Viernes 09 de Febrero de 2018 Rusia 2018

Italia 1934: a la guerra con Chiche y Galateo

El viejo Desimone puso el grito en el cielo. Mandó a llamar a sus hijas y con el dedo índice en alto y los ojos inyectados en sangre se los advirtió: no volverían a ver a sus noviecitos. No había lugar para objeciones. Tampoco era el momento; en los albores de la década del ‘30, cuestionar al patriarca era tan fantasioso como lanzar un auto al espacio en un cohete.

La traición era manifiesta y aquel tano enfermo no lo iba a perdonar; había adoptado a Antonio y Alberto como a los hijos que no había podido tener. Los acunó en su humilde club, el San Lorenzo santafesino, que les abrió las puertas de su amado Colón y ellos, Antonio Rivarola y Alberto Galateo se habían vendido justamente a Unión. Esa noche la casa de los Desimone fue una comedia de Ettore Scola que terminó con un final feliz a medias; Rivarola dio marcha atrás con el pase y se quedó con la chica. Galateo, un loquito lindo de apellido de tragedia griega, borrachín, pendenciero, prototipo del “se juega como se vive”, mandó todo al diablo y se puso la camiseta tatengue.

Alberto Galateo, un loquito lindo de apellido de tragedia griega, borrachín, prototipo del “se juega como se vive”, mandó todo al diablo y se puso la camiseta de Unión traicionando a Desimone.

Mientras tanto en Resistencia, un joven llamado Héctor Chiche Freschi fundaba el primer club de atletismo en la provincia y se lucía en cada actividad mientras arrancaba los suspiros de las jóvenes chaqueñas. Era el yerno ideal, buen mozo, atlético, maestro de grado e ídolo de los niños. No paraba un minuto. Salto en largo, lanzamiento de bala, 100 metros llanos. El fútbol lo llamó y entre tantas tareas, terminó ocupando el arco de Sarmiento de Resistencia, donde le tomó el gustito a obtener más logros que con el atletismo.

“El mundial empieza en octavos” es el lugar común que enarbolan los especialistas cada cuatro años, minimizando la fase de grupos. En 1934 fue así literalmente: los 16 equipos se eliminarían directamente. La Liga Argentina y la Asociación Nacional estaban separadas en aquel momento fundacional del profesionalismo. Los representantes de la Liga no estaban dispuestos a perder durante tres meses a sus mejores jugadores por lo que la Asociación decidió subir al vapor Neptunia rumbo a Génova un equipo conformado por jugadores de ligas menores, en su mayoría amateurs. En ese barco, entrenando en cubierta, intentando sin éxito que las pelotas acabasen flotando en alta mar, se conocieron Freschi y Galateo. Y los demás.

El partido de vida o muerte ante Suecia empezó como hubiésemos querido: un misil de tiro libre de Belis, zaguero de Excursionistas, a los 3 minutos nos puso en ventaja. La alegría no duró; a los 9 minutos el propio Belis chocó con Freschi, primera señal de los problemas que tendríamos en el fondo a lo largo del partido. Tras el córner, Belis, héroe y villano, pifió y la pelota quedó ahí, boyando para que Jonasson la empuje. Abajo éramos un flan.

Allá arriba la cintura de Galateo los volvía locos. Los suecos pasaban de largo como colectivos llenos en hora pico. Amagues, enganches, todos los recursos de la técnica sudamericana contra los rocosos defensores nórdicos que sólo podían pararlo a patadas. Pero el gol no llegaba, los suecos se nos venían encima y en medio de un revuelo en el área, cerca del final del primer tiempo, la pelota pegó en la mano de un argentino. El silbato no tardó en sonar; penal para Suecia. ¿Y ahora?

Y ahora Freschi, nuestro Chiche, el héroe del impenetrable, el yerno ideal, se hace gigante en la escuadra y se queda con la de tiento para alejar fantasmas, para adueñarse de la pena máxima, para hacer estallar de orgullo a su lejano Chaco prendido a la radio, para apagar las quince mil gargantas que pugnaban por lanzar el grito de gol europeo ante los ingratos sudamericanos que encima se habían dado el lujo de enviarles a su mundial excelso, inmaculado, colosal, a un puñado de desconocidos de ligas amateurs.

El segundo tiempo arrancó con Galateo más encendido que nunca; vio la cara del viejo Desimone en cada italiano que ocupaba las tribunas del Estadio Littoriale de Bologna. A él le dedicaba cada gambeta, cada quiebre de cintura. A aquel viejo cascarrabias, seguramente, le dedicó ese tiro cruzado a los tres minutos que se le metió allá arriba, imposible, al gigantesco Anders Rydberg. Aquel 2-1 era para él y para su hija, la princesa perdida. 

La bisagra de esta historia fue el rechazo, tosco, brutal, de un defensor sueco desde el mediocampo. Era fácil para un Freschi que la hizo difícil. Nos salvamos de milagro pero ya nada volvería a ser igual. El extremo Jonasson, bicho, vio las dudas, la frente nublada de nuestro guardameta y pateó, sin convicción, un tiro débil, previsible, anunciado, que se le iba a escurrir entre las manos a aquel atleta flojo de moral. 

El 2-2 cayó como un mazazo y faltaba lo peor: a diez minutos del cierre, Pedevila rechazó de cabeza un centro desde la derecha y la pelota le quedó a Kroon, un sueco con apellido de villano de Marvel que, como venía, metió un remate ordinario, sin brillo, nórdico, fácil para cualquier arquero. Menos para el de Sarmiento de Resistencia, nuestro Chiche, el ídolo de los chicos, el más grande lanzador de bala que había dado el Chaco. La bola vino, mansa, saltando graciosa como un niño en el patio de su escuela allá en Villa Angela. Pasó entre sus piernas, se alojó en el fondo del arco y la historia terminó.

Galateo era el que más lloraba en el vestuario. Freschi se encargaba de su propia lapidación a quien quisiera oírlo. No era el único; Juan Robirosa, dirigente de la Asociación se encargó de tomar el azote ante la prensa: “Si creen que hemos merecido la derrota, se la atribuyo a la mala suerte y al mal día que ha tenido uno de nuestros jugadores”, señaló, tapando con tierra a nuestro muchacho.

Italia fue campeón en el primer y no último Mundial utilizado para maquillar una dictadura. El villano Chiche Freschi volvió a su Chaco querido donde vivió plácidamente hasta los 82 años, aunque el tiro de Kroon, flojo, evitable, aparecía a veces en sus siestas. Hoy una calle de Resistencia lleva su nombre. El de Chiche, claro.

Una calurosa tarde de febrero, cuando estaba por cumplir cincuenta años, Galateo volvió a romper la siesta de Santos Lugares, como años atrás rompía las cinturas de los defensores rivales. No tenía una pelota atada al pie sino un cuchillo en la mano, con el que amenazaba a su mujer y a su hija. Hasta que llegó, revólver en mano, el último defensor al que enfrentaría: su propio hijo, que estaba listo para terminar de un balazo con la historia de aquel héroe con pies de barro.

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