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Miércoles 07 de Febrero de 2018 Desde la trinchera
El flagelo de la sobreactuación

Vivimos una época de una intensidad inaudita. En el mundo se han radicalizado las posiciones respecto de una infinidad de temas y, obviamente, en Argentina no estamos exentos de esto. De hecho, como casi siempre, en nuestro país la tendencia hacia la intensidad es mayor. 

Creo que es bueno debatir los temas apasionadamente, pero tengo la sensación de que muchas veces las posturas extremas tiñen el debate y que nuestra sobreactuación respecto de las distintas causas que podemos defender deja bastante debilitadas a las que en muchos casos son motivaciones nobles. 

Ya lo he dicho varias veces y lo repito: detrás de todo fundamentalista hay un pelotudo. Y en este caso los pelotudos o las pelotudos complican todo.

Vamos con tres ejemplos bien claros:

  • La lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer

Creo que somos una inmensa mayoría los que pensamos que las históricas desigualdades de derechos entre hombres y mujeres deben ser corregidas. Tenemos una historia de machismo importante en nuestro país y ésta es una pelea que se está dando con fuerza y bienvenida sea. 

¿Cuándo empiezan los problemas? Cuando grupos evidentemente minoritarios transforman esta lucha en un enfrentamiento fundamentalista. Muerte al macho o clamores de ese tenor son las consignas de las más extremistas. Está claro que ningún ser medianamente racional les da bola a estas dementes, cuyo método de reclamo pasa por romper cosas o defecar iglesias. Pero este tipo de actitudes dan aire, y mucho, a los que quieren que nada cambie. 

También veo contraproducente esa excitación que alcanza a algunos cuando ven que su discurso “pega”. Sucede por ejemplo con el lenguaje inclusivo. Es mucho más importante terminar de instalar el debate por la igualdad de derechos que cambiar la forma en la que hablamos. A veces todo junto no se puede y resta más de lo que suma.

No creo que darle visibilidad a un debate a cualquier costo tenga sentido. No se puede elegir a los interlocutores porque tienen rating perdonando su pasado. Eso también deslegitima los reclamos y abre grietas para que los fascistas de siempre pregonen que todo quede como está. 

  • La corrección política 

Éste es un drama que vivimos a diario. Vivimos encerrados en un corset de corrección política que impide que muchos digamos lo que realmente pensamos. A veces esta farsa se nota más y otras veces pasa desapercibida, pero la jauría de energúmenos que te atacan si decís algo fuera de los cánones permitidos (vaya uno a saber por quién) limita la libertad de expresión. Y nos hace hablar como autómatas con tal de no ser tildados de algo que no sea socialmente aceptado. 

Esto mismo no pasa sólo en el discurso: ocurre también en las actitudes frente a lo que se pregona. Por ejemplo, si llegaste al poder con un discurso basado en la transparencia y te pescan siendo haciendo algo deshonesto te pasás de revoluciones y hacés la pavada que hizo el gobierno con el tema de los familiares en el Estado. El problema, en todo caso, no es el parentesco, sino la falta de idoneidad o los excesos de tener 78 parientes en el payroll del Estado. Pero bueno, una vez más, aparece la sobreactuación. 

  • La inseguridad 

Años de energúmenos que nos explicaban que la inseguridad era una sensación llevaron a la sociedad al otro extremo. Aquella actitud de parecer más preocupado por el que comete un delito que por la víctima hizo estragos. 

Hoy una mayoría ostensible de la gente (no tengo encuestas, es lo que veo y escucho a mi alrededor) quiere matar a todos los delincuentes sin que las garantías constitucionales sean un impedimento. Mientras tanto, la política abona esta lógica proponiendo un cambio de paradigma. 

Lo he dicho hasta el cansancio: las garantías constitucionales no son opcionales y usar el concepto de garantismo en forma peyorativa es una aberración. Si un juez no vela por el cumplimento de las garantías está violando la Constitución y debe ser destituido. 

Las opciones no pueden ser “matemos a todos o que estén todos libres”. Los extremos no sirven en el derecho penal, así como no sirve reformar las normas basados en los requerimientos de las víctimas. No olvidemos aquella reforma impulsada por Blumberg. No sirvió para nada. 

Mientras tanto, vivimos casos como el del turista norteamericano y el policía Chocobar en el que todos sobreactúan, como si fuera un caso simple que se puede vivir como un Boca-River. Un héroe o un asesino. Ni una ni la otra. Es bastante más complejo que eso. Sí, dije es más complejo. A veces lo es. 

Reconozco que tal vez esta postura pueda ser vista como tibia o importada de Corea del Centro, pero el gris es mucho más lindo que el blanco o el negro. Y los caminos intermedios son muchas veces los que nos dejan en un destino más vivible y agradable. Muy lejos de tanta sobreactuación.
 

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