Diez años sin Romina Yan

El periodista Pablo Méndez Shiff, autor de la biografía sobre Cris Morena, escribe sobre el décimo aniversario del fallecimiento de la artista que marcó a una generación.
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Hoy se cumplen diez años del fallecimiento de Romina Yan. Hoy se cumplen diez años del día que no solamente paralizó al mundo del espectáculo argentino sino que además provocó una reacción espontánea en personas anónimas, de carne y hueso, que sintieron, que sentimos, que una parte de nuestra infancia se había ido con ella.

Tenía apenas 36 años, estaba casada con Darío Giordano y tenía tres hijos: Franco, Valentín y Azul.

Hija de Cris Morena y Gustavo Yankelevich, Romina había trabajado desde adolescente para pasar más tiempo con su familia. En su casa y por legado de sus ancestros, en su casa se vivía y se respiraba televisión. El bisabuelo paterno de Romina, Jaime Yankelevich, fue quien trajo la TV a la Argentina; su abuelo Samuel fue quien tuvo la idea de que una tal Mirtha Legrand se pusiera a conducir unos almuerzos y su padre, Gustavo, fue durante los noventa gerente de programación de Telefe y una de las personas que más saben de tele (también de teatro) en la Argentina. Por todas estas cosas, la pequeña Romina y el pequeño Tomás escucharon hablar de programación, rating y elencos desde que eran muy chiquitos. Al cumplir 15, y cuando su mamá estaba armando lo que sería Jugate Conmigo, Romina tuvo ganas de trabajar ahí para poder pasar más tiempo con ella.

A los dos años en Jugate, entre 1991 y 1992, le seguirían participaciones como actriz secundaria en programas como Mi Cuñado hasta que en 1995 le llegó el papel de su vida. Gustavo la convenció de sumarse al elenco de Chiquititas, una telenovela con un elenco coral de protagonistas infantiles en el que ella fue el hada madrina que todos los que vimos alguna vez la historia recordamos de manera indeleble: Belén Fraga. Para alivianar las sospechas y acusaciones de “acomodo”, Romina decidió acortar en ese momento su apellido artístico. Así es como Romina Yankelevich pasó a ser conocida por todos como Romina Yan.

Nacida y criada en una familia mixta, esto es, de una madre de origen católico (el verdadero nombre de Cris es María Cristina De Giacomi) y un padre judío, Romina tuvo libertad de elegir su propio camino de fe. Fue a una escuela bilingüe y laica, el Bayard, y no recibió presiones ni de su padre ni de su madre para optar por alguna religión. Al momento de casarse, a los 24 años, decidió bautizarse como católica y poder de esa manera casarse por iglesia con el hombre que sería luego el padre de sus hijos, a los que también bautizó. Su madrina de bautismo fue Anita Tomaselli, histórica jefa de prensa de la familia.

Más allá de su bautismo, ni Romina ni sus padres, tampoco sus hijos, fueron personas religiosas en una acepción tradicional del término. Se los puede definir más bien como personas espirituales, que creen que hay energías más trascendentales a nuestro alrededor, aunque sin la pertenencia estricta a ninguna forma de observancia religiosa. Por ejemplo, a sus familiares les gusta recordarla y sentir que están en contacto con ella a través del encendido de velas.

Y el encendido de velas es una de las prácticas más populares en el judaísmo a la hora de evocar a las personas que se fueron. El 29 de septiembre de 2010, un día después de su fallecimiento, se hicieron dos concentraciones por su memoria. Una fue acá, en Buenos Aires, cuando cientos de personas fuimos del Obelisco al teatro Gran Rex para formar un anillo humano y cantar sus canciones de Chiquititas, algunos con velas y otros con flores blancas en las manos. Y la otra fue nada menos que en la plaza central de Tel Aviv, la plaza Yitzhak Rabin, en la que decenas de israelíes, hombres y mujeres en sus primeros veinte, se reunieron también con velas y cantaron las canciones de su infancia en un español rioplatense perfecto mientras hablaban en hebreo con los periodistas del noticiero del canal 2 que cubría la noticia sorprendido.

Las novelas producidas por Cris Morena tocaron los corazones de los israelíes de un modo tan intenso como el de los argentinos. Cuando la televisión de Israel se privatizó en 1990 y la industria, incipiente, estaba a la busca de contenidos para sus nuevos canales, Chiquititas fue el match perfecto. No eran dibujitos animados ni era una producción de Hollywood, era diferente. Como la ley audiovisual israelí estipula que los programas emitidos en otros idiomas no se doblan sino que se subtitulan al hebreo, miles de niños y niñas se engancharon con la versión porteña del español que aprendieron no solamente al ver los capítulos sino, sobre todo, al memorizar las canciones escritas por Cris. Hay gente que se sigue sorprendiendo de que los jóvenes israelíes sub 35 digan “che” o pronuncien la “ye” como nosotros. Lejos de ser un dato de color, es parte de un fenómeno cultural que lleva décadas.

El apellido Yankelevich, en tanto, no es desconocido para el pueblo judío. La familia de Gustavo llegó a la Argentina en 1894 proveniente de Sofía, la capital de Bulgaria. De esa época data una de las mayores corrientes de inmigración judía a la Argentina, cuando decenas de miles de personas escapaban de los pogroms con la esperanza de construir un futuro mejor para sus hijos. Un intelectual francés, Vladimir Jankélévitch, fue muy influyente en la segunda mitad el siglo XX y la ministra del gobierno israelí encargada del vínculo con la diáspora se llama Omer Yankelevich.

El Maguen David Adom, la Estrella de David Roja, es la organización de la sociedad civil que está a cargo de los servicios médicos de asistencia ante emergencias en Israel. Como otras instituciones, el Maguen David Adom tiene asociaciones de amigos en varios países, que los ayudan a conseguir financiamiento, en este caso para la compra de ambulancias e insumos médicos. En Argentina, la asociación de amigos es presidida desde hace muchos años por Cecilia Fridman de Yankelevich: la madre de Gustavo, la abuela de Romina. De hecho, hay una ambulancia que fue donada “in memorian de Romina Yan”, según se puede leer en una placa de la unidad que está junto a la Estrella de David roja que simboliza a la organización.

Y hoy, 28 de septiembre de 2020, el día en que se cumplen diez años de la muerte de Romina, coincide con la celebración de Yom Kippur, el día más sagrado del pueblo judío. Antes del mediodía, las comunidades Ashkenazim, oriundas de Europa del Este, rezamos el servicio de memoria a los muertos que se llama Izkor. Es uno de los momentos más emocionantes del día que empiezan con las siguientes palabras: “Izkor Elohim nishmat”, que quiere decir “Que Dios recuerde el alma de…”. En el servicio al que asistí por Zoom, el de Judaica Norte, se cantó “Honrar la vida” y yo sonreí pensando que seguramente fue una canción que le gustaba a Romina. Estoy seguro de que sí.

Jatimá tová, el saludo que se da desde anoche el pueblo judío, se puede traducir como “que seas inscripto en el Libro de la Vida”. Y esta referencia se me hace muy próxima, muy cercana, al Libro de la Vida que apareció durante todas las temporadas de Chiquititas. Enorme, blanco y lleno de plumas, era el cuaderno sobre el que el personaje de Romina dejaba registro de los momentos más importantes de los chicos y las chicas del hogar Rincón de Luz. Y era también una fuente de inspiración ante momentos difíciles: el libro como refugio, el libro como espacio.

El 28 de septiembre de 2010, cuando me llegó el primer mensaje de texto de una amiga contándome que en la tele decían que habían internado a Romina, me quedé paralizado. No podía ser, tenía que ser una noticia falsa o una dolencia leve. En ese momento estaba en un 60 rumbo a un encuentro sobre judaísmo y juventudes que Darío Sztajnszrajber iba a moderar en la comunidad Bet-El con mi amiga Keila Raitzin en el panel. Me costó mantener el foco pero fui. Al salir, me enteré de la peor noticia. Todavía me acuerdo de ese instante en el que se me llenaron los ojos de lágrimas en plena calle.

El 28 de septiembre de 2010, cuando me enteré de que Romina Yan había muerto, fue uno de los días más tristes de mi vida. Tenía 22 años y hablé con amigos y amigas de la primaria con los que había perdido el contacto y con los que me unía un dolor enorme. Un dolor inenarrable que la mayoría de los medios cubrían con una mezcla de sorpresa y falta de comprensión. Leí todo lo que se publicó en esos días, la mayoría fueron textos copiados y pegados de Wikipedia. Y yo sabía que Romina merecía más. Por eso, cuando un año y medio después empecé a escribir el libro sobre su madre, se lo dediqué a ella y quise hacer algo diferente o que al menos estuviera a la altura de lo que sintió y aprendió mi generación al verla, al conocerla.

El 28 de septiembre de 2010 sentí un dolor que me hacía creer que una parte de nuestra infancia se había ido con ella para siempre. Romina Yan se había muerto y yo estaba muy triste porque no sabía que, en realidad, ella va a estar con nosotros para siempre.