Luces y progreso del Segundo Triunvirato

Triunfaban el progreso y las luces, las ideas que la Logia y la Sociedad habían mamado en la Europa ilustrada.
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Golpe de Estado mediante, con la Logia y la Sociedad Patriótica a la cabeza, nos amasamos un nuevo gobierno, el Segundo Triunvirato. Ya dijimos que se cuidaron de no poner a ningún militar en funciones porque para hacer estupideces la historia ya nos daría tiempo. Así que ahí eligieron a Paso, que ya venía inventariado, Rodríguez Peña y Alvarez Jonte.

Como todo gobierno que llega, se asienta prometiendo el oro, el moro y la expulsión de los moros, pero quedándose con las recetas de cocina de los moros. Lo cierto es que la Logia y la Sociedad Patriótica venían con ideas de avanzada y con pocas ganas de seguir careteando la sobrevida de Fernandito.

De paso, y para arrancar con el pie derecho, mandaron a arrestar y exiliar de Buenos Aires a Rivadavia. El pueblo siempre quiere una cabeza.

De lo que veníamos acostumbrados, este Triunvirato fue de lo más decoroso que nos podía tocar. Al inicio convocó a la Asamblea General Constituyente y Soberana de 1813. Sin ningún guiño a la coronita, con los pueblos representados y con los objetivos de definir una forma de gobierno y cómo las Provincias Unidas se presentarían ante el mundo. Mientras tanto, Fernandito seguía en el spa de Napoleón, ya había poco ánimo de seguir teniéndole la vela. Qué una cosa es la lealtad, y otra desperdiciar los mejores años de vida esperando. A todos nos habrá pasado alguna vez.

Asamblea General Constituyente y Soberana de 1813.

Y agarrate Catalina que allá vamos…

Hasta las buenas intenciones, a veces, sufren conspiraciones del destino.

Para el interior no era tan fácil mandar a sus representantes, los desaguisados que venimos viendo llevaron a varias de las provincias a situaciones de extrema pobreza, peleas intestinas y celos particulares, así que algunas no pudieron mandar a sus representantes y serían representadas por porteños con instrucciones. Pelito pa’la vieja.

Desde lo militar, el año había empezado bien, y eso alentaba al proceso político. San Martín había batido al enemigo en San Lorenzo. Por su parte, Belgrano había asegurado el norte en la batalla de Salta, recuperando el Alto Perú. Y ganar, ayuda, oigan.

Manuel Belgrano.

En tanto, la Asamblea quedó en medio de una escabechina con los diputados de la Banda Oriental que venían pasados dos pueblos de federalistas, así que bollo va, bollo viene, los orientales afuera. Salvo uno, porque siempre hay uno que tiene sus principios, pero los puede adaptar.

En cuanto al ejecutivo tripartito era dominado por la Logia Lautaro a través de dos de sus integrantes, Rodríguez Peña y Álvarez Jonte. Paso, que ya venía con un máster en formas de gobierno, era un tanto menos revolucionario y terminó afuera.

A Paso lo reemplazó José Pérez de Echalar, que venía con un currículum interesante. Fue embajador ante el Virrey Elío, con el que pactó el control realista de la Banda Oriental, cuando reunió a los orientales para darles la noticia casi lo matan, salvó el pellejo de milagro, apenas para ordenarle a Rondeau que levantara el sitio de Montevideo. También estuvo al frente del golpe que nombró al Primer Triunvirato del que fue secretario junto a Rivadavia.

Primer Triunvirato.

Además Pérez de Echalar participó de la represión de Álzaga pero, medio asqueado, renunció y apoyó el golpe de Estado. El mismo derivó en el Segundo Triunvirato y reemplazó a su amigo Paso, cuando este renunció por diferencias con la Logia. Apenas asumió, se incorporó a la Logia Lautaro, como uno más, qué va.

No se sorprendan con el final de la historia.

Con algunos otros cambios, la salida de Álvarez Jonte, el ingreso de Posadas, la salida de Pérez y el ingreso de Larrea, el Triunvirato fue gobernando con cosas para destacar. Entre ellas, la creación de la Escuela de Medicina, a cargo de Cosme Argerich, que sería un antecedente para la creación de la Universidad de Buenos Aires, le dio estatus de intendencias a Cuyo, San Luis y San Juan, y se inició la creación de la Armada.

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La Asamblea, por su lado, si bien no llegó a declarar la independencia ni a redactar la Constitución, afirmó la soberanía sin declaraciones explícitas, pero con hechos concretos. Por ejemplo, declaró el principio de la soberanía del pueblo, aprobó el Escudo Nacional, encargó la composición del Himno Nacional y autorizó el uso de la escarapela.

La escarapela argentina.

También abolió los signos de dependencia política con España, como su Escudo de Armas en los documentos públicos, acuñó la primera moneda nacional, dictó la libertad de vientres, eliminó los títulos de nobleza, derogó la mita, el yaconazgo y la encomienda, dictó la libertad de imprenta y de cultos, suprimió la tortura –con quema pública de sus instrumentos, vaya show– y amnistió a los exiliados por causas políticas en plan de unidad nacional.

Por fin teníamos un gobierno medianamente organizado y con alguna idea que no fuera ni chicha ni limonada.

Triunfaban el progreso y las luces, las ideas que la Logia y la Sociedad habían mamado en la Europa ilustrada, mucho más evolucionada que la España sumida en la penumbra de ministros oscuros y curas influyentes.

En el tintero quedaron los intentos constitucionales, unitarios y republicanos, pero estaba verde la muchachada para tanto. Cuarenta años verde.

El que andaba medio disgustado era el tal Carlos Antonio del Santo Ángel Guardián de Alvear y Balbastro. Con tanto rollo que le abría el juego al interior – un misionero que representaba a Corrientes, pero que ya se sentía más porteño que el Tortoni – amenazando los intereses de Buenos Aires y un poco asustado por el crecimiento de los jefes que iban apareciendo en las ciudades del interior. Tenía sus motivos.

Alvear.

Encima a Belgrano lo derrotan en Vilcapugio y en Ayohuma. Dos derrotas en un mes y medio, sacatécnico. Napoleón patinaba en Europa y la vuelta de su Majestad al trono hacía pensar una expedición militar de recuperación. Una vez más todo se iba al demonio.

Ni lerdo ni perezoso, Alvear aprovechó el susto y mandó a que la Asamblea, con la ayuda de Pérez de Echalar, disolviera el Triunvirato por algo unipersonal. Todavía no lo habían explorado. Así se creó el Directorio Supremo del Río de la Plata, con un Director Supremo, Gervasio Posadas, tío de Alvear que, prefería mirar de afuera, a la caza de prestigio militar.

Y hubo grieta en la Logia entre San Martín y Alvear. Este último estaba a punto caramelo y lo mandó al Padre de la Patria de excursión al Ejército del Norte. Y se viene la guerra de la independencia, con los de afuera, y los de adentro también.