20/01/2019
Viernes 12 de Enero de 2018 Está pasando

Señor, si usted supiera

Humberto Vicente Castagna, conocido como “Cacho Castaña”, dijo en un programa de televisión que las mujeres ya saben que las van a violar y propuso que, dado que ya cuentan con esta información, se relajen y gocen. Estadísticamente, se puede decir que Castagna tiene razón. Según el sistema de estadísticas criminales del Ministerio de Seguridad de la Nación, en 2016 se contabilizaron 3.966 víctimas de violación (lo que representa más de 10 víctimas por día y 8,5 cada 100 mil habitantes) y 10.555 víctimas de otros delitos contra la integridad sexual. En total, en Argentina hay 40 abusos por día, en los cuales alrededor del 97 por ciento las víctimas son mujeres. Por lo tanto, lo que señala Castagna es correcto: las mujeres, en general, viven sus vidas sabiendo que ser violadas es una posibilidad. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol.

Su consejo para las mujeres (relajarse y gozar) tampoco fue demasiado novedoso para el universo feminista, ni para las mujeres en general. Virginie Despéntes escribió Teoría King Kong, un libro en el cual sostiene que las violaciones son, justamente, el dispositivo por excelencia mediante el cual el patriarcado se erige como un régimen (es decir, un conjunto de relaciones sociales) que desplaza a las mujeres del espacio público relegándolas a las tareas domésticas y reproductivas, dejando para los varones la esfera pública de la opinión, la política y, en fin, la autoridad sobre todas las cosas del universo.

Si estás en una situación en la que un varón te pueda violar, te va a violar. No podemos regular la sexualidad masculina.

En este libro, Despéntes cita a la feminista norteamericana Camille Paglia quien, en su libro Sexo, arte y cultura americana asegura que la violación es un riesgo inevitable: “Mi actitud sesentista es sí, mandate, arriesgate, aceptá el desafío: si te violan, si te dan una paliza en un callejón oscuro, está bien. Eso fue parte del riesgo de la libertad, eso es parte de lo que hemos exigido como mujeres. Seguí con eso a cuestas. Levantate, desempolvate y seguí. No podemos regular la sexualidad masculina”.

Pero si una se aleja de los libros y para la oreja, se va a encontrar con que estas afirmaciones sobre cómo vivir con la violación están presentes en las vidas de las mujeres desde siempre. “Tomate un taxi a la noche”, “pedilo por teléfono”, “no vayas sola a otro país”, “no vayas a la casa si no lo conocés”, “avisame cuando llegues”. Madres, tías, abuelas, amigas, hermanas, compañeras, todas saben y transmiten permanentemente una máxima tan vieja que no se sabe cuándo empezó: si estás en una situación en la que un varón te pueda violar, te va a violar. El supuesto, cada vez más cuestionado, es el de Paglia (y Cacho Castaña): no podemos regular la sexualidad masculina.

Pero este supuesto ¿está testeado? ¿Es cierto que no podemos regular la sexualidad masculina? ¿Las violaciones son por un tema pasional de los varones, representan un flujo irrefrenable de deseo que no se puede quedar quieto y se tiene que volcar sobre un cuerpo indefenso de una mujer? Parece que no.

Las violaciones no son actos excepcionales y anormales, sino acciones sociales que funcionan como pilar de un orden más amplio.

Más cerca de estas latitudes, la socióloga argentina (que desarrolló gran parte de su carrera en Brasil) Rita Segato, argumentó en sus trabajos más recientes que las violaciones (y los femicidios), lejos de estar vinculados a “la pasión” de los varones, son un dispositivo disciplinador de las mujeres. Luego de realizar varias entrevistas en profundidad a varones que se encontraban encarcelados por violar mujeres, Segato concluyó que el sentido que le daban estos violadores al acto de violar era disciplinador. No percibían que lo que la ley y otras personas denominan “violar” era lo que ellos estaban haciendo, dado que como violaban a mujeres a las que consideraban “ligeritas”, “no evangélicas” (en Brasil la proporción de evangélicos en los sectores populares es muy elevada), “trolas”, estos varones percibían que estaban moralizándolas y poniéndolas en su lugar. 

Si bien no hay estudios empíricos de este tipo en Argentina, los trabajos y estudios de la Representante Especial del Secretario General de Naciones Unidas sobre Violencia Sexual en Conflicto confirman que el sentido disciplinador que los varones dan a las violaciones es el mismo en todos los países en los que hay conflictos armados, ya sean entre grupos civiles o entre ejércitos regulares. El caso de Egipto es particularmente claro respecto a esta cuestión: cada vez que hay movilizaciones de mujeres o en las que participan mujeres, especialmente en la plaza Tahrir de El Cairo, las violaciones son usadas como verdaderas armas de guerra. El mensaje es cristalino: el espacio público no es para las mujeres. Por eso desde el movimiento de mujeres se hace tanto hincapié en que las violaciones no son actos excepcionales y anormales, sino acciones sociales que funcionan como pilar de un orden más amplio. Teniendo en cuenta estas condiciones y que además tienen que soportar los consejos de Cacho Castaña, a las mujeres se las ve bastante relajadas y gozosas. Dudo que precisen relajarse más.

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