucha de poder. Para comprender esta funcionalidad, consultamos a un insider del Servicio Penitenciario Bonaerense, al que llamaremos CP. 

Fuente: El Litoral.

La ropa se estructura de acuerdo a dos categorías, la jerarquía y la edad. “Cuando un detenido llega a un penal y se determina en donde va a vivir, lo recibe el “limpieza” del pabellón. Recibe al preso y recibe su “mono” (sus pertenencias), y elige lo que más le gusta y se lo queda”. La jerarquía establece que un preso que recién llega, tiene que escalar posiciones para poder desplegar el simbolismo que otorga la ropa con poder. Ese poder lo brindan distintos elementos, que van desde las zapatillas hasta las camisetas de fútbol. 

La edad es el otro elemento que estructura el poder de la ropa. En la serie se observan dos grupos confrontados, la banda de Borges, el viejo patriarca de San Onofre, y la Sub-21. 

Fuente: La Unión Digital.

CP confirma la hipótesis del cuerpo desnudo de los jóvenes como un valor agregado: “Los más jóvenes muestran el torso desnudo el mayor tiempo que pueden, incluso en invierno por ahí los ves con musculosa y una bufanda en el cuello, porque lo importante es mostrar que están siempre listos”. El atletismo entonces, como carga positiva, se traslada también al uso de ropa deportiva: pantalones de jogging, shorts de fútbol, camperas, buzos, gorras visera y zapatillas, el “uniforme” al que adhieren la mayoría de los jóvenes detenidos y que muros adentro refleja una disposición corporal de estar preparados para cualquier imponderable, para cuando la acción lo requiera. La exhibición del cuerpo joven, atlético y musculoso, carga además con una promesa de futuro. Ante el sobrepeso de Borges y de “Morcilla”, por ejemplo, que ocultan bajo la ropa propia de su edad, la Sub-21 exhibe su posibilidad de estar -en un futuro próximo- libres a través de la espectacularización de sus cuerpos. Lo mismo ocurre con los personajes de “Diosito” y “Pastor”, más difíciles de encasillar: siempre usan musculosa, siempre usan pantalones o shorts deportivos. 

Fuente: TKM.

Si la ropa deportiva es el bastión de la juventud ¿cómo se visten los presos mayores? La jerarquía se comunica a través de la chomba de piqué, afirma CP: “En una cárcel no podés usar camisa, una prenda que te da prestigio y seriedad, por eso ellos usan la chomba como una prenda bien”. A esto se suman las camisetas de fútbol, que no solo funcionan como trofeos o monedas de cambio, sino que transmiten cierta idea del aguante asociado a las barrabravas, y un anclaje identitario con el afuera, con lo que se era antes de caer preso: un hincha de un club. 

La vestimenta del detenido tiene un cariz de artificio. Representa el mayor canal de expresión y, por ese motivo, está compuesto de infinidad de elementos, muchos más de los que usarían ellos mismos si estuvieran en libertad: las cejas depiladas, los tatuajes, una pierna del pantalón arremangado, el corte de pelo, las “llantas”, la forma de caminar, la jerga tumbera, la gestualidad de las manos, los “paseos penitenciarios”, la “danza” previa a la pelea. La multiplicidad de elementos que se combinan para “comunicar” y afirmar un estatus se encuadra más en la idea de exceso, de disfraz, que en su opuesto: “me puse lo primero que encontré”. 

Fuente: Visión del Cine.

“Afuera por ahí no le dan tanta bola, pero acá es importante. Todos arman la barbería, la peluquería, tienen su tatuador”, dice CP, y destaca la particular relación con las zapatillas: “Las zapatillas son el oro de la cárcel. Es lo primero que te van a querer robar y lo que más cuidan los presos. Yo veo a algunos que las limpian con un cepillito de dientes, o que la familia viene a visitarlos con ropa muy humilde pero le traen a su familiar detenido las “llantas” que necesita para tener prestigio acá adentro”. 

En su libro “En defensa de las causas perdidas”, el filósofo esloveno Slavoj Žižek reflexiona sobre el alto índice de suicidios entre individuos de clase media en los países nórdicos, países que curiosamente se caracterizan por tener los índices más altos de felicidad. Žižek afirma que el problema radica en la movilidad social: mientras los más pobres encuentran una posibilidad de ascenso y una promesa de futuro en la calidad de vida de la clase media, la clase media ve el estilo de vida de los ricos como inalcanzable, lo que contribuye en la generación de depresiones y ansiedades relacionadas al estancamiento, una idea que va a contramano de la imposición del progreso de la modernidad. Esta hipótesis permite pensar en las zapatillas como el elemento que encarna esa promesa de futuro. Mientras que un pobre no podría comprar un auto de alta gama, si puede, cuando tiene algo de plata, invertir en la promesa de ascenso social que brinda un par de zapatillas o un celular, y que homogeniza las clases sociales: todos podemos tener unas Adidas o un teléfono Samsung, todos tenemos tendencia a querer vivir por encima de nuestras posibilidades, algunos con las zapatillas, otros pagando mes a mes el mínimo de la tarjeta de crédito.

En el contexto de encierro, el cuerpo es víctima de la mutilación del yo que recibe por parte de la institución, anclada en una serie de prácticas degradantes e infantilizadoras, y a la vez es la pizarra en donde se imprimen los últimos vestigios de la identidad de un hombre libre. En ese sentido, el adorno de sí -lejos de ser una práctica vanidosa o narcisista- se presenta como un espacio de resistencia: la subjetividad (y no la esperanza) es lo último que se pierde. 
 

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