Los números de contagios y muertes de los últimos días no dejaron margen: Ciudad y Nación debieron consensuar un cierre estricto por nueve días.

Así lo anunció el presidente Alberto Fernández, quien al argumentar el endurecimiento de las medidas, reprochó: “En algunos no se cumplieron las normas, en otros de implementaron de manera tardía, en muchos lugares los controles se relajaron, han sido muy débiles o simplemente no existieron”.

El mandatario dio un mensaje en tono de reprimenda plagado de indirectas -y no tanto- a la Ciudad. El conflicto por las clases, como era de esperarse, no quedó afuera: “Es evidente que hubo decisiones que no compartimos, algunas fueron judicialmente avaladas que debilitaron las acciones contundentes que nosotros propusimos para controlar lo crítico de la situación”, lanzó.

En este sentido, indicó que “entre tanto barullo” algunos mensajes llevaron a la población a “minimizar el problema” y remató: “Esa confusión debe terminarse”. También señaló que “no se puede fragmentar la gestión de la pandemia”, en clara alusión al reclamo por la “autonomía” que hizo la Ciudad en las últimas semanas.

En cambio, el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, se mostró conciliador y empático, con gran énfasis en el diálogo y el trabajo coordinado con Nación. Se diferenció así de Alberto, y reconoció la “angustia” y la “incertidumbre” de los ciudadanos a más de un año de la pandemia. Incluso, manejó con cintura un anuncio difícil como la suspensión de clases por tres días, y remarcó que el tiempo se recuperará en diciembre. “Ratifico mi compromiso de que lo primero que vamos a abrir son las escuelas”, prometió.

De esta manera, y aún con medidas que podrían perjudicarlo en lo electoral, transmitió cercanía con un mensaje dialoguista que colabora a bajar las tensiones de las últimas semanas. Sin siquiera nombrarlo, dejó al Presidente en un lugar incómodo.