Los premios que el Gaming necesita, no los que se merece

Aciertos y errores de una noche de festejo para toda la industria.
El Canciller - Comentarios

Los videojuegos no tienen un equivalente a los Oscars. No tienen Emmys, Grammys ni Globos de Oro. Ni siquiera un Martín Fierro. Durante muchos años, esta forma de arte y de entretenimiento se tuvo que consolar con una pseudo celebración organizada por la cadena televisiva “Spike TV” donde estrellas de Hollywood como Jessica Alba presentaban por primera vez juegos como Dark Souls 2.

Pero el mundo cambió. Los videojuegos ya no son de nicho: son una industria que genera tanto o más dinero que el cine y la música. Los esports reparten cientos de millones de dólares al año en premios y hasta clubes deportivos tradicionales comienzan a echar un ojo en esta mina de oro. Son un arte cada vez más aceptado, valorado y respetado a nivel mundial. Pero todavía falta mucho y premios como The Game Awards son un pequeño granito de arena para lograr esa legitimidad a nivel social tan deseada; incluso con todas sus falencias.

Estos premios son organizados principalmente por Geoff Keighley, un periodista canadiense que lleva décadas en la industria y que, lamentablemente, es más recordado por hacer acciones publicitarias en conjunto con snacks, gaseosas y Halo que por su verdadera capacidad de análisis. Geoff se desprendió de Spike y desde 2014 que organiza The Game Awards. Cada entrega tuvo lo suyo, sus aciertos y errores. Pero cada año se evidenció una real intención de celebrar aquello que realmente importa: los juegos y sus desarrolladores.

Los videojuegos ya no son de nicho: son una industria que genera tanto o más dinero que el cine y la música

En cada edición se presentaron trailers de próximos lanzamientos, se le dio espacio a juegos independientes para que muestren de qué son capaces y se celebró a desarrolladores y desarrolladoras que hicieron grande a la industria. Primero fueron homenajeados Ken y Roberta Williams, responsables de las clásicas aventuras gráficas de Sierra; luego la gente de Westwood Studios (creadores de Command And Conquer); en 2016 fue el turno de Hideo Kojima (creador de Metal Gear) y en la edición de la semana pasada fue reconocida Carol Shaw, quien fue una de las desarrolladoras más importantes en el esplendor de la Atari 2600.

Los Game Awards están constantemente al borde de la cornisa y tratan de ubicarse lo mejor posible entre un espectáculo divertido, atractivo para el espectador más casual y una entrega de premios con cierta credibilidad. Quizás 2017 fue el año en el que encontraron un mejor balance, con una orquesta en vivo interpretando los temas de los juegos candidatos a llevarse el mayor galardón, varios anuncios importantes como Bayonetta 3 y Soul Calibur 6, algo de esports, el reconocimiento a títulos independientes como Hellblade y pocos momentos vergonzosos. Sin embargo creo que deben trabajar bastante en darle un espacio más importante a los premios en sí. Muchas categorías eran anunciadas sin que nadie subiera al escenario, lo cual resulta una falta de respeto para los ganadores y para los muchísimos medios internacionales que pusieron su voto. Lo que debería ser el centro de esta gala, queda relegado a un segundo plano y es un poco tapado por anuncios y presentaciones con bombos y platillos. Por suerte sí hicieron justicia con Nintendo y el tremendo 2017 que tuvo, otorgando el premio a mejor juego del año a The Legend Of Zelda Breath Of The Wild.

Los Game Awards están al borde de la cornisa y tratan de ubicarse lo mejor posible entre un espectáculo divertido

Sin embargo, lo más relevante de estos Game Awards no fueron premios ni trailers. Fue el hecho de que muchas personas que recibían premios o tenían un micrófono adelante, decidieron hablar de los “elefantes en la sala”; de aquellos tópicos que están envenenando la industria de los videojuegos y que en 2017 llegaron a un punto crítico. Primero fue Zachary Levi (actor protagonista de la próxima Shazam de DC) quien a la hora de entregar un premio tiró un palo por elevación a prácticamente todos diciendo “para abrir este sobre necesito pagar una microtransacción” (en referencia al abuso de muchas compañías con esa práctica). Luego fue el turno de Bethesda (uno de los publicadores de juegos más importantes del mundo) que hicieron un video titulado “Salvemos a los juegos para un jugador”, en donde defendieron la necesidad de seguir contando historias lineales y experiencias que no sólo sean de mundo abierto y multijugador. Incluso subió uno de los responsables de Fortnite, uno de los títulos más jugados del momento, y dejó en claro el pedido de la gente de poder jugar online entre distintas plataformas, es decir, que usuarios de PlayStation pueden jugar con gente de Xbox en una misma partida.

Pero el momento más bizarro de la noche lo tuvo Josef Fares. Él es un desarrollador muy pasional quien supo dirigir varias películas y ahora se volcó al mundo de los videojuegos. Actualmente está presentando lo que será su próximo juego llamado “A Way Out”, una experiencia que sólo se podrá jugar de manera cooperativa y que nos cuenta la historia de dos delincuentes que escapan de una prisión. A la hora de mostrar un nuevo trailer del juego, agarró el micrófono y aprovechó para criticar a otras premiaciones al grito de “FUCK THE OSCARS” (cuya traducción es bastante obvia). Fue un momento bastante incómodo, unos varios minutos en los que expresó su felicidad por una entrega de premios así y habló de cómo los videojuegos transmiten mucho más que el cine. Geoff Keighley no sabía cómo sacárselo de encima pero finalmente lo logró.

Sin embargo, algo que el conductor y organizador de los Game Awards no apreció en ese momento, es que la reacción de Joseph Fares es un espejo de lo que son estos premios: un evento con buenas intenciones pero que está en pleno desarrollo y a veces no sabe transmitir sus ideas. No está bien decir “que se pudran los Oscars” pero es un poco lo que quizás la industria debería intentar hacer. Los videojuegos son un arte y deben ser tomados con la misma seriedad del cine, pero al mismo tiempo tienen su propia identidad. Por eso los Game Awards son los premios que necesitamos y no los que merecemos. Son una fiesta con la suficiente cuota de espectáculo y color como para que cualquiera pueda verlos, pero con momentos de profundo respeto y de reconocimiento por la industria. Hay mucho lugar para mejorar, pero definitivamente podríamos ir por peor camino…