La eterna conspiración inmigrante

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Hace unos días recibí un gran regalo para el Día del Padre: la biografía de Alberto Gerchunoff, escrita por Mónica Szurmuk. “En uno de los tantos barcos que arribaron a las costas argentinas a fines del siglo XIX, llegó Abraham ben Gershon Gerchunoff a Buenos Aires. Tenía siete años y era el menor de una familia que procedía de la Zona de Residencia del Imperio ruso y que hablaba ídish”, escribe la autora en el prólogo.

Gerchunoff nació en un shtetl de Ucrania, en el que los judíos se habían asentado hacía más de un siglo sin por eso lograr ser ciudadanos de un imperio que sólo los toleraba. Además de las persecuciones que padecían con precisión de cosaco, los judíos tenían restricciones legales que desconocían quiénes habían tomado la precaución de nacer cristianos.

Abraham ben Gershon Gerchunoff, que a los 7 años no hablaba español y desconocía nuestro país, se convirtió en un periodista brillante y un escritor popular a partir de la publicación de Los gauchos judíos. Escribió durante casi toda su vida en La Nación, el mismo diario que a fines del siglo XIX alertaba sobre las políticas migratorias que justamente alentaron la llegada de la familia Gerchunoff: “Pueden venir aquí los israelitas espontáneamente, pero intervenir el gobierno para atraerlos oficial y artificialmente, nos parece un error muy evidente”.

Abraham ben Gershon Gerchunoff escribió durante casi toda su vida en La Nación, el mismo diario que a fines del siglo XIX alertaba sobre las políticas migratorias que justamente alentaron la llegada de la familia Gerchunoff.

Aquella vieja letanía de la inmigración como peligro volvió con fuerza en estos últimos años. Ya no se trata de judíos de Ucrania, gallegos de Orense o italianos de Calabria sino de bolivianos, paraguayos y colombianos. Los peligros que enuncia un sólido pensamiento abichado son de todo tipo, desde charters de mujeres embarazadas que desde los países limítrofes colapsarían nuestras maternidades (y que podrían cruzarse en un futuro con otros charters de mujeres embarazadas que vendrían a abortar), hasta peligrosos vendedores de chipás, manteros, mozos o estudiantes extranjeros que abusan de la gratuidad de nuestras universidades públicas (abuso que nuestro periodismo serio suele argumentar con cifras tan indignantes como falsas).

En ese pensamiento abichado resuenan otros, anteriores, como el de la Liga Patriótica que a principios del siglo XX buscaba “aplastar la conspiración judeo-maximalista”, o el de Miguel Cané, autor de la penosa Juvenilia y de la siniestra Ley de Residencia, que otorgaba una gran discrecionalidad al gobierno para echar extranjeros “indeseables”, es decir, anarquistas o socialistas.

Aquella vieja letanía de la inmigración como peligro volvió con fuerza en estos últimos años. Ya no se trata de judíos de Ucrania, gallegos de Orense o italianos de Calabria, sino de bolivianos, paraguayos y colombianos.

Podemos prever que así como el pensamiento abichado de su época no impidió que el joven Abraham ben Gershon Gerchunoff fuera tan argentino como Miguel Cané y gozara de los mismos derechos (de hecho, Gerchunoff no dudó en titular la necrológica de Cané: “¡Al fin solos!”), el pensamiento abichado de hoy no impedirá que los hijos de los actuales invasores gocen de los mismos derechos de sus detractores.

Al fin y al cabo, que el nieto de un sastre polaco o de un campesino gallego denuncie a los paraguayos y bolivianos con las mismas letanías reaccionarias que usaban Cané o la Liga Patriótica contra sus abuelos tal vez sea un buen ejemplo de asimilación exitosa.