El reaccionario diáfano

El Canciller - Comentarios

La forma de comunicar es para Cambiemos una preocupación estratégica. Los discursos e incluso las charlas informales de sus funcionarios suelen estar plagados de palabras clave, como “equipo”, “diálogo”, “consenso” o “vecinos”, que remiten a un ideal liso y sin conflictos de interés. La función de la política, bajo esa mirada edulcorada, no es la de decidir entre modelos diferentes o incluso antagónicos, sino la de “hacer lo que hay que hacer”. No hay perdedores ni ganadores; no es más o menos equitativo, sólo “necesario”.

Pese a ese esfuerzo constante, existe un tenaz repertorio reaccionario que emerge entre las rendijas del manual del buen decir. El domingo pasado, en una entrevista que le dio al entusiasta Luis Majul, el presidente Mauricio Macri explicó que “hay que volver a la época en la que la abuela apagaba la calefacción a las 11 de la noche, dormías todo tapado y a las 6 la volvía a prender”.

Por supuesto, Macri no se refería a su propia abuela, quién probablemente nunca haya tenido intención de apagar la calefacción, aún en el improbable caso de que supiera como hacerlo, sino a las innumerables abuelas que antes carecían de la posibilidad de calefaccionar su hogar y que lo consiguieron gracias a los subsidios públicos que tanto atormentan a quien vino a terminar con la pobreza.

Al igual que lo que sostuvo sobre el modelo kirchnerista Javier González Fraga, presidente del Banco Nación (“Le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo medio servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior. Eso era una ilusión. Eso no era normal”), el comentario de Macri es una honesta declaración de principios.

Liberado de la capa de caramelo del marketing político, el discurso reaccionario nos explica que no sólo los empleados medios– es decir, la crema de la clase trabajadora- deben prescindir del consumo básico de un celular o un plasma sino que, de forma aún más asombrosa, las mayorías deberían excluirse del bienestar elemental logrado en los últimos años y volver a tener frío, como sus abuelos.

Por supuesto, nadie le exige a los más ricos que vuelvan a los estándares de confort de hace décadas ni a que dejen de consumir. Al contrario, su consumo suntuario, devorador de divisas en viajes e importaciones, está incentivado por la propia política oficial.

Al parecer, la utopía que nos ofrece Cambiemos es una tenue variante de la que conocimos en los ’90, la de una curva social descendente hacia un paraíso perdido con niños ricos que tienen plasmas, calefacción y tristeza y niños pobres con frío.