Los leales

El Canciller - Comentarios

Cada vez que nos metemos en estas columnas el país se está yendo al carajo. Pero para contextualizar el especial de hoy, diremos que lo que acababa de irse al carajo era el mismísimo mundo. Estamos en 1945 y los fiambres orillaban los cincuenta millones, a Japón le desaparecieron del inventario un par de ciudades en nombre de la libertad y al mapa se lo dividían al pan y queso.

Y acá también la cosa se nos iba a tomar por saco. Siempre creativos para las soluciones habíamos encontrado la forma de terminar con la década infame y el fraude patriótico: un golpe militar.

No nos vamos a meter con eso ahora porque, si el todopoderoso quiere y su personal de tierra, o sea, los CEOs de esta página también, ya llegaremos oportunamente. Así que vamos al ’45, a la pelotera, el despido, el retiro, la prisión y el regreso con gloria del Coronel Juan Domingo Perón.

Para octubre de 1945 Perón era el hombre más importante del gobierno de facto de Edelmiro Farrell. Su tarjeta de presentación era una hoja A4. Vicepresidente, Ministro de Guerra y Secretario de Trabajo y Previsión. El orden de importancia era inverso. Vicepresidente, pero sin campanita, como ministro de guerra tenía que administrar a las fuerzas armadas que, como todos sabemos, en este tipo de gobiernos resuelven las elecciones en el casino de oficiales y como secretario de trabajo había encontrado la veta, ser mucho más que un ente estatal regulador de las relaciones entre los patrones y los trabajadores, sino un aliado de estos. Y desde ahí, teje que te teje.

Absorbió los entes dispersos, escuchó personalmente a los trabajadores y los alentó a formar sindicatos paralelos cuando los suyos no respondían. El combo incluyó firma de convenios, vacaciones pagas, el estatuto del peón de campo y los tribunales de trabajo, cosa que venía a proteger jurídicamente al obrero.

Pero no todo andaba sobre rieles, y la oposición venía oliendo sangre. Así que al grito del fascismo cayó en el mundo, que caiga también en argentina convocan a la marcha “de la Constitución y la Libertad”, lo de siempre. Con el apoyo de los medios como La Nación y un joven Clarín exigían al gobierno de facto que entregara el mando a la Corte Suprema.

Farrell, tratando de salvar la ropa, le encargó al Procurador General, Juan Alvarez, que armara un gabinete. Una especie de salida elegante antes de entregar el poder a la Corte y quedar con cara de boludo, consensuada con el radical Sabattini para un proceso de transición hasta las elecciones, ya inevitables.

Y como todo se iba a la mierda, optaron por la salida por arriba. Echar a Perón. Por Evita, porque muchos derechos laborales y porque le quería caer con todo a la Alemania desguasada. Le pidieron la renuncia a los tres cargos y chau picho. Todo ocurrió durante una asonada en Campo de Mayo donde su adversario fue el general Avalos, desde ahí, nuevo Ministro de Guerra.

El Coronel decide irse al delta, a la casa de un amigo, pero, previo, da un discurso ante un grupo de trabajadores en la puerta de la Secretaría de Trabajo, les pide que confíen en si mismos y que “venceremos, en un año o en diez, pero venceremos”.

Para hacerla corta, lo fueron a buscar, lo encontraron, lo subieron a una cañonera y lo mandaron a la isla Martín García, ese cúmulo de tierra que hace buen pan dulce y es nuestra única frontera terrestre con Uruguay.

Le dieron una de las casitas del lugar, un par de centinelas y el servicio adecuado. El mayor lujo era que cuando llovía el agua entraba por las ventanas. Pero el coronel seguía los sucesos por radio. Desde allí escribió un par de cartas. Al presidente pidiéndole que aclarara su situación, porque la radio decía que no estaba preso, cosa que no le parecía exacta. Al ministro de guerra sobre la pésima asistencia médica. Y a Evita, para decirle que volvía, pedía el retiro, se casaban y se iban a la mierda. También le escribió a Mercante, entre otras cosas, pidiéndole que cuidara a Eva, que tenía los nervios destrozados.

Pero acá la cosa está podrida. Mientras el gobierno les decía a los trabajadores que sus conquistas se mantenían, en el pago de la quincena se les descontaba el 12 de octubre, feriado. Mamadera. Quejas, gritos, bardo y “andá a reclamarle a Perón”. Con este paisaje, la CGT, en una votación dividida, llama a una huelga general para el 18.

Pero, mientras esperaban los tiempos de la CGT, los obreros se cansaron de esperar y la mañana del 17, en forma espontánea, decidieron abandonar sus lugares de trabajo y mandarse a la Plaza de Mayo. El movimiento empezó en la Boca, Ensenada, La Plata y Berisso. Y empezaron a juntar más gente por el camino. En principio les subieron el puente del Riachuelo, así que algunos cruzaron a la capital nadando, en botes o improvisando balsas. Hasta que eran muchos y la policía, que terminó apañando el movimiento, bajó el puente y pasó la masa.

El rumor era que a Perón lo iban a pasar por las armas, así que el grito era “dónde está Perón”, la gente quería verlo. Y así, la Plaza de Mayo se colmó cientos de miles de manifestantes, como nunca antes, seguramente. De la futura liturgia se ocuparon el calor, que obligó a sacarse las camisas, y el peregrinaje, que arruinó los pies que se aliviaron en las fuentes de la plaza.

La orden de reprimir que da el jefe de la marina se encontró con una respuesta insólita para los usos y costumbres, que fuera por escrito. Mientras tanto, y en una lancha en dudoso estado, Perón es llevado al Hospital Militar. Pero la gente no se iba, los manifestantes querían ver a Perón ahí, sano y salvo.

El horizonte estaba negro para el gobierno que decidió, entonces, negociar. Y mandaron a Avalos, a comerciar al hospital. Volvió esquilado, ya sin ministerio, con Perón sin cargos pero candidato a presidente.

Pero la gente no se iba. Así que hubo que darles lo que querían. Cerca de las 22 asomó al balcón de la rosada Juan Domingo Perón, y casi se cae de culo. Para acomodarse un poco pidió que cantaran el himno, y acto seguido arrancó con un “trabajadores…” y esquivó el bulto de contar lo que había pasado, con la excusa de quedarse con esta muestra popular y no con los malos recuerdos. Una especie de “me quiero salir y me vuelven a meter”.

Terminó pidiendo que al día siguiente se hiciera el paro, que era “San Perón”, que se fueran en paz, sin disturbios y que cuidaran a sus mujeres, pero que quería contemplarlos un rato más, para sacarse la tristeza. Cuando se retiraba de Balcarce 50 se habrá cruzado con el Procurador Alvarez que traía en una hojita su propuesta de gabinete para el presidente.

Sin darse cuenta, esa muestra de lealtad de los trabajadores hacia un líder que los había organizado y politizado en un contexto donde la industrialización había crecido durante la guerra ya fuera para exportara los vecinos o para sustituir importaciones, reconociendo ya a la clase obrera como un actor esencial en la política argentina, catapultó a Perón como la figura política más influyente de los próximos 30 años, dio nacimiento al movimiento que sería central en la vida argentina por los siguientes 75 años y también, porque acá siempre nacen mellizos, parió al antiperonismo.

Pero de todo eso ya nos vamos a ocupar, y no nos vamos a aburrir.