La Argentina y el principio de una guerra comercial

El Canciller - Comentarios

Las últimas semanas fueron moviditas para el mercado financiero local, que se lo pasó bailando al compás de los problemas internos y los conflictos geopolíticos globales.

El Merval, que pareció picar en punta en diciembre y enero, tuvo un febrero complicado. Lo de complicado, aclaro, dentro de lo esperable. Porque en diciembre y enero el mercado “se pasó de rosca” y alcanzó máximos históricos. Hasta que febrero le dio un cachetazo de realidad y lo devolvió a niveles más acordes con la tendencia alcista de mediano plazo que venía proyectando. La semana pasada la terminó dentro del rango esperable. Esta semana puede ser buena si no hay ningún quiebre que corra al Merval de su tendencia.

Pero a los indicadores macro locales que obligaron al mercado a revisar su portafolio de activos por la dinámica del dólar y la inflación que no cede, se le sumaron factores externos que pegaron globalmente y de los que Argentina tampoco se salvó.

Porque el dólar tuvo un comportamiento alcista que obliga a los inversores a evaluar sus carteras y ver en qué activos deciden pararse. Por ejemplo, las Lebacs, tan de moda en los últimos tiempos pasan a ser menos atractivas si la depreciación esperada es mayor y la tasa se mantiene, porque generan menos retornos en dólares. Y así como con las Lebacs, el mismo análisis hacen para otros activos: bonos en pesos, acciones locales, etc.

Especialmente las acciones, que venían del carnaval carioca de diciembre y enero, tuvieron un febrero duro. A un rally alcista prolongado, con acciones que ya empezaban a dejar de ser tan atractivas si se comparaba el precio de la acción en el mercado con el valor real de mercado de las firmas, siguió el ajuste, que llevo al Merval a perder alrededor de 10% (en pesos) en poco menos de dos meses. Shit happens. Pero nada que no pueda mitigar un inversor que protege su cartera adecuadamente.

Por otro lado, la inflación de febrero de 2.4% y las expectativas para marzo en la misma línea indican que el problema está lejos de dominarse. El contexto: un déficit fiscal y un déficit comercial que apenas disminuyen; capitales que lejos de entrar salen; una deuda externa en aumento que no se licúa a través de crecimientos del PBI esperados; y un país que espera que una sequía le pegue en alrededor de 1 punto porcentual del PBI. No es chiste ni voy a ser irónico: Somalía está igual que nosotros. Una sequía la puede hacer crecer 1% menos de lo esperado. Es decir, somos una economía básicamente agrícola sometida a factores climáticos y dependiente de pocos productos, comoditizados, cuyas fuertes fluctuaciones de precios pegan tremendamente en el PBI. Igual que Somalía.

Para peor (y acá empiezan a entrar los golpes desde afuera) la Reserva Federal de USA aumenta la tasa de interés que fija el precio de todas las tasas de interés de todo el mundo. Y promete seguir haciéndolo. Esto indica dos cosas: en lo micro, el inversor pierde interés en los activos locales; en lo macro, para Argentina, endeudarse afuera va a empezar a ser más caro.

Para colmo, a Donald se le ocurre aumentar las tarifas a las importaciones del motor del mundo. Resultado: Guerra Comercial latente y los mercados que prefieren jugar a lo seguro. Caen los mercados del mundo y Argentina no es la excepción.

Un mundo en permanente turbulencia. Una Argentina que no se termina de acomodar, “with all odds against us…”, que necesita financiar un déficit que decidió atacar gradualmente para evitar sangrías sociales, que en esa necesidad de financiamiento se expuso fuertemente a una coyuntura internacional que antes nos pasaba medio por el costado, no está en condiciones de soportar que no haya “ni una semana tranquila”.