Mundial 1958: Brasil, Pelé y el desastre de Suecia

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Luego de dos décadas perdidas por guerras y peronismo, volvimos al mundo con el mejor equipo de los últimos treinta años. Y fuimos la verguenza mundial.

No se vaya, amigo lector, que estoy hablando de mundiales. Más precisamente del de Suecia 1958. Fueron veinticuatro años de sequía mundialista los que vivimos por acá. Y llegado el momento se sintieron. No hubo manera de sostener a Los Carasucias, el equipazo campeón de la Copa América un año antes en Lima. Enrique Omar Sívori, el Bocha Maschio y Antonio Angelillo, tres figuras de aquellos carasucias, ya estaban jugando en Italia que, casualmente, no clasificó para esa copa en lo que se configuró como la última ausencia azzurra en mundiales. Hasta este año.

Sin embargo no nos faltaban jugadores, al fin y al cabo éramos el granero del mundo. Don Pedro Dellacha, Pipo Rossi, Osvaldo Cruz, Eliseo Mouriño, el nene Sanfilippo, Orestes Corbatta y un Angel Labruna ya veterano, entre otros, custodiados por el mejor arquero de la época en Argentina y tal vez en el mundo: Amadeo Carrizo. Si no salíamos campeones, les íbamos a pegar un susto bárbaro.

Fueron 24 años de sequía mundialista para Argentina y, llegado el momento, se sintieron: no hubo manera de sostener a Los Carasucias.

El menú no fue benigno, había que hacerse de abajo tras los faltazos mundialistas ya que ofenderse no es gratis. De entrada nos tocó la campeona Alemania. El plato principal fue Irlanda del Norte, debutante en mundiales. Y de postre, Checoslovaquia. Parecía liviano pero fue una bomba.

En serio parecía liviano. A los dos minutos de empezado nuestro mundial, Corbatta se escapaba por derecha como siempre y la clavaba arriba, al primer palo del arquero. Habían pasado veinticuatro años y dos minutos de aquella caída con un equipo amateur ante Suecia en 1934 y ya estábamos despachando al campeón. La sensación de “señores, volvió Argentina, agárrense” duró media hora. Rahn, el héroe de la final de Suiza ’54 la agarró de zurda desde afuera del área y metió un golazo que nos empezó a ubicar en nuestro lugar.

Sin orden táctico, arrogantes, convencidos de que estaríamos a la altura porque sí, nos comimos un 1-3 contra aquella Alemania, en lo que sería el primero de varios duelos mundialistas ante ese seleccionado del demonio. Después le ganamos a Irlanda del Norte y fue la dosis justa para llegar en un pico de soberbia al partido con Checoslovaquia. López Santiago, dirigente de AFA que había ido a espiar el partido entre checos y alemanes fue categórico al volver al hotel: “No hay problema, a éstos les ganamos caminando”, aseguró.

Y caminamos, sí. “El desastre de Suecia” se llamó. Fue un baile categórico, una paliza del orden a la improvisación, un 1-6 sin atenuantes plagado de horrores defensivos dignos de un equipo amateur y coronado por una pésima tarde de Carrizo. Un fracaso inapelable que desató una lluvia de críticas, de debates sobre el rumbo que debía tomar la dirigencia y, como si fuera poco, de monedas, que los diez mil hinchas que fueron a recibir al equipo lanzaron contra los jugadores, que debieron escapar directamente desde la pista para evitar a la multitud que esperaba en el hall del aeropuerto.

No conocíamos ni el color de las camisetas rivales. Veíamos a los checoslovacos y pensábamos que les íbamos a meter 14 goles. El siete de ellos era más grandote que Carrizo, parecía torpe y nos causaba risa. Nos hizo tres”, explicó Sanfilippo a Olé en el 2000, 42 años después de haber tenido que pagar -según sus dichos- los pasajes de vuelta de Suecia con 5.500 dólares que un amigo le había dado para comprar repuestos de relojería.

El trofeo, finalmente, fue verdeamarelo. Todo gracias a un pibito mineiro de 17 años, que jugaba en el Santos, se llamaba Edson, era conocido como Pelé y junto a Didí, Vavá, Garrincha y Zagalo exorcizaron los demonios que desde 1950 parecían haberse quedado a vivir en Brasil a la vez que se convertían en uno de los campeones más brillantes e indiscutibles que ha tenido la historia de los mundiales.

Los suecos, incluido el Rey Gustavo VI, aplaudieron de pie al equipo que los había vencido con un baile 5-2 en la final. La batucada recién comenzaba a sonar, y habrían más funciones por delante.