Malvinas y Alfonsín

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Mi padre decía que el problema de que Herminio Iglesias hubiera quemado un cajón en el acto de cierre del peronismo del 83 no era cómo les había caído a los que festejaban ahí, o a los peronistas en general, sino a los tipos que estaban viendo el acto en la televisión en la casa, tomando un whisky.

Faltaba poco para las elecciones y yo me imaginaba a todos esos señores en sus casas con livings confortables, pero lo que más imaginaba era el olor del whisky abierto por un poco de agua por sobre los dos hielos.

En la televisión del futuro setentoso con marco dorado de mi abuela Juana vi el acto transpirado de Alfonsín. A los siete años me parecía que había que mirar eso, quién era la mejor respuesta a la demanda social de salir de los militares.

Un año antes, en Malvinas, me quedé adentro en un recreo en la escuela Constancio C. Vigil en Pinamar. No tenía muchos amigos porque mis padres me pasaban un año a la privada y otro año a la pública. Y, supongo, porque me importaba más la política que ver desde afuera el vértigo de los partidos largos de bolita que iban de una punta a la otra del patio que tenía un arbol en el medio, que yo creo era un ceibo sin gracia.

En el aula me quedé leyendo una revista Billiken. Venía con una historieta de un piloto de avión Pucará que volaba al ras del mar para que no lo detecten los radares del barco inglés. El piloto era la versión casi de superhéroe de un militar con bigote, como todos. El piloto tenía nervios de acero y contaba en las viñetas lo que iba a hacer.

En el último segundo tomaba altura, volaba sobre el barco fino y largo inglés y le explotaba dos bombas que estallaban anaranjadas en cubiertas. Los ingleses corrían con cara de miedo y en caos, el avión levantaba vuelo vertical, el piloto decía algo así como “ahí te van los confites” y volaba.

La escuela tenía paredes gruesas y adentro estaba siempre húmedo. Adentro de la mochila mis libros tenían un olor también húmedo porque no los sacaba. Tampoco sacaba el cuaderno para anotar.

Pensé que el Gobierno quería que los chicos pensáramos que estábamos ganando la guerra. Supuse que eso era algo que -después me enteré- se llama propaganda, la comunicación que no tiene problemas con mentir porque la importancia del fin lo justifica.

También pensé que estábamos perdiendo la guerra, porque la historieta era sobre un solo piloto y sobre un solo avión, que nos mostraban el ejemplo bueno para no mostrarnos la derrota.

Después de clases, mi padre -que no vivia con mis hermanos y yo- nos llevaba al café Beagle a jugar al pool y a tomar el té con torta. Ahora soy un jugador decente de pool, hay que bajar la cadera para quedar alineado con la bola. El café Beagle tenía un piano eléctrico con teclas de plástico transparente de muchos colores y los chicos podían tocarlo siempre que usaran unos auriculares como de sesionista.

Yo prefería escuchar las coversaciones de los grandes. Los muchachos del bar se burlaban porque se había hecho una reunión del pueblo en el cine Bahía para hablar de la guerra. El miedo era que llegaran los barcos ingleses y tomaran el Puerto de Mar del Plata, a ciento veinte kilómetros de nosotros. Era la guerra y mi padre se burlaba de un boludo que decía que si venían los ingleses teníamos que huir a los médanos.