Koko Bao Bar, una historia de amor y baos

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Las historias de amor son lindas por default, pero si están relacionadas con comida, compiten por un Oscar. Denise y Mateo son los protagonistas de Koko Bao Bar, una película que si tuviese un trailer, sonaría algo así (es menester leer con voz de locutor):

Este año una aventura gastronómica conquistará tu corazón. Una pareja. Muchas preguntas. Y un concurso que cambiará sus vidas para siempre. Koko Bao Bar, una historia de amor y baos. Sólo en cines.

Quien no tuvo ganas de largar todo y poner en jaque a la rutina, que arroje la primera piedra. El mundo se divide entre los que tiran la piedra y los que no se quedan con las ganas. Denise y Mateo forman parte de este selecto grupo. Selecto porque son pocos los valientes que van en contra de la marea y largan sus trabajos para lanzarse a un mar de dudas comandados por el corazón.

Todo empezó en un viaje por el Sudeste asiático que duró alrededor de un mes y medio. ‘Cuando volvimos no encontramos una comida que nos llevara a ese lugar’’, cuenta Mateo, que al igual que Denise, no tenía experiencia en el rubro gastronómico profesional. ‘‘Eramos aficionados de la cocina, con mucho amor por la comida’’, confiesa Denise, que antes trabajaba como publicista, al igual que Ary, la tercera pata de Koko, que lejos está de ser un tercero en discordia (ya dije que esta es una historia de amor donde el desenlace es feliz y no hay ningún nudo conflictivo, así que sorry not sorry).

‘‘Mateo trabajaba en una editorial, nada que ver, y los dos estábamos cansados de la rutina y con ganas de largar todo’’, dice casi sacando pecho Denise. Y sí, cuántos proyectos habrán quedado truncos por la parálisis del temor…

Koko fue una idea que germinó inconscientemente en ese viaje y floreció gracias a PotenciateGastronómico, un concurso organizado por el Gobierno de la Ciudad ‘‘para promover el desarrollo de proyectos gastronómicos creativos e innovadores’’. Los chicos se presentaron en la edición del año pasado y resultaron ganadores. Una grata sorpresa, tanto para ellos como para los futuros comensales.

‘‘Fue muy lindo que personas del jurado, como Pablo Massey y Juliana Lo´pez May, te den esa confianza como para seguir adelante’’, cuenta Denise, que esta vez refleja su orgullo por los lagrimales y no por el pecho.

Es vox populi que el mundo gastronómico no es sencillo. Muchos hablan de una dedicación absoluta, de 24×7, pero ellos son más fuertes que el Olimpo y no le temen: ‘‘Es cierto que es complejo, pero tratamos de rotar y alejarnos un poco para poder mirar desde otra perspectiva, porque si estás muy adentro, no ves tus errores’’, asegura Denise. Pareciera una conclusión de años en el rubro, pero Koko no lleva ni seis meses de vida.

‘Nos centramos en entender todo el proceso, desde los proveedores hasta la cocina’’, agrega Mateo, que sueña con un Kokito a futuro, pero sin correr: ‘‘Nos gusta que el local sea chico para no complejizarlo y que sea fácilmente manejable, no sólo por los platos, sino por todo’’, explica. “Fácilmente manejable”, como la app de PedidosYa para pedir algo de Koko desde el sillón de tu casa.

La carta y los precios siguen ese espíritu y pueden leerse en una pizarra: desde baos de todos los colores (panceta, bondiola, pollo frito, roast beef, falafel) hasta fresh spring rolls (una especie de niños envueltos pero en alga de arroz que adentro pueden tener langostinos, remolacha y espinaca por ejemplo), pasando por langostinos con arroz, jengibre, lima, cilantro y amor… El ingrediente no tan secreto de esta historia que ojalá motive a más de uno a tirar la piedra, al menos para hacer sapito, pero tirarla al fin.