Brutos, ciegos, sordos y mudos

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En medio de una batalla campal y con cacerolazos masivos, el gobierno tiene -finalmente- su reforma previsional. A simple vista, parece que ha pagado un alto costo político y que se encuentra frente a un nuevo horizonte de gestión donde, por primera vez, un golpe le hace daño.

El combo de comunicación eficiente más acuerdos políticos, con el peronismo atento a los fondos de sus provincias, no alcanzó esta vez ni pudo apaciguar las movilizaciones organizadas ni los cacerolazos espontáneos de la noche. La calle mostró -ante todo- un descontento concreto en sectores de clase media que el gobierno entiende como propios y que la ley pega duro en la capacidad de consumo de los jubilados, sector también mayoritario a la hora de delimitar el electorado de Cambiemos.

Sorprende la dilapidación de un capital político (que incluso permitió que un candidato frágil saque más de 40 puntos en la provincia de Buenos Aires) en pos de una ley que a las claras evidencia que la economía aprieta bastante más de lo que cuentan, aunque ya lo había dicho el propio Presidente: si no sale esta ley, se cae todo.

A la brutalidad de ajustar por los jubilados y la falta de percepción de ese sector como un tema medular de la sociedad argentina, se le suma la negación y la sordera ante la manifestación popular durante la sesión. No le molesta (tanto) a este gobierno una plaza llena ni parece preocuparle dar libertad de acción a fuerzas de seguridad con facilidad para excederse, pero tampoco el cacerolazo espontáneo, que fue siempre un arma “anti K” para los reclamos.

La sordera ante semejante manifestación del termómetro de los argentinos es de una impericia preocupante y realmente plantea un  nuevo juego: el descontento es con todos y no tienen la vaca atada de la elección de medio término. El presidente del interbloque Mario Negri así lo entendió: ni siquiera se animó a poner la cara para defender la ley, pero por lo menos pudo votar con consecuencia histórica del radicalismo: ya había acompañado la ley Banelco en el 2001.

Si bien el peronismo sigue su propio camino para ver cómo se recompone, se evidenció como nunca la tensión entre los que apoyaban o no a la reforma. Queda claro que hay una línea que delimita la representatividad y el ser oposición. En el caso del gobierno, en cambio, la negación y la sordera los enfrenta a algo que no parecen comprender: los que marcharon anoche no piensan en “volver”, sino en que se vayan todos.

Si Cambiemos cree que anoche discutió contra el kirchnerismo y sigue poniendo eso por sobre la política y la economía, está aún más equivocado. Anoche terminó el crédito de culpar a la herencia y sustituir la política por la evocación del pasado peor. Le toca a Macri enfrentarse con lo peor que tiene: el presente.