19/08/2019
Domingo 25 de Febrero de 2018 Deportes

¡Bajen la guardia y jueguen al fútbol!

River está en crisis. Por más que Gallardo no lo quiera admitir o busque maquillar el momento con otras palabras, el sinónimo del momento de su equipo es este: crisis. Crisis de identidad, porque absolutamente nadie sabe a qué juega. De personalidad, porque antes para tumbarlo había que matarlo y ahora con el más mínimo roce está tirado en el piso pidiendo que se termine el martirio. Y, sobre todo, crisis emocional, porque el mundo River está convencido de que hay en marcha una persecución y esos pensamientos bloquean la cabeza de los jugadores ante cualquier fallo arbitral, por más mínimo que sea.

Como muy pocas veces ocurre en el fútbol, se puede enmarcar el comienzo del declive del River supercampeón del Muñeco en un momento muy concreto, en una noche que pintaba para ser una película de amor y terminó siendo una de terror: el 31 de octubre de 2017. Más precisamente, desde las 22:15 hasta las 23, en esos 45 minutos fatales que combinaron horrores arbitrales con increíbles distracciones que terminaron con Lanús en la final de la Libertadores y con el Millonario perdiendo una serie que tenía en el bolsillo hace rato.

El declive del River supercampeón del Muñeco se puede enmarcar en una noche que pintaba para ser una película de amor y terminó siendo de terror: el 31 de octubre de 2017.

Así como Boca tardó años en recuperarse del penal que Barovero le atajó a Gigliotti, River lleva meses con el karma de esa fatídica noche. No hace falta más que ver cómo el Granate cambió el presente futbolístico del Millonario: en los 11 partidos previos a ese encuentro, se obtuvieron 6 triunfos (incluido el 8-0 ante Jorge Wilstermann), 3 empates y 2 derrotas (una fue la de Talleres, jugando casi con la Reserva), con 26 goles a favor y 14 en contra. Después de Lanús, se ganó 4 veces, se empató 1 y se perdieron 6, con 14 goles a favor y 13 en contra. Números que grafican el golpe emocional que dejó al plantel en una lona de la cual todavía no se pudo levantar.

“Necesitamos un triunfo para ganar confianza”, explicó anoche Gallardo, tras acumular su sexta derrota seguida de visitante. Lo que hace falta, básicamente, es comenzar a explicar algunas decisiones: ¿hacía falta cuidar jugadores con el pésimo arranque de año que se tiene? ¿de qué juega Enzo Pérez, un día detrás de Ponzio y otro día suelto y en posición de armador, pero con la pelota volando por los cielos en cada salida? ¿Pratto llegó nada más que para recibir de espalda pelotazos de 30 metros? ¿por qué Quintero juega tan poco, habiendo demostrado tanta calidad en sus escasos minutos? ¿qué hizo Palacios para salir del ostracismo y ser titular en un encuentro que había que ganar sí o sí? ¿por qué no se buscó otro central a sabiendas de que Maidana puede jugar un partido sí y tres no y que Pinola, cada partido que pasa, parece irrecuperable?

Hace falta explicar algunas decisiones: ¿de qué juega Enzo Pérez, un día detrás de Ponzio y otro día suelto y en posición de armador, pero con la pelota volando por los cielos en cada salida? ¿Pratto llegó para recibir de espalda pelotazos de 30 metros? ¿por qué Quintero juega tan poco?

“Sabiendo que Macri fue presidente de Boca y Tapia está en la AFA, tendremos que estar con la guardia alta”, comentó en su momento Gallardo, un entrenador que (según los de la otra vereda) es tan influyente que ha logrado, con esa simple frase, que en cada estadio del fútbol (menos en Brandsen 805, lógicamente) se lo insulte al presidente de la Nación (nada tiene que ver sus constantes medidas antipopulares o la corrupción evidente que envuelve al fútbol y que salpica a varios funcionarios suyos).

Si bien los arbitrajes son malos, y últimamente River se ha visto perjudicado, es hora de que en Núñez se haga la autocrítica correspondiente, se baje un poquito la guardia con el entorno y se empiece a trabajar para mejorar el bochorno futbolístico que se ve fin de semana tras fin de semana.

Porque, de seguir así, el 14 de marzo puede marcar el comienzo del fin de un ciclo exitosísimo como el de Gallardo. ¿O su espalda se bancará más frustraciones?


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