Los lobatos de Wall Street: crónica de otro día de inversiones frustradas

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En el Foro Argentino de Inversores no falta comida. Ni pesimismo. El evento, que se realizó hoy en el edificio de la Cancillería Argentina, nuclea a funcionarios del sector público del país, empresarios, directores de fondos de inversión, expertos en asesoramiento para inversiones de capital y un montón de otras personas que se sienten a gusto con un traje. Concurren en proporción doce hombres cada tres mujeres, y la vestimenta de los primeros se divide en tres: los de trajes oscuros baratos, los de trajes oscuros caros y los que ya tienen tantos millones y cierta edad que ya se permiten usar un saco beige con un jean.

Al no haber lugar para apoyar un teclado portátil,  me veo obligado a sacar el único libro que traje en la mochila y que no puede ser más desafortunado para la ocasión: Los dueños del futuro, de Hernán Vanoli y Alejandro Galliano.

La mayoría de los expositores habla un lenguaje ambiguo. Las oraciones son en español pero los sustantivos muchas veces son en inglés: business, prívate equity, investment, perfomance, managment, risk. Es muy probable que la mayoría de las exposiciones aburran a cualquiera que no forma parte de estos grupos selectos del capital financiero. Pero, y más al ver las caras en el auditorio, es igual de probable que las exposiciones incluso aburran a los mismos hombres de la City. Gran parte de las miradas están situadas en los celulares que mantienen por debajo del asiento delantero, que suele ser un iPhone 8 sin funda.

Después de un breve desayuno que incluyó café, jugos exprimidos, medialunas y distintas masas dulces, los invitados pasaron a sentarse en un auditorio con capacidad para unas 220 personas sentadas. Los primeros oradores fueron dos funcionarios del Gobierno: el secretario de Emprendedores y PyMEs, Mariano Mayer, y del secretario de Relaciones Económicas Internacionales, Horacio Reyser. El tándem expuso los “grandes avances” del Poder Ejecutivo en materia impositiva, de destrabamiento burocrático, de empuje exportador a las empresas y de fortalecimiento del sector privado.

Al escucharlos, los espectadores se miran con descreimiento entre ellos. “Acá nadie se va a levantar a gritarles que están mintiendo. Nosotros sabemos que tienen que decir eso y ellos saben, porque muchos de ellos trabajaban con nosotros, que todo lo que están diciendo es mentira”, explica un empresario dedicado a los agronegocios con el que este periodista tuvo diálogo en uno de las tantas pausas para comer scones.

“Ellos (los funcionarios) saben, porque muchos de ellos trabajaban con nosotros, que todo lo que están diciendo es mentira”

Para las doce del mediodía, unos 15 oradores ya pasaron por el escenario, todos ellos hombres directores y CEOs de grupos de capital. El más resonante de ellos es el dueño de Consultatio S.A., Eduardo Costantini, que más allá de pedir que se bajen impuestos y de hablar sobre sus nuevos proyectos inmobiliarios -la mayoría de ellos a través de la compra de terrenos al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires-, evaluó con pesimismo la realidad del país, al igual que el resto del panel que lo acompañaba.

Todos los oradores hablan de sus experiencias en el gerenciamiento de fondos de inversión y de cómo ven el escenario argentino para futuras inversiones. Nadie escucha con atención. Uno a uno se suceden y parecen tener una sola cosa para decir, que en realidad es un pedido: la “necesaria” reforma laboral que “aumente la productividad de los trabajadores”. Ante mi pregunta, un empresario dedicado al manejo de capital privado define al evento como “una semilla en las piedras“. “Esto no sirve para nada. Acá nadie piensa ni hace ningún negocio. Esto es solamente para empezar a conocernos las caras. Para hacer contactos¨, explica. Por suerte para todos, -y si de algo ha servido la brutal especialización de los que organizan estos eventos es para esto-, al finalizar cada panel se lleva adelante un Coffee Break, en el que se escuchan las cosas más interesantes de la jornada.

En esas charlas de las pausas, se sintonizan conversaciones en las que se invocan a los padres -la gran mayoría de los presentes son, justamente, herederos-, o se deslizan los contactos de con quiénes hablar para tal o cual tema. Escucho a dos hombres hablan de negocios. La discusión gira en torno al plazo de cobro de los cheques que reciben. Uno cuenta que perdió toda la plata de su última inversión -unos 40 mil dólares- y que por ahora se dedicará a la compra y venta de acciones. “Yo no podría, a mí me gustan los fierros“, le responde Pablo -según la insignia que lleva al pecho-, al parecer haciendo referencia a empresas industriales y no a los virtuales papeles del Merval. Le cuenta también que con “no se habla más” con su papá, porque lo cagó con un negocio en el que les estaba yendo realmente bien. “Imagínate que hasta teníamos todo en blanco”, enfatiza.

Muchos de los asistentes se dedican a la aceleración de negocios de tecnología, agroindustriales, energías o de otros rubros. Se trata de grupos que ven startups o micro emprendimientos, los ayudan a evitar burocracias y los ponen en contacto con inversores. Según me explica el director de una aceleradora agroindustrial, se busca que el crecimiento de una empresa equilibre y supere las pérdidas de 20 promesas fallidas. Aunque no lo dijo, parecía un personaje mucho más cercano al lobbista de Rodrigo de la Serna que al de un empresario a lo Hugo Sigman.

Aunque aún quedan varias horas de debate y exposiciones, la cantidad de asientos ocupados cae en picada y se acentúa aún más después del almuerzo en el Palacio San Martín, del que muchos se retiraron a hurtadillas pero luego de ingerir varios sánguches y otros bocados con una impresionante velocidad, respirando pesimismo y comiendo harinas, listos para volver a la City, con nuevas caras conocidas y contactos registrados en la agenda del Iphone.