Cristina en la cuenta del macrismo, la fe ciega del Presidente y la crisis que se incuba detrás de Carrió

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-¿Por qué Cristina va a resignar los votos que tiene y se los va a regalar a los que quieren verla presa? La pregunta retórica y desafiante, que puede resonar desde siempre entre los soldados cristinistas, es formulada por estas horas en el otro extremo del mapa electoral. Surge de los altos funcionarios que acompañan a Mauricio Macri en el vía crucis del déficit cero y está en la base del optimismo que persiste en el centro de Cambiemos.

Con distinto grado de convicción, la religión de Marcos Peña y Jaime Durán Barba coincide en eso con los agnósticos María Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y Rogelio Frigerio. Desde el yacimiento codiciado de sus votos, la ex presidenta no tiene razones para avenirse a una negociación con el mismo PJ que influye en los juzgados de Comodoro Py, donde reclaman su desafuero y la amenazan con la cárcel.

Le conviene, en cambio, según repite el gobierno, llenar el Congreso nacional y las legislaturas de todo el país con representantes propios, antes que velar armas ante un pejotismo que la extorsiona con el riesgo de su libertad y la de sus hijos.

Ese cálculo, que se nutre de la polarización y la división persistente de la oposición, es el mayor activo del macrismo puro para abrazarse a la ilusión de la permanencia en el poder. Por eso, no se inquietan con los esfuerzos de unidad, el diálogo creciente entre las distintas alas del justicialismo y la convergencia en el Congreso que habilitan centros del gobierno como el tarifazo extra large de Javier Iguacel.

El macrismo irreductible considera al PJ colaboracionista de la peor manera: como una fuerza sin destino, encerrada en una trampa, que la condena a un papel de reparto.

De trato cotidiano con el peronismo del medio y necesidad vital de su anuencia para la gobernabilidad, el macrismo irreductible considera al PJ colaboracionista de la peor manera: como una fuerza sin destino, encerrada en una trampa, que la condena a un papel de reparto. Las espadas del gobierno no se quedan en la introspección. Lo discuten de manera frontal con los máximos dirigentes del alter-peronismo y hasta con el círculo rojo que alienta el recambio para zafar de la apuesta a todo o nada contra Cristina que agitan Macri, Peña y Durán Barba.

La fe amarilla reza todos los días la misma oración: en 2019, los renegados de Cambiemos volverán a advertir que no existe territorio seguro hacia donde migrar y la historia de 2015 y 2017 se va a reeditar. El optimismo PRO es el reverso perfecto de la escena decadente que eleva a Elisa Carrió como una amenaza impredecible para el Presidente y la alianza gobernante.

Más allá del chiste de sus estallidos, la jefa de la Coalición Cívica inscribe su pirotecnia en un movimiento mayor y apunta cada vez más alto: el que genera desconfianza en Lilita -el círculo rojo y los fondos de inversión- es el Presidente.

La catarsis de Carrió por los mafiosos que rodean a Macri, las diferencias de la UCR con el ajuste inagotable e inconsulto, el envión para que el peronismo acelere hacia 2019 y la guerra abierta en la Corte Suprema expresan un componente de fondo. El bloque de poder que desplazó al kirchnerismo está crujiendo y se divide ante la fragilidad del proyecto amarrillo. Cuando el dólar afloja ante las tasas asesinas, se observa con nitidez: la crisis también es política y el estado de descomposición en la dirigencia se extiende. Se matan antes de tiempo, gobernados por la desesperación y el sálvese quien pueda.

Con una economía de ajuste y devaluación que proyecta un desierto recesivo cada vez más prolongado, el hijo de Franco no convence, más allá de su núcleo de acero y su base de feligreses nada desdeñable.

El bloque de poder que desplazó al kirchnerismo está crujiendo y se divide ante la fragilidad del proyecto amarrillo.

La incertidumbre, las críticas y el temor a un nuevo fracaso podrán respirarse en Mar del Plata desde el miércoles, con el humor de un coloquio de IDEA, que asoma como espejo refractario del de hace apenas un año, cuando los dueños volvieron para descorchar por la oportunidad histórica que nacía con fuerza y hoy está en terapia intensiva.

Es el trauma que domina a la cúspide del poder y converge con otros más urgentes que afectan a los que viven a la intemperie. Las réplicas del tarifazo permanente no se agotan, como lo indican los datos de la inflación que viene y el aumento de transporte que arderá desde mañana, otra vez, en el bolsillo de los pesificados.

Sin esperanza alguna de cambio, actores claves del andamiaje oficial para el Presupuesto tan codiciado, como Emilio Monzó, sólo cuentan los días que faltan para que concluya la aventura amarilla. Si el escepticismo se extendiera a otros miembros de la alianza gobernante, que todavía no hacen el duelo porque no tienen dónde ir, entonces la alternativa a Macri se nutriría con migrantes de Cambiemos. Mientras eso no suceda y CFK se niegue a firmar la paz con los que se ponen el traje de verdugos, seguirá en pie la fe ciega del Presidente.