Macri como anfitrión, la carrera perdida y una doble trampa difícil de ignorar

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Su elocuente fracaso económico no impidió que Mauricio Macri haya sido hasta hoy el mejor interlocutor para las grandes potencias en el fin del mundo. Filosofía de mercado, combate ideológico contra el populismo y pedido de socorro al Fondo lo confirmaron como esperanza blanca en el patio de atrás. Sin embargo, el ciclo que tanto orgullo genera en Casa Rosada tiene las horas contadas. Con un balance organizativo que cierra a puro optimismo, Macri no sólo se despide de la presidencia del G20: es desplazado al mismo tiempo por un exponente más brutal, más coherente y más certero para los tiempos que corren. En paralelo al despliegue para albergar a una cumbre histórica que -no pocos analistas creen- salió mejor de lo esperado, el anfitrión más abnegado comenzó a perder en la carrera por complacer a su viejo amigo Donald Trump.

Mientras Macri ensaya un equilibrio imposible entre Estados Unidos y China, Jair Bolsonaro ya se definió por relaciones carnales y estratégicas con la administración republicana. Al argentino le queda un mes difícil como eje de las principales miradas en la región, con el riesgo país en ascenso, la demanda de dólares que no cede y la prueba caliente de superar diciembre, en medio del ajuste y la recesión. Ya el 1 de enero, cuando el ex militar de ultraderecha asuma el poder, se convertirá en el socio predilecto de Trump.

Bolsonaro comparte con Macri el rechazo militante a la Venezuela de Maduro, la estima por Israel -que incluye la mudanza de su embajada a Jerusalén- y la reverencia por el gigante del Norte. Pero no tiene medias tintas: se muestra decidido a jugar para frenar la presencia de China en la región.

Mientras Macri ensaya un equilibrio imposible entre Estados Unidos y China, Jair Bolsonaro ya se definió por relaciones carnales y estratégicas con la administración republicana.

La tensión geopolítica y un Mercosur declarado inservible por los presidentes de los dos países más importantes del bloque favorecen ese desplazamiento.

La empatía entre el brasileño y el norteamericano lleva a los especialistas a hablar del comienzo de una nueva era, un giro histórico en las relaciones diplomáticas después de casi dos décadas de un trato por demás distante y desconfiado. La invitación del halcón John Bolton para que Bolsonaro viaje a Washington y la visita del hijo del ex militar a Estados Unidos -con escala en el cumpleaños de Steve Bannon- afianzan un acercamiento que puede coronarse el primer día de 2019, si Trump vuelve al subcontinente para la asunción en Brasilia.

El regreso del magnate norteamericano en apenas 30 días sería la forma de compensar los movimientos que Bolsonaro y su gabinete de militares ya anuncian para complacerlo. Las nuevas versiones de los aviones Super Tucano, los avances en el diseño de un aparato tecnológico de escucha, vigilancia y detección y lo, más importante, el desarrollo de un submarino nuclear, que es visto como la respuesta al proyecto de Atucha III, que Macri ejecutará con China de este lado de la frontera.

El regreso del magnate norteamericano en apenas 30 días sería la forma de compensar los movimientos que Bolsonaro y su gabinete de militares ya anuncian para complacerlo.

El multilateralismo que propagandiza Cambiemos puede sonar bien pero tiene su talón de Aquiles a la vista: la extrema dependencia de Trump que exhibe el gobierno argentino. El blindaje de Christine Lagarde exige como contrapartida dosis crecientes de ajuste, ortodoxia y, sobre todo, alineamiento.

Macri se mueve como si fuera capaz de eludir la llamada trampa de Tucídides, hoy actualizada por un liderazgo ascendente de China, que amenaza los intereses de Estados Unidos en los terrenos económico, tecnológico, militar y diplomático. 400 años antes de Cristo, el general ateniense escribió en su historia de la guerra de Peloponeso sobre el choque inevitable que se da cuando una potencia mayor y establecida se ve desafiada por una potencia menor y en auge. La encrucijada sobre la que alertan los que temen a una confrontación mayor entre Trump y Xi Jinping es desestimada por el presidente argentino, que exhibe ahora como argumento la amable bilateral de Buenos Aires.

Signado por una buena estrella que le permitió llegar a lo más alto, el hijo de Franco cree que puede burlarse incluso de una trampa más complicada, la que él mismo generó durante sus días en el poder. Una deuda gigantesca que conspira contra el crecimiento y un ajuste de dimensiones inéditas que atenta contra su reelección. Ese doble condicionamiento permanecerá como una compañía ingrata para los argentinos, cuando las potencias del G20 vuelvan a replegarse sobre sus territorios, en busca de gobernar una crisis global que la cumbre en Buenos Aires no pretendía ni podía resolver.