18/09/2019
1 Jueves 15 de Febrero de 2018 Desde la trinchera

Todo saldrá mal

Durante el inexplicable doble feriado nacional de carnaval hablábamos en mi hogar sobre lo profundamente inviable que es nuestro país. Suelo escribir en Twitter casi a modo de muletilla que “todo saldrá mal” y no es una pose ni la alimentación de un personaje; realmente lo pienso. Puede mejorar alguna variable, puede subir o bajar algún índice trascendente, pero lo cierto es que con altos y con bajos, el país navega inexorablemente hacia el abismo. 

Mi pasión por la política me lleva a menudo a preguntarme qué es lo que necesita este país para salir adelante. Imagino qué haría si me tocara tomar decisiones importantes. Pienso en los primeros 100 días de gobierno, los que ganarían, los que perderían. Qué sector quedaría destapado en la famosa manta corta de los recursos del Estado. Un rato de análisis del tema me lleva siempre a una profunda depresión. Nadie podría sacar este país adelante porque hacerlo requiere decisiones drásticas que son absolutamente imposibles de implementar. 

No hablo de echar a todo el mundo para dejar un Estado diminuto ni mucho menos. No tomaría decisiones que perjudiquen a los más necesitados. Sí me metería en serio con poderes que hasta ahora han sido intocables y que harían absolutamente imposible la gobernabilidad si son atacados. 

Cambiemos tuvo una buena oportunidad para intentar dar vuelta como una media al país, apenas asumió, después del siniestro gobierno anterior. El crédito político era casi ilimitado y las expectativas enormes. En algunas cosas se quedó a mitad de camino, en otras ni empezó y, en algunas, como el tamaño de la planta estatal, retrocedió. Veníamos de un Estado gigante y ahora se dieron cuenta de que no se puede seguir con este monstruo después de haberlo agrandado aún más.

Justamente creo que uno de los principales males que nos aquejan es la enorme hipocresía con la que nos manejamos. Somos máquinas de decir una cosa y hacer otra. Y somos, a su vez, especialistas en pedir cosas cuando somos oposición que después no necesariamente cumplimos cuando nos toca ser oficialismo. 

En este sentido, el que más me molesta es el republicano de papel maché fan de Cambiemos y que ahora, en nombre del desastre que fue el kirchnerismo, pide decretos, presiones del Ejecutivo sobre la justicia o votaciones express en el Congreso, entre otras cosas. Incluso, idolatra jueces que siempre consideró siniestros por alguna decisión que le gustó. Un cachivache. 

Esta misma lógica la utilizan muchos que deciden culpar de todo a la “clase política” como si la misma no fuera parte de la sociedad enferma en la que vivimos. Siempre imagino al indignado con el saqueo del Estado coimeando ese mismo día a un policía para que no le haga una multa o dejando de facturar una venta para pagar menos impuestos. Los culpables de lo que pasa somos todos, aunque obviamente las responsabilidades no sean equivalentes. 

Y como decía antes: cambiar las cosas implica ir contra los poderosos. Implica intentar modificar completamente algunas prácticas. Intentar, por ejemplo, que los trabajadores sean representados por sus pares y no por empresarios multimillonarios. Pero también significa ir contra estas estructuras a fondo y no sólo contra las que no podés arreglar con alguna prebenda o más plata para la obra social. Sí, ya sé: si vás contra todos te paran el país. Imposible salir de ese embrollo con la situación actual. 

Y también te generan un quilombo catastrófico las organizaciones sociales si, en vez de aumentar los subsidios a sus espacios, intentas generar medios para que puedan encontrar laburo genuino. Y en cualquier caso los tenés cortando las calles, les des o no lo que reclaman. 

En fin, esto es casi una catarsis. Lo cierto es que nadie que quiera realmente cambiar las cosas a fondo podrá hacerlo. Y no creo que haya reales motivos para ser optimistas. Supongo que te habrás dado cuenta que jamás lo soy. 
 

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