El relato macrista: ¿qué hay después del optimismo?

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Desde que asumió en un ya remoto diciembre de 2015, Mauricio Macri, adiestrado por sus monjes más cercanos –Jaime Duran Barba y el resguardado Marcos Peña-, condimentó en exceso su discurso con un optimismo alucinado en el futuro y el potencial del país. Ahora, cuando la situación económica le pegó un cachetazo a las infladas palabras amarillas, ¿qué oraciones rezará durante el largo invierno económico al que se enfrentará de cara a las elecciones 2019?

Hasta hace poco más de una semana, cuando la corrida cambiaria sopapeó al “nopasanadismo” del presidente y a su ala consagrada al marketing electoral y produjo una devaluación de 19% en una semana, el ingeniero era el mandamás que con sus palabras transmitía lo promisorio del porvenir argentino y la “oportunidad histórica de convertirnos en un país pujante inclusivo”.

Hasta hace poco más de una semana, Macri era el mandamás que con sus palabras transmitía lo promisorio del porvenir argentino

Con un arsenal de frases, distintas pero iguales -“desde el fondo de mi corazón les digo que si nos unimos seremos imparables”, “esta vez es en serio y nos va a salir bien” y “hay un país que se despertó, que tiene potencial”-, Macri dejó de lado el perfil del estadista que, curiosamente, muchos sectores empresarios creían que iba a encarnar. Lejos de eso, se enfocó en transmitir, con reminiscencias evangelistas, variaciones del optimismo que veía y sentía para el país en cada uno de los actos de los que participaba a lo largo y ancho del país y también en la cargada agenda internacional que encaró en estos dos años y nueve meses.

De hecho, esa estrategia  -que tuvo como principal arma las expectativas que gran parte de la sociedad depositó en el futuro de la gestión amarilla- parece haber dado sus frutos cuando el frente Cambiemos obtuvo un sólido triunfo electoral en las elecciones legislativas de medio término.

Pero más allá de las palabras está la realidad y, fúndamentalmente, la economía. La debacle comenzó con la modificación de la fórmula que determina los haberes jubilatorios, que despertó un gran enojo en la calle, cristalizados en manifestaciones multitudinarias y cacerolazos que dibujaron un diciembre caldeado, una figurita repetida.  Le siguieron el cierre del grifo internacional, que llevó al en aquel entonces ministro de Finanzas Luis Caputo -vendido por gran parte del elenco oficial como “el Messi de las finanzas”-, a una toma de deuda furiosa en los primeros meses de este año. Y el revés que la oposición le dio a Macri a partir de la llamada ley antitarifazo, que obligó al decreto presidencial y que sembró dudas de la cintura política del Gobierno a la hora de su irrenunciable camino al equilibrio fiscal. Florecida, la desconfianza de los mercados internacionales hizo el resto.

Más allá de las palabras está la realidad y, fúndamentalmente, la economía.

Hace una semana, fue el mercado mismo el que le demandó sepultar el “confíen en que vamos bien”, a partir del momento en el que tras un mensaje grabado de apenas dos minutos sin anuncios ni certezas, le disparó el dólar en una feroz corrida.

¿Cómo se reconstruirá el mensaje oficial? Dependerá, en gran medida, de las voces que escuche Macri a la hora de enfrentar la crisis. Algo es seguro: no va a alcanzar con el optimismo ya inocuo ni con la transferencia de las culpas a la sociedad, acusada por el presidente de “vivir por encima de sus posibilidades”. Cuando al ingenierio le fallan los números, las palabras tampoco lo ayudan.