El largo camino al éxito

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De qué viene la cosa, empecemos por ahí. La idea es resumir un poco la historia de este bendito país llamado Argentina, desde que Buenos Aires era una llanura con pasto y sin árboles, pero con un puerto ideal para el ingreso de España y también para el contrabando, hasta el actual país condenado al éxito.

Gracias a El Canciller, que cede este espacio, trataré de contar cómo se fue armando la nación, quiénes fueron nuestros padres de la patria y cómo lo fueron haciendo, en episodios cortos y, ojalá, amenos.

Todo en un lenguaje coloquial, para nada académico, que para eso hay un montón de libros que lo cuentan ya muy bien. Esto va con lo que uno tiene en la memoria, de haber leído abundante historia.

No esperen aquí demasiado rigor porque no es el objetivo. Habrá abreviaciones, brevedades, supuestos y las mutilaciones lógicas para un artículo de carilla y media a dos.

Me quedaré bastante conforme si estas líneas entretienen al lector y, aún mas, si se le despierta el apetito y acude por mayor bibliografía profesional. Todo sea por entender cómo se llegó a este baldío al que llamamos, de forma pretenciosa, República Argentina.

* * * * *

Tampoco es que esto fuera a ser Roma. No íbamos a conquistar el mundo ni a ser un imperio de esos que se imponían a sangre, espada y orden burocrático. Pero por estos lares se trajinaba con tranquilidad, con algunas decenas de pueblos originarios que vivían sin contactarse demasiado entre si, ni molestándose, ni conquistando tierras que fueran de alguien mas. Poca competencia, digamos. Había excepciones, claro, pero, mas o menos, así se vivía. Con poca envidia, poco “chusmerío” y sin grietas.

Para situarnos, en lo que unos años mas adelante sería la reina del sur, el páramo consistía en una llanura sin árboles – lo que había eran yuyos presuntuosos – cubierta de pasto, con algunos cursos de agua, los arroyos Medrano y, el mucho más famoso, Maldonado -el que no se inunda mas, sí – entre otros, que formaban pequeños barrancos. Los pueblos nativos se dedicaban a la caza de guanacos y ñandúes.

Hablando de nativos, por estas pampas teníamos entonces a los Querandíes que ocupaban las tierras hasta el río Samborombón y los Tehuelches que se aquerenciaron en la ribera sur. Este grupo, quizás porque sabrían en qué tierras les había tocado caer, entendió la necesidad de no desperdiciar nada, así que, una vez comido el animal cazado, usaban las pieles y el cuero para vestirse.

Querandíes por Oski.

Además, estos buenos vecinos, tenían prohibida la unión entre miembros de la misma comunidad, es decir, eran exogámicos, evitándose los problemas que Europa iba teniendo, por ejemplo, con los Habsburgo que ya eran un desastre genético de proporciones bíblicas fruto de la endogamia. Figúrense, no era fácil ser hijo de una tía y un abuelo, y nieto de tres hermanos y un padre.

Así que era común que los Tehuelches buscaran a sus mujeres en las comunidades vecinas, y también bastante común que organizaran trueques. Y, si, también era común que fueran y las raptaran, y a otra cosa mariposa. Lo importante era no ser hijo de primos. Del otro lado del río vivían los Charrúas, que ya eran bastante temerarios y se hacían sentir, pero, como ninguno de los dos barrios conocía la navegación, se ignoraban los unos a los otros.

Sobre el Paraná y su delta vivían los Guaraníes, buenos pescadores que se iban acomodando en las islas que iban y venían en esa geografía húmeda y pegajosa. Estos andaban bastante bien organizados, vivían en bonitas viviendas de paja y barro, cómodas y duraderas. También sabían hacerse instrumentos y enseres. Con lo que tenían problemas era para vestirse, de hecho, no se vestían.

Pero no todo iba a ser un colchón de rosas, para nada. Sin que acá nadie tuviera ni la menor idea, mas al norte se cocían las habas. Ya había caído Colón con la Santa María, la Niña, la Pinta y la madre que lo parió a colonizar América. Y dale que dale a los espejitos por riquezas y mujeres, que, en aquellos tiempos, eran una riqueza también.

Cristobal Colón por Sebastiano del Piombo.

“Hacerse la América”

Para tener en cuenta, y para los desprevenidos que, a veces, los hay, nada tiene que ver el verbo colonizar con Colón, puesto que colonizar viene del latín colere, cultivar.

Pero don Cristóbal ya había hecho ida y vuelta. Así que España, a la postre la madre patria, ya sabía que acá había metálico del bueno, cosas ricas para preparar comidas y un montón de mano de obra barata. Había que invertir. Y vaya si invirtieron.

Empezaron a mandar barquitos, de esos que parecen una media cáscara de nuez. Adentro, mandaban a algún tipo que había logrado, o bien juntar las adhesiones en efectivo para la misión, o bien convencido al rey de turno de que iba a invertir los viáticos en lindos y pintorescos regalos.

Después había que traer gente, y ahí se apuntaban prisioneros, pobres y esclavos que, gracias a este nuevo mundo ya podían ascender de categoría, eso si sobrevivían al primer trabajo, el de conseguir y capacitar nuevos esclavos. En pocas palabras, se les ofrecía ir a hacerse la América.

Réplica de la Santa María, construida en 1892.

La expedición de Solís

Según las crónicas el primero que se anduvo en serio por nuestras costas fue Juan Díaz de Solís, allá por 1516. Pero antes veamos un poquito la foja de servicios de don Juan. No sabemos si fue Portugués o Español. Sí que había servido a la armada portuguesa, que anduvo por corsarios franceses y que forjó una bonita amistad con Fernando el Católico, lo que le valió que este lo nombrara sucesor de don Américo Vespucio cuando el florentino murió.

Con tal currículum, cuatro mil ducados, tres carabelas y setenta marineros, don Juan Díaz de Solís se lanzó a batir la mar.

Y así, una vez llegado a la costa de Brasil, encaró al sur hasta toparse, en enero de 1516, con la aún para nada glamorosa Punta del Este a la que bautizó, con toda pompa, Puerto de Nuestra Señora de la Candelaria.

Pero siguió, porque tenía que encontrar el paso transoceanico, así que desembocó en el lodazal conocido ahora como Río de la Plata. Él prefirió llamarlo Mar Dulce, porque mandó a que un marinero probara el agua, la que era, naturalmente, dulce. Porque era un río. No sería el primer equívoco de nuestra historia, ni el mas importante. Van a ver.

Desembarco de Juan Díaz de Solís por Ulpiano Checa.

El segundo desembarco es curioso. Fue en una isla para enterrar a un despensero, un tal Martín García. Y así se llama, desde aquel entonces, la que otrora fuera prisión de presidentes depuestos y donde se hacen unos pan dulces que realmente valen la pena probar.

Pero la fortuna no es para siempre y no hay que andar tocándole los huevos al diablo porque, un día, todo se puede ir a tomar por saco. Y si no, miren lo que le pasó a don Solís cuando intentó desembarcar con un grupo de marinos a la altura de Punta Gorda. Pasó lo que tenía que pasar, fueron atacados por los nativos que no andaban loteando tierras a magnates europeos, así que se tomaron la molestia de llenarlos de flechas, descuartizarlos, cocinarlos y comerlos. Tampoco estamos seguros de que los hubieran cocinado. Algunos le cargan el sambenito a los charrúas, que eran bravos, y otros a los guaraníes, que parece tenían alguna que otra conducta antropófaga.

Y así empezaba a escribirse la historia de este baldío con pretensiones de gran nación condenada al éxito.

Pero para llegar al éxito todavía necesitaría de dos fundaciones, fuertes arrasados, matanzas descomunales, invasiones, traiciones, asesinatos, guerras intestinas, deudas impagables, golpes de estado, hiperinflaciones y devaluaciones monumentales. Y, por qué no, de unos cuantos próceres que hoy serían la envidia de muchos. Ya veremos…