El padre de la Patria

José Francisco de San Martín y Matorras, el prócer que no merecimos. Nos quedó grande. Genio político y militar, estratega, metódico, generoso, humilde. Hizo más afuera que adentro, pero todo fue para ganar adentro. Y, cuando vio que acá la cosa no daba para más, porque no hay honra que no termine en el chiquero, se subió a un barco y se fue con su hija Mercedes, a pintar cuadros y a que nos reconocieran en el mundo.
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Era de acá pero venía de España, en donde vivió gran parte de su vida, desde el traslado de su padre, militar español.

Su foja de servicios en la península incluía el manejo de cuatro idiomas, el grado de Teniente Coronel, batallas contra los moros y Napoleón, una medalla por su acción en Bailén y un servicio en la Batalla de Albuera a las órdenes de nuestro exgobernador William Carr Beresford. También el acento andaluz y, por supuesto, dotes de guitarrista.

Pero la tierra le tiró y, junto a otros jóvenes idealistas – como Alvear y Guido -, formados en las ideas liberales europeas, decidió volver al pago chico a dar una mano. Pidió el retiro del ejército español y enfiló para Londres donde se unió a la Logia Gran Hermandad Americana regenteada por Francisco de Miranda.

Ahí fue donde tomó nota del Plan Maitland, un general inglés que proponía tomar Perú vía Chile desde el Pacífico.

Cuando llegó a esta tierra ingrata el Triunvirato le reconoció el grado militar y le pidió que formara el Regimiento de Granaderos a Caballo. Así que los reclutó, los formó y les enseñó las estrategias aprendidas en la lucha contra Napoleón. La primera actuación del Regimiento fue un golpe de Estado contra ese Triunvirato. Así, la Logia Lautaro, que integraba junto a Alvear, impuso al Segundo Triunvirato.

Como buen andaluz le gustaba andar de fiesta, y fue en una de esas que conoció a María de los Remedios Carmen de Escalada, Remeditos, de 15 años con la que inmediatamente se casó. Su “esposa y amiga” como la describió, con dulzura entrañable, en la lápida de su tumba en el cementerio de la Recoleta.

El bautismo de fuego fue en el Convento de San Carlos en San Lorenzo, Santa Fe, cuando tuvo que parar una horda realista que desembarcaba en las orillas del Paraná. Pero, como Don José venía de la madre patria, acá lo miraban de reojo. Así que, cuál futbolista que pasa al clásico rival, fue a buscar el gol. Nada de mirar la batalla por catalejos, salió al frente del batallón. Le mataron el caballo y entre Cabral y Baigorria le dieron un gobernador a Cuyo y la libertad a Chile y Perú.

Y para muchos ahí termina su acción en estas pampas. No inocentemente, claro.

Ya cuando en Buenos Aires se tornó un tanto molesto – y a Belgrano se le quemaba el rancho – lo mandaron al Ejército del Norte. Ni bien llegó lo hizo recular hasta Tucumán para reorganizar ese rejunte pretenciosamente llamado ejército. Ahí se convenció que la cosa no era por el norte, donde la derrota era segura, y sí por el lado de Chile, cruzar los Andes, liberar a los trasandinos y después, por mar, tomar Lima. También que esa frontera norte debía protegerla Güemes con sus infernales. Moco de pavo.

El tipo tuvo que irse a Mendoza como gobernador de Cuyo para organizar la cosa. Desde ahí armar un ejército, pelearse con Buenos Aires y Alvear por las vituallas y gobernar una provincia.

De paso, se ocupó de que sus diputados en el Congreso de Tucumán dejaran de discutir el reglamento interno y las horas de siesta del cuerpo y volvieran con un acta de independencia, que afuera no le iban a dar bola, si no.

Inquieto, organizó la revolución chilena, tomó partido, a instancias de Las Heras, por la facción de O’Higgins y encaró la Guerra de Zapa, o de nervios, con infiltración de agentes revolucionarios, data falsa a los indios que informaban a los realistas y convenciendo chilenos de las bondades de la libertad. A la vez, fue padre, cuando nació Mercedes y también plantó una alameda fabulosa en Mendoza. Le faltó el libro.

Ya con el apoyo de Pueyrredón cruzó, como pudo, los Andes. Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú fueron las batallas para liberar a Chile.

Rechazó el cargo de Director Supremo dejándolo a O’Higgins para que nadie pensara que su gesta era un avance de las Provincias Unidas.

Cuando hubo que preparar la expedición al Perú se volvió a Buenos Aires a manguear la friolera de medio millón de pesos. Presionando con renunciar, se hizo con doscientos mil para sumar a la escuadra que ponía Chile.

Pero es justo ahí cuando le piden que se distraiga un poco de los grandes proyectos, que lo necesitaban acá, en la chiquita, para combatir a los federales en el litoral. Y nuestro General los despreció, por lo que Vicente López lo acusó de robarse el Ejército de los Andes y Rivadavia – el que endeudó hasta a nuestros nietos – lo tildó de traidor. Qué notable, fíjense.

Entró a Lima después de sitiarla mientras negociaba con España sin aceptar otro término que la libertad. Declaró su independencia y se convirtió en su Protector, al tiempo que establció la libertad de vientres, de imprenta, la eximición de impuestos a los indígenas y la división política. Reconoció la religión católica y sugirió una monarquía constitucional.

Al fin, le cedió la iniciativa a Simón Bolívar – que pretendía controlar los territorios liberados en vez de dejarlos a sus aires como prefería San Martín – para terminar la liberación americana, renunciando a los cargos públicos para volver a la vida privada.

Vuelto a Mendoza, pidió permiso para volver a Buenos Aires para ver a Remedios ya muy enferma, pero Rivadavia, reciclado como Ministro de Gobierno de Rodríguez, se lo negó amenazandolo con un juicio. Los unitarios se la tenían jurada por no haber puesto en caja a los federales y, mucho más, por haber fomentando el Congreso Constituyente de Córdoba que Bustos debía regentear y del que, suponían, saldría ungido jefe nacional.

Con todo, se mandó igual y rechazó, incluso, la escolta de Estanislao López. Cuando llegó, Remedios ya había muerto. Efectivamente fue acusado de conspirador por un grupo de miserables que no tenían más problemas que fusilarse entre sí, en gran parte porque el Santo de la Espada les había sacado de encima al querido Rey y sus ejércitos.

A la postre, argentino, tampoco pudo escapar a la grieta de la época.

Con tal cuadro, buscó a Merceditas y enfiló para el viejo continente con sus grados de Generalísimo de Perú, Capitán General de Chile, General de las Provincias Unidas y exiliado. Pasó por Escocia, Bruselas y, finalmente, se fue a París.

Ofreció sus servicios para la guerra con Brasil, pero ya estábamos regalando en los papeles lo ganado en las batallas. Cuando volvió lo recibieron fusilando a Dorrego y ofreciéndole, con ese paisaje, la gobernación, a lo que lanzó que “el General San Martín jamás desenvainará su espada para combatir a sus paisanos”. Se fue y no volvió más.

Vivió muy poco en el territorio de las Provincias Unidas, pero el tiempo que lo hizo lo repartió entre Buenos Aires, Jujuy, Tucumán, Córdoba y Mendoza. También tuvo acción política, ya fuera gobernando Cuyo o Perú, cosa que suele olvidarse, o tacharse.

Ya en Grand Bourg, ofreció sus servicios a Rosas cuando los gabachos bloquearon el puerto porteño, a lo que el gobernador le pidió gestiones ante Francia e Inglaterra.

Casi ciego, con úlcera, asma y reuma, un día como hoy, en 1850, a los 72 años, murió en Boulogne Sur Mer, en compañía de su hija, sus nietas y su yerno. Y con olvido, claro.

Pidió que su corazón descansara en Buenos Aires, que su sable corvo se le entregara a Rosas “por la firmeza con que sostuvo el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla” y declaró en su testamento como primer título el de Generalísimo de Perú.

En 1880, su cuerpo volvió a Buenos Aires, donde descansa en la Capilla Nuestra Señora de la Paz de la Catedral porteña. A su lado están los restos de sus amigos, Las Heras y Guido, y los del Soldado Desconocido de la Independencia.

La lápida reza: “Triunfó en San Lorenzo, afirmó la Independencia Argentina, pasó los Andes, llevó su bandera emancipadora a Chile, al Perú y al Ecuador”.

Vean todo eso y digan si no es demasiado prócer para esta Argentina.