Harto del microcentro

El Canciller - Comentarios

Hay que llegar al Microcentro escuchando What love gotta to do with it de Tina Turner. Barnizarse con una capa doble, triple, de optimismo que sea como una coraza cuando la escalera del subte te deja en el territorio duro de lo inhóspito.

El Microcentro empieza en los bordes en los que la ciudad se marchita. Por el noroeste, Barrio Norte se termina en la plaza de Libertad y Paraguay. Ahí es todo verde y próspero. El Microcentro empieza en Viamonte, donde las oficinas están llenas de papeles. El Teatro Colón está desteñido por estar del lado del Microcentro.

En Martínez están equivocados y creen que los mejores panchos están en Blancanieves, una heladería en el centro que parece Cariló con asfalto. Los mejores panchos están en Los Panchitos del Sol, en la Galería del Sol, en Florida entre Córdoba y Paraguay, en la entrada del Microcentro. El pan es igual de blando y dulce en los dos lados pero los Panchitos funciona como un refugio para el que acaba de huir, o peor, el que está a punto de entrar.

El Microcentro está lleno de lugares para estar en otro lado por un rato. En la barra del Florida Garden hay que pedir sandwich de matambre con tomate, sin queso. En en bar del hotel Claridge nada está demasiado bien salvo el silencio estilo Tudor y que los vidrios están biselados para que no se vea lo que pasa afuera.

En el Sur se termina San Telmo en la Avenida Belgrano y el Microcentro empieza en carteles plateados de Sindicatos y centros de despachantes de Aduana. En un bodegón de esa zona además de escalopes le venden cocaína a algunos empleados públicos jerárquicos que tuvieron una mala noche. El costo viene sumado a la cuenta en una hoja de papel, sin ticket fiscal, sin descuento.

En Tribunales hay departamentos en el segundo cuerpo de los edificios en los que oficinistas con muchas malas noches seguidas van a sacarse la ropa con una chica o una chica trans. También hay sótanos donde hombres se frotan sin poder verse la cara. El Microcentro es el lugar de la descarga genital en la hora libre.

Faltan clases de Tai Chi en las dársenas con árboles en las que los motoqueros fuman porro o comen facturas haciendo tiempo hasta que les salga un viaje. Los motoqueros sueñan con tener un accidente y salvarse haciendo juicio, se imaginan mordiendo el asfalto con suerte.

En Otoño el Microcentro es un lugar mejor porque florecen de color rosa los Palos Borrachos en la Nueve de Julio y te hacen sentir más seguro que los Jacarandas de noviembre que tienen una flor que no aguanta una lluvia fuerte y dan la sensacion permanente de que el color violeta se acaba mañana.

El Microcentro es una fábrica de amor tierno que nace a la temperatura recalentada de los microondas en las oficinas y se consuma en los bancos de Plaza San Martín, del lado más cerca de la calle Maipú, donde no te chorean.

El engaño también es amoroso ahí. Se hace amor templado por las horas de escritorio, se resuelve por ejemplo en el hotel de la calle Tres Sargentos y Maipú. Chivo Expiatorio va hace años y siempre ve al mismo pez fosforescente con ojos deformes en la pecera de la entrada, dice que sigue yendo para ganarle al pez, para que un día no esté.

Caminando por Florida es fácil reconocer a los lifers del Microcentro, a los condenados de por vida a la zona. Están entre los brasileros, los pobres, los arbolitos, los de Lomas de Zamora que hacen un trámite una sola vez. Los lifers caminan sin mirar detestando su propio barrio, salvados por tener que ir de un lugar a otro para terminar lo antes posible, esperando para irse.

Se puede caminar veinte años por el Microcentro y todos los días descubrir un edificio nuevo para mirar hasta adueñárselo. Construido en un país prospero, el Microcentro está lleno de edificios hechos para decir algo del dueño, de los constructores, de los que iban a vivir ahí.

Por la calle en el Microcentro la gente que se toca se da corriente eléctrica como si tuviera estática. Cada uno está en su mundo duro. Al mediodía se puede ir a almorzar al convento de la calle Reconquista, donde la comida es fea pero los árboles son antiguos y hermosos como el edificio con arcos pintados a la cal.

Hay una hora perfecta del Microcentro los días con sol. Es cuando el cielo empieza a ponerse naranja, la luz pega en los edificios y brilla cuando cruzas Corrientes, Córdoba y Santa Fe. Ahí es un  lugar liviano justo cuando te vas.