Italia pero en casa: de una cantina casera a un restaurante bien palermitano

Cuatro lugares para viajar a Italia sin pasaporte: desde un bodegón donde la dueña amasa en vivo y en directo, hasta una más moderna, pero sin perder la esencia italiana.
El Canciller - Comentarios

El argentino tiene esa presión social de ser carnívoro, de responder siempre asado o milanesa ante la pregunta del millón: “¿Cuál es tu comida favorita?”… Sin embargo algunos olvidan la descendencia tana y esas costumbres que arraigamos de ellos y estamos orgullosos: la familia, la gesticulación, los gritos, la pasión. Por eso aquí les dejamos cuatro lugares para homenajear nuestra descendencia y su mejor costumbre: la pasta (y no la del Tano).

Doña

En la esquina de Bulnes y Humahuaca se esconde el secreto mejor guardado de Almagro, así que sepan con quién compartirlo.

Doña enamora con cada plato (incluso la panera), pero las pastas son su fuerte. Amasadas en el momento, Doña no negocia el tiempo: el que sabe comer, sabe esperar. La frescura de la pasta tiene su precio, así que al que le gusta el durazno…

Otra cosa rica, además de toda la carta, es el precio. Locales reconocidos te arrancan la cabeza y no le duran ni un round a la Doña del barrio de Almagro.

Pierino

El esposo de Doña. Ambos viven en Almagro, sólo que en casas separadas. La cantina del señor Pierino, ubicada en Lavalle y Billinghurst, es el estereotipo de cantina, con banderines en el techo y fotos colgadas en la pared.

La carta es pura y exclusivamente de pastas: seca, rellena, casera y con variedad de salsas. Todo bien abundante, nada de palabrerío gourmet. Eso sí, en los precios se asemeja más a Palermo que a su barrio (una de cal y una de arena).

La Alacena

La amante de Pierino, la tercera en discordia, la culpable de que Pierino tenga precios palermitanos (?). Decimos este chiste por su ubicación, Honduras y Gascón, un casi límite entre Almagro y Palermo, la culminación del cordón de la mejor cocina italiana de la Ciudad.

La Alacena tiene una carta digna de ser probada de pe a pa. Absolutamente todo es delicioso, desde el risotto hasta los ñoquis, pasando por las albóndigas y los sánguches. Las porciones no son abundantes, cosa que el precio sí, pero vale la pena totalmente.

El ambiente es súper agradable e instagrameable (?) y además podés pasar por su panadería (pegada al local) y llevarte sus productos. Puntito inteligente.

Ah, ojo al piojo que sólo abre de día 🙁

La cantina de Don Chicho

La representación exagerada de la familia tana está en Plaza y Álvarez Thomas. Desde afuera se pueden escuchar los gritos y antes se podía ver a la nonna amasar los fideos en la mesa (lamentamos la muerte de Coty el pasado 4 de agosto). La cantina de Don Chicho es un verdadero negocio familiar, con más de cuatro generaciones a cuestas (y contando). Basta ver las fotos de las paredes para reconocer que los niños del negocio ya no son tan niños.

El menú no es extenso, pero los platos son un exceso. Imposible quedarte con hambre con sus porciones generosas.Las entradas podés verlas en el mostrador: porotos, garbanzos, berenjenas al escabeche, lengua, calamares, morones, aceitunas y más. Con respecto a los platos, lo tradicional: fucciles al fierrito, cintas, ravioles, sorrentinos y estamos. Lo mismo para las salsas: tuco, pesto, scarparo, crema y salsa rosa.

Nada de innovar. Desde 1922 está en Villa Ortúzar para demostrar que lo importante es lo de adentro. Acá no hay espacio para la superficialidad, la decoración y mesas lindas, acá hay lugar para la mesa larga, la pasta, la familia, el mantel de papel, la silla de plástico, comer a explotar, la cosa sana, pibe…