El “Día de las Familias” durante la pandemia: 5 historias en aislamiento

Ayudar a los demás, pasar tiempo de calidad y darse espacios personales, son algunas de las claves de las familias para sobrellevar la cuarentena.
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Hoy es el Día Internacional de las Familias. ¿Cómo se vive el aislamiento obligatorio en los hogares las 24 horas? Algunas familias no pasan la cuarentena bajo el mismo techo, y las que sí lo hacen, también enfrentan un desafío. La tolerancia, los momentos de soledad y la contención con el otro, están más presentes que nunca en este período.

Por primera vez desde 1993, año en que la Asamblea General de la ONU estableció el 15 de mayo para conmemorar esta fecha, los padres, hermanos, parejas e hijos enfrentan el encierro a nivel mundial. La angustia por la situación de incertidumbre y por extrañar a los seres queridos golpea a todos por igual.

La familia y la solidaridad

“Al tener a mí hermana en España, la cuarentena me hizo ver lo fundamental que es la familia“, señala Sofia Matozzi. Y agrega: “La familia es anterior a todos, al Estado y a la Iglesia, y esta pandemia nos está demostrando su valor”.

Sofía reconoce que gracias a la pandemia empezó a hacer más actividades con sus padres y también aprovecha el tiempo para hacer cursos online. Al reflexionar sobre el tiempo en casa sostiene: “La convivencia de este período no la juzgo en términos de fue buena o mala, sino que creo que a todos nos viene muy bien, pese a que hayan existido malas experiencias”.

“Mientras hay personas que esperan que se termine el encierro para volver a vivir como antes, yo imagino un nuevo mundo, con otras reglas, y otras maneras de apreciar la vida y la familia“, expresa.

Abuelos conectados en tiempos de cuarentena.

Como su abuela vive sola, la joven reemplazó las visitas por las conversaciones diarias. Eso la hizo darse cuenta de que los adultos mayores necesitan de los jóvenes y armó una iniciativa en Instagram con la cuenta @acercarnos. “Somos varios voluntarios que llamamos diariamente a un grupo de adultos mayores para acompañarlos y escucharlos, así se relajan un poco ante las preocupaciones del aislamiento”, explica.

Sofía reconoce que sin la pandemia, este plan no existiría: “Hubiese perdido conectarme con mucha gente que tiene tanto para compartir”.

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Criar en cuarentena

Catalina López y su marido trabajan full time, mientras cuidan a su hija de 10 meses. “Tenemos que ser un equipo para enfrentar las mismas responsabilidades a nivel laboral y para estar con nuestra hija”, señala Catalina.

Reconoce que es difícil que ninguno pueda darle 100% de atención a la beba: “Hay dos situaciones complejas. Por un lado, no queremos que la beba crezca mirando la computadora. pero tampoco puede jugar sola porque es muy chica. Siempre estamos viendo que no se golpee”.

La pareja organiza las reuniones que tienen durante la semana. Se avisan los horarios ocupados y tratan de reconocer cuando están superados por el trabajo. “Nuestro momento de alegría es ver una serie a la noche”, reconoce.

Ser madre y trabajar en tiempos de cuarentena.

“Yo puedo trabajar y cuidar a mi hija al mismo tiempo. Por eso, si la beba llora mientras estoy en una videollamada laboral, y mi marido está en otra, acepto que eso puede pasar”, explica.

En medio de la cuarentena se mudaron los tres al quincho de sus suegros, a unas cuadras de donde residen. “Mi hija se aburría en el departamento, necesitaba estar en la naturaleza y oxigenarse. Lloraba mucho y no podíamos trabajar”, sostiene Catalina sobre el cambio de hogar.

Mantuvieron el aislamiento durante dos semanas con sus suegros por si alguno era asintomático y ahora agradece haber hecho la mudanza. “Fue lo mejor que nos pudo pasar. A ella le hace bien estar en el pasto y yo trabajo en el jardín también. El sol me parecía importante que lo tenga”, señala. El humor de la pareja también mejoró en su nuevo hogar.

Del otro lado del charco

En todo el mundo las realidades familiares son dispares. Fátima Flores García, de 25 años, vive en el barrio porteño de Villa Crespo. Pero sus padres y sus cinco hermanos se encuentran en Uruguay, su país natal. En la Ciudad de Buenos Aires comparte la cuarentena en su casa junto a su novio y una pareja amiga.

“Estoy resignada a que no veré pronto a mí familia, porque me parece irresponsable irme a Uruguay. Por eso, no pienso mucho en las ganas que tengo de ir, ni en que hace meses que no voy”, explica.

Se alegra de que estén los siete juntos en el hogar donde se criaron, y eso la deja más tranquila porque sabe que están acompañados y contenidos. Y aunque los extraña, reconoce que no se hubiese ido a pasar la cuarentena a Uruguay, ya que hace siete años que ya no vive con ellos.

“Agradezco vivir en la era de la tecnología, porque sigo en contacto”, sostiene. Y agrega: “Por más que cueste un poco, tenemos que estar aislados para cuidarnos entre todos, así que más vale no analizar mucho y cumplir lo dispuesto por el Gobierno”.

Fátima, su novio y sus compañeros de piso pasan la cuarentena juntos.

En Argentina, su novio Nahuel y sus amigos se volvieron su familia. “Mi pareja se levanta conmigo a las 7 hs, me hace el desayuno, el almuerzo y me ceba mates mientras trabajo. Nuestros compañeros de piso tienen horarios opuestos, arrancan el día a las 16hs”, dice sobre la convivencia.

Los fines de semana cenan los cuatro, ven películas, usan juegos de mesa o preparan tragos. “La manera que encontramos de estar tanto tiempo juntos es tener horarios distintos para que cada uno use la sala como si estuviéramos solos, y los fines de semana hacer planes como amigos que se juntan”.

Ver el lado positivo

“La convivencia familiar es mejor de lo que esperaba”, sostiene Constanza Darrigrán. La joven de 29 años vive con sus padres en el barrio porteño de Belgrano. A la distancia están sus dos hermanas y su novio.

Cuando se decretó el aislamiento obligatorio, Constanza, pensó que iba a ser difícil, dado que su papá oftalmólogo no puede trabajar y “es de estresarse y estar nervioso”. Ahora mirando para atrás se da cuenta que “pese a ese panorama, las cosas no fueron tan mal, aunque tienen roces propios de la convivencia”.

Cocinar en familia.

Los tres comparten la preparación de comidas, juegos, películas y videollamadas. También tienen espacios para cada uno por separado.

“Con mis hermanas somos muy unidas. Vienen a comer a casa, salimos a merendar, las visito en sus casas. Esta situación hace que las extrañe mucho, al igual que a mi novio”, explica la organizadora de eventos.

Y aunque el encierro y extrañar a sus seres queridos forman parte de la vida de todos, Constanza explica: “Tomé conciencia de que esta es la realidad que nos toca, y la realidad para mi novio y para mi es no ser seres independientes. Esto me lleva a pensar en el futuro y a sacar también algo positivo”.

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Esperando el final de la cuarentena

“Parece que todos los días son iguales, pero al mismo tiempo te das cuenta que no es así, diariamente la rutina puede variar. Me acostumbré a esto, a no estar corriendo en la calle”, indica Laura Galante.

Laura es hija única y vive con sus padres en Flores, quienes pertenecen al grupo de riesgo. Aunque tienen mucha vitalidad, se deben cuidar debido a que su papá tuvo cáncer de próstata hace poco tiempo y recibe un tratamiento hormonal. Por otra parte, su mamá también debe cuidarse ya que padece hipertensión.

A su novio Agustín no lo ve hace dos meses. Una semana antes de que se decrete la cuarentena, Agustín jugó un partido de fútbol y para cuidar a sus padres no se vieron desde entonces. “Cuando discutimos tratamos de reflexionar porque hay que entender que el otro pasa por distintos momentos en la cuarentena”, explica.

Las rutinas del hogar se deben adaptar con el trabajo desde casa.

La videollamada nos acerca a las personas, pero al mismo tiempo me recuerda lo que perdí: la corporeidad. Vernos y saber que el otro está del otro lado y se mueve en un espacio que conocés, es fuerte”, señala Laura sobre la nueva modalidad de contacto social.

Las tareas del hogar se dividen entre ella y sus padres por igual. Aunque Laura ahora trabaja online, sus horarios se trastocaron un poco, se levanta más tarde “de lo que debería” y también se queda hasta más tarde cumpliendo sus tareas.

“Hay días que me levanto y me pregunto cuándo se va a terminar esto”, concluye.