16/09/2019
Jueves 10 de Mayo de 2018 Política

De malas noticias y buenos funcionarios

En EEUU la delincuencia nunca fue tan baja.

Algunos estudios indican que homicidios, violaciones, robos de autos, secuestros, asaltos callejeros y domiciliarios se reducen año a año desde 1990. Según otras metodologías de análisis los indicadores de criminalidad e incluso de terrorismo vienen bajando desde 1960. El estadounidense promedio, sin embargo, nunca tuvo tanto miedo. La paranoia del ciudadano común nunca fue tan alta.

¿Por qué? La explicación sería que los medios fomentan la psicosis colectiva. “If it bleeds it leads”, reza el cliché (“si sangra va en portada” sería la traducción). Es fundamental mantener a las audiencias en vilo en un contexto como el actual de hipercompetitividad entre múltiples plataformas periodísticas 24/7. Las buenas noticias no llaman la atención, no venden.

En fin. Hoy tengo una buena noticia para compartir.

Una buena noticia que, dada la realidad descripta más arriba, posiblemente pasará inadvertida. Voy a hablar bien de un funcionario público: el embajador Marcelo Martín Giusto. Actual cónsul general de la República Argentina en Miami y muy pronto redestinado a ocupar ese cargo en Nueva York.

Embajador Marcelo Giusto, actual cónsul Argentino en Miami.

 

Lo conocí por casualidad, sin querer, literalmente. Le había tramitado la nacionalidad argentina a mi hija menor nacida en EE UU y me convocaron para hablar con el cónsul. ¿Hay algún problema?, pregunté cuando me citaron telefónicamente. No, fue la respuesta, sólo que el Embajador Giusto tiene que firmar algunos documentos.

Fui con mi jermu y madre de la niña, tal como me indicaron, esperando una formalidad burocrática. Tenía experiencia en el tema, ya les habíamos hecho la nacionalidad a nuestros dos hijos mayores (llevo 20 años en el lodazal del capitalismo yanqui).

Aparecimos a la hora señalada, creo que era un lunes a primera hora, yo vestido de dominguero desorientado, mal afeitado, con cara de dormido, lagañas, posible halitosis. No tenía reuniones de trabajo esa mañana y pensaba volver a mi casa a darme una ducha.

Una oficial consular sorprendentemente cordial nos hizo pasar a una sala formal, decorada con escudo, bandera, cuadros de temas folclóricos. Posiblemente Molina Campos, si la memoria no me falla.

Mi hija de cinco años no entendía mucho qué hacíamos ahí y mi jermu, más presentable que yo en cuanto a vestimenta, miraba el reloj ya que llegaba tarde al laburo (trabaja en la embajada de España, su país de origen).

Con algunos minutos de retraso irrumpió el COLOSO. Con un estentóreo “¡Hola Belén!” se presentó el entonces flamante cónsul argentino en Miami. “Te traje un regalo: una agenda con artistas argentinos para que hagas dibujos ¿te gusta pintar?”. La enana reaccionó en el acto. Le cayó bárbaro este cajetilla nacional con corbata tejida y traje drape cut que le regalaba un cuaderno para garabatear.

Yo estaba medio ido, mirando boludeces en WhatsApp, reclinado en una silla, posiblemente con las patas arriba de la mesa. Alpargatas mugrientas.

Con timing impecable el crack de cracks evitó el eye contact conmigo hasta que pude recuperar la lucidez. Mi jermu, que es más diplomática, reaccionó en el acto y le restó protocolo al tema con algún comentario al paso. Se puso a hablar muy animadamente con el number one.

Como el amerindio que soy, yo tecleaba literal y figuradamente. “¡Te felicito Belén, ahora sos argentina!”. Resulta que el cónsul había organizado una mini ceremonia para otorgarle la nacionalidad argentina a mi hija. Con discurso, firma de actas, foto junto a la bandera, café, caramelos. Yo quedé como un patasucia de cuarta, totalmente desprevenido.

Reitero mi atenuante: yo ya había tramitado la nacionalidad de mis dos hijos mayores años atrás, bajo la “gessstión anterior”, y todo había sido un típico cóctel de destrato burocrático por ventanilla, pilas de papeles por cuadruplicado, ley de Murphy, naftalina, caspa y ese tono de voz monocorde que ponen los empleados de mostrador de las reparticiones públicas. Todo cambió con el comandante Giusto.

Esto no es todo. Siguen las firmas y los elogios. Nunca el consulado organizó tantos encuentros, conferencias, seminarios, eventos.

Nunca el consulado apoyó y energizó tanto a la comunidad de negocios de argentos en esta ciudad. Nunca se fomentó tanto el arte argentino.

Repito, llevo 20 años en Miami. Desde Menem. Vi pasar muchas “gestiones”. Hasta la llegada del comandante Giusto me hablabas de ir al consulado y era como si me invitaras a hacerme un tratamiento de conducto.

Ahora el coloso se va a Nueva York. Donde tiene que estar. A jugar en la NBA de la diplomacia. Si mi olfato no me falla, algún día lo vamos a tener cortando el bacalao en el Palacio San Martín.

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