Becerra: “Mirtha es un personaje de Manuel Puig, tiene enlazada a la cultura chismográfica del pueblo”

El Canciller - Comentarios

Alguna vez sin conocernos previamente coincidimos en un asado con el escritor y ensayista Juan José Becerra en la casa de Patito Ragadale. No me acuerdo a cuento de qué, pero terminamos intercambiando ideas sobre ese personaje complejo, amado y odiado, llamado Mirtha Legrand, que muchas veces es leído de manera unidimensional, sin comprender las capas de sentido que su presencia en la tele despliega.

Los sucesos por todos conocidos respecto al episodio de Natacha Jaitt el fin de semana pasado entonces me llevaron a agarrar el auto para visitar la localidad de Gonnet, en la periferia de La Plata, cerca de La República de los Niños, donde vive Becerra. La idea era ver si nos salía de nuevo eso de pensar un poco a la ex Rosa María Martínez Suárez. Dejamos de lado otros temas que hubieran sido de mutuo interés como el peronismo, Boca o David Lynch.

—¿Qué es Mirtha Legrand?

—Para la televisión, que es una maquinaria destructiva, ella es un producto inconsumible, en el sentido de inacabable. Se podría decir que es la única persona que está en la televisión argentina. Los demás, pasan. La antigüedad parece una pavada, pero no lo es en la televisión. Puede ser una pavada en una oficina burocrática, donde podés hacer la plancha. Ella ha progresado hacia identidades que tuvieran alguna conexión con cada época. Pero viene de épocas remotas. Viene de la tele egipcia. Lo que pasó con esta flaca [Natacha Jaitt] es la prueba fehaciente de que ella —que es una especie de institución pagana como cualquier institución que pueda aparecer en la televisión— se adapta a la violencia y a la maldad. Mirtha necesita, creo yo, cambiar la piel. De hecho, hace una semana que estamos todos hablando de ella.

—La entrevista a Jaitt alentó una serie de denuncias contra otros personajes fuertes de la tele, quienes eligieron como punto a Nacho Viale, su nieto, para pegarle por elevación a ella. ¿Qué opinás?

—Yo no creo que Mirtha sea una mujer que despierte miedos en ese tipo de discusiones públicas. Sí puede llegar a despertar algún temor en el vivo de la televisión. Que es donde ella ataca y te puede destruir. Es una persona que sabe reaccionar muy bien en el vivo porque vive ahí. No es lo mismo pelearse con Mirtha Legrand en su escenario —que es un escenario de destrucción masiva— que hacerlo a través de Twitter, qué sé yo. Yo creo que se le pega a Nacho Viale y no a ella porque todavía se la respeta como una figura de la aristocracia del entretenimiento. La figura más importante de la cultura del entretenimiento es una figura de la televisión. No es una persona del cine —como actriz fue una actriz mediocre; muy prolífica, pero de calidad baja—. Su figura es eminentemente televisiva. Quizás si se agrede en nombre de ella a terceros, como en este caso al nieto, sea porque existe una confianza en ella de la sociedad televisiva, del espectador, que no tienen en el resto de los personajes que pudieran parecérsele en términos de presencia. Mirtha sigue siendo una persona respetada por la sociedad.

—¿Y por qué creés que pasa?

—La televisión ha logrado con ella construir un principado. Es como la sangre azul de la televisión, que es el instrumento cultural más plebeyo y más ordinario del planeta. Ella ahí incrustó una especie de trono. Y creo que ayudó muchísimo a su eficacia el hecho de la estabilidad. Que ahí sí hay mucho mérito de ella. ¿Qué comés durante 50 años para sobrevivir en la tele? Tenés que comer bulones. Es dificilísimo. Ella tiene la misma lucidez que tenía a los 50 años. Una lucidez con una tasa altísima de necedad pero que si uno la contrasta con la edad que tiene dice, bueno, es un prodigio biológico. Piensa las mismas pelotudeces que hace 40 años: ¡pero tiene 90! El circuito mental que aplica en la televisión lo tiene intacto.

—Como decías antes, construyó un principado.

—Ella vive en una época blindada, como vive la aristocracia. Su figura atraviesa el tiempo de una manera transversal. Podríamos decir: Mirtha es de todas las épocas. Es imposible fecharla. Esa imposibilidad de fecharla le da un perfil de deidad. ¿De qué época es esta mujer? Que es de hoy no cabe duda. Hizo un programa de televisión basura que nos hizo hablar una semana. Es de ahora, sí, pero también es del pasado: cómo se viste, los valores que defiende.

—También tiene la impunidad para, por ejemplo, preguntarle intempestivamente a Nelson Castro si es homosexual. Desde el axioma “la gente quiere saber…” puede preguntar cualquier cosa. 

—Así como puede pronunciarse como una especie de reina también comete hechos que podríamos llamar punk: la pregunta terminal. Ella es especialista en preguntas terminales que pueden acabar con el ánimo de las personas que van a almorzar con ella. Mirtha hace preguntas ambientales. Están en el aire las preguntas. No las hace nadie. Excepto ella. Se las hace la gente en la casa. El misterio es cómo detecta dónde está eso. Yo diría un interés general frívolo pero importantísimo porque quien no quiere saber si Nelson Castro es homosexual o no. Mirtha es como un personaje de Manuel Puig: tiene enlazada a la cultura chismográfica del pueblo, que puede ser Villa Cañás, o pueblos de esa escala, donde el chisme tiene un valor cultural importantísimo. Su búsqueda del llanto y del melodrama está dado porque es una entrevistadora pop. Después de 50 años de hablar con personas en vivo sabe perfectamente dónde encontrar los pequeños tesoros ocultos en el lenguaje de cada uno. Hay algo de verdad en el artificio que es la conversación. 
Apela de una manera muy entreverada con la perversión al recuerdo del daño, del sufrimiento. La miseria, el melodrama, por eso la asocio tanto a Puig.

—Maneja la cultura chismográfica pero también la industria del rumor.

—Hay una cuestión medio artística, del lenguaje. Cuando se dice que Néstor Kirchner no estaba en el cajón, ¿quién lo dijo? El lenguaje social armó un mito y eso lo redujo a cinco palabras: no-está-en-el-cajón. Ella detectó esa frecuencia y la llevó a uno de los escenarios públicos más importantes de la Argentina, que es la tele. Y al mismo tiempo, como no es boluda, lo instaló. ¿Quién lo vio a Néstor Kirchner adentro del cajón? El Macguffin de Hitchcock. Un elemento que está puesto en una escena que no sabemos qué significa, pero cumple una función narrativa. Está bien, hay un cajón. Adentro tendría que haber un muerto, pero, ¿y si no lo hay? Son motores narrativos de episodios improbables que generan a su vez cada vez más lenguaje. Estar adentro de un cajón o estar afuera son hechos más bien físicos. Sin embargo, la cultura popular argentina, que le gusta mucho el destino narrativo de los muertos, siempre montó diferentes teatros sobre un hecho concreto, que no puede multiplicarse. O sea, el hecho es uno. De la misma manera que se fantasea con la muerte de Nisman.

—¿Qué opinás de esta invención en la que ella muta de animadora a periodista?

—Lo que no se ve en ella es una neurosis, ella no es una Cristinóloga, como lo son Los Leuco, por poner un ejemplo. Todas esas personas que utilizan todo el instrumental, ese aparataje, toda esa estructura casi de carrera espacial para imponer algún tipo de verbo. Y lo único que hacen es hablar de una sola persona, como adictos. Debería haber granjas de recuperación para personas que sólo pueden hablar de Cristina Kirchner. No lo pienso en términos políticos ni periodísticos, sino en términos psiquiátricos. ¿Qué es lo que hace que vos hables todos los días de tu vida de una sola cosa? Un periodista, además. Que justamente la gracia del periodismo son los varietales.

—Su sola pulsión por preguntar lo que imagina que la gente quiere escuchar la hace destacarse.

—Hay un público, que es su público más fiel y que ella conoce perfectamente bien, que es el público conservador popular. La persona modesta que tiene grandes ideas de lo que debería ser la Argentina, en fin. Ella intuye que en ese público hay diferentes niveles de efecto de la política sobre ellos. La conexión con esta gente la debe establecer a través de un médium, no sé. Pero no se obsesiona y por eso puede hacer la pregunta terminal. Por un lado, la hace porque no la hace nadie. Y como el periodismo televisivo es un periodismo sin pregunta terminal —el periodismo prescinde de manera orgánica de la pregunta que hay que hacer— ella ve el panorama y dice: En este paisaje haciendo una sola pregunta soy Mirtha Legrand. Soy la mejor periodista del país. El decirle a Macri “ustedes no ven la realidad”, que fue una afirmación sostenida con intensidad, además, porque no retrocedió. Después Mirtha está rodeada de antimateria, es decir, personas que tienen todas las posibilidades de hacer la pregunta terminal y se niegan a hacerla. Dada la inanidad del periodismo televisivo con eso le alcanza a Mirtha para ser la periodista televisiva de la Argentina. No en el sentido de la mejor si no de la única. Es la mejor y la peor, porque es la única.

—Después está la Mirtha Legrand ícono cultural de una aristocracia inventada.

—La escenografía de Mirtha rococó, de hiperbarroquismos, creo que debe ser uno de los puntos en el espacio de la Argentina más mersas que se puedan encontrar. Solo en el departamento de Donald Trump en la Quinta Avenida podés encontrar objetos más mersas que en el living de Mirtha Legrand. El lujo para el espectador no es minimalista, es rococó. Desde el lugar de clase alta que al principio se inventó y que hoy posee penetra para abajo, que es del lugar de donde viene, por otra parte. Una relación con la sociedad de muchos niveles. ¡Cómo no va a ser mersa pop si es una persona formada en la televisión! La relación de Mirtha con la cultura por lo general es la mersada: son todos productos de la televisión, de la actualidad, algunos periodistas. El filósofo, por ejemplo, no es Tomás Abraham, es Pilar Sordo. No hay un permitido de Mirtha porque la televisión sólo habla de la televisión para la televisión: no hay extranjeros.

—Hablando de lenguaje, veamos algunas de las frases que Mirtha repite mántricamente. Primera: Un éxito nunca se abandona. 

—Es lo único que hay que hacer: abandonar el éxito. Qué sentido tiene insistir en lo probado. Es la confesión de que Almorzando con Mirtha Legrand es un programa absolutamente antiartístico. Con el poder que tiene no aportó a la televisión cosas que quizás la televisión hubiera aceptado. Es la cultura de la permanencia. El fracaso te da experiencia. ¿Qué te enseña el éxito? Viene haciendo lo mismo hace 50 años. Y lo que viene haciendo es el formato del arte imitando a la vida. El hecho cotidiano de comer y conversar en una mesa. El otro día me causó gracia porque insinuó que había plagio en el programa de Andy Kusnetzoff. Cómo va a haber plagio en una situación donde hay personas comiendo en una mesa. Como Polémica el Bar. ¿Qué tipo de invento es ese? ¡Si alguien quiere tomar un café en televisión te hacen un juicio! Ella construye todo su imperio personal sobre esa poca cosa, pero es una poca cosa que está siempre. Es la escenografía más estable de todos los espacios íntimos. Lo otro sería, no sé, hacer un programa garchando. Lo que absorbe es la repetición. Decimos: “¿Cómo puede ser que después de 50 años haya todos los días una mina comiendo con cuatro pelotudos, hablando pavadas en la televisión?” ¿Por qué no cansa? Porque el patrón es el almuerzo y el almuerzo es un hecho totalmente repetido, tan repetido que ya ni vemos qué es. Ella, Tinayre, Romay, el que inventó el programa, generó sí un hecho duchampiano, es un Ready-Made. Eso está: 10 millones de mesas en la Argentina. Estamos hablando de una mesa, el mobiliario más antiguo de la historia de la humanidad. Pescaron eso que no va a morir nunca.

—Otra: ¡cómo te ven te tratan y si te ven mal te maltratan, y si te ven bien te con-tra-tan!

—Creo que le está hablando a la propia televisión, a sus colegas, a sí misma. Cuando uno ve mal a alguien en realidad no lo maltrata, al contrario, lo apaña. Revela sí uno de los secretos de la televisión, que para estar hay que fingir, sobre todo fingir estar bien.

—Última frase: ¡Les he dado mi vida!

—Es una patada en los huevos de Bruce Lee para generar remordimiento en el espectador, pero es mentira, porque ella no le ha dado la vida a la gente, ella le ha dado una parte ínfima de su vida a la televisión. Pero sucede que para personas como Mirtha Legrand la televisión es la vida.



Cuestionario flotante

1) ¿En qué juzgado te gustaría que caiga una causa tuya?
—Bonadio, así me manda preso al toque, no necesito ni pagar abogado.

2) ¿Qué cosa te olvidás de comprar cuando vas al supermercado?
—Nada, me acuerdo de todo, porque llevo lista.

3) Una ensalada ideal para acompañar el bife 
—Lechuga, tomate, cebolla. Aceite de maíz. Y ni siquiera aceto, vinagre, vinagre de vino.

4) ¿Cuál es el emoji que más usás?
—Nada, no sé cómo se usa.

5) ¿De qué club sos hincha en Uruguay?
—Nacional.

6) ¿Qué personaje de Los Simpsons te llevarías a una isla desierta?
—Homero, porque tenemos gustos en común: la cerveza y la televisión.

7) ¿Algo para recomendar en Netflix?
—Twin Peaks hasta la garcha. Me gusta David Lynch porque no lo entiendo.

8) Algo para recomendar en Spotify.
—Recomiendo Estelares, que son amigos.

9) ¿Si hubiera algo así como un placer culposo el tuyo cuál sería?
—McDonald’s. Entro desendo comer un combo, termino el último bocado y digo “qué fue lo que hice”. Cuarto de Libra, modesto.

10) ¿Un jugador al que puteaste mucho?
—Para adentro, no en la cancha, últimamente, Tevez.